Llevado por la antigua cadencia del verso sánscrito, el Ramayana de Valmiki despliega un luminoso tapiz de mito, devoción y anhelo heroico. En su corazón se alza Rama, el noble príncipe de Ayodhya, cuyo exilio al bosque con su amada esposa Sita y su incondicional hermano Lakshmana pone en movimiento el alma de la epopeya. A través de ermitas forestales, ríos sagrados y bosques sombríos, el poema traza un viaje de deber, sacrificio y la punzada de la separación. Ravana, el rey de las diez cabezas de Lanka, hace añicos esta frágil paz, llevándose a Sita a través del mar tembloroso, y el poema se concentra en su gran movimiento central: la reunión de aliados —Hanuman con su devoción atronadora, los guerreros monos de Kishkindha, los grandes señores osos— y el tendido de un puente sobre el océano para asaltar la dorada ciudadela. El verso de Valmiki respira con imágenes del alba sobre el Ganges, de flechas que arden como soles, de monos saltando entre doseles de luz, de mujeres que lloran por maridos desaparecidos, y de sabios cuyas austeridades han inclinado el mundo hacia la gracia. El poema es el dharma hecho lírica: una meditación sobre el reinado y la renuncia, sobre la fidelidad de una sola esposa, sobre la hermandad sellada en el bosque, y sobre el dios que camina en apariencia mortal. Su ánimo transita del suave dolor de la despedida al brillante furor de la batalla, del susurro de la oración al jubiloso fragor de la victoria. Al final, Rama regresa a Ayodhya coronado de gloria iluminada por lámparas, aunque los versos llevan la resonancia más profunda de que todos los tronos terrenales son pasajeros, y de que la rectitud perdura solo a través del amor y el lamento de quienes recuerdan.
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