Cumbres Borrascosas cover
Literatura británica

Cumbres Borrascosas

Brontë, Emily · 1996 · 20 min

Reconciliación y renovación en Cumbres Borrascosas

En septiembre de 1802, un impulso lleva a Lockwood de regreso a los páramos de Yorkshire, donde encuentra la finca Thrushcross Grange en completo desorden. La nueva ama de llaves le informa de que su inquilina Nelly Dean se ha mudado a Cumbres Borrascosas, y para su sorpresa, le revela que Heathcliff falleció tres meses antes. Cuando Lockwood visita Cumbres Borrascosas para cerrar los asuntos pendientes, Nelly le cuenta la extraordinaria historia de reconciliación que ha presenciado desde su partida. Su relato describe una transformación en Cumbres Borrascosas que desafía los patrones de crueldad y venganza que marcaban la novela en sus tramas iniciales. Catherine y Hareton, a pesar de sus circunstancias complicadas y el confinamiento formal de Catherine, han empezado a forjar un vínculo genuino que refleja el lazo original entre Catherine Earnshaw y Heathcliff, aunque con la esperanza de un final más bondadoso.

La rebelión del jardín y sus consecuencias

El capítulo XXXIII de Cumbres Borrascosas supone un giro fundamental en el paisaje emocional de la novela, desplazando el foco de los amargos legados de la generación mayor al potencial transformador de los personajes más jóvenes. El capítulo se abre con Catherine Earnshaw y Hareton Earnshaw forjando una alianza clandestina que alarman de inmediato a Nelly Dean. En el transcurso de una sola mañana, los dos primos derriban los arbustos de grosellas y grosellas espinosas que Joseph apreciaba enormemente para hacer espacio para flores: un pequeño acto de rebelión contra la melancolía del hogar que encierra un significado mucho más profundo. Catherine empieza a enseñar a leer a Hareton, sustituyendo su ignorancia y degradación por educación y esperanza. Su respeto mutuo gradual se convierte en afecto genuino, ofreciendo un contrapunto a la pasión destructiva que definía las relaciones de la generación mayor.

La vigilia desesperada de Heathcliff y su descanso final

El capítulo XXXIV describe los últimos días y la muerte de Heathcliff, siguiendo su transformación de figura aislada a una consumida por una anticipación extática y de otro mundo. Nelly observa que evita las comidas familiares mientras se alimenta de lo mínimo, y sus vagabundeos nocturnos en solitario producen una alteración llamativa en su comportamiento: pálido, temblando, pero irradiando una alegría antinatural que la inquieta profundamente. Cuando ella le pregunta por su extraña satisfacción, él declara de forma críptica que hace poco estuvo “en el umbral del infierno” pero ahora mira hacia el paraíso. Su obsesión por el espíritu de Catherine se ha intensificado en lugar de disminuir con el tiempo, y en sus últimos días habla de ver a su fantasma caminando por los páramos, esperándole. Heathcliff muere en una noche tormentosa, su rostro con una expresión de triunfo en lugar de miedo. Los sirvientes lo encuentran muerto con una extraña sonrisa en el rostro, sus ojos fijos en alguna visión que solo él puede percibir.

La novela concluye con Lockwood visitando la tumba de Catherine Earnshaw en el cementerio, donde observa un fenómeno extraño: esta piedra tiene tres lados orientados hacia los páramos, las golondrinas anidan en los pinos que hay a su lado, y el brezo florece en el montículo. Lockwood imagina a los espíritus de Heathcliff y Catherine vagando juntos por los páramos, su amor trascendiendo la propia muerte —“no en el cementerio, sino en los páramos”—. Esta última imagen inquietante transforma la tragedia de la novela en algo que se acerca a la trascendencia, sugiriendo que algunos amores, sin importar cuán destructivos o prohibidos sean, alcanzan una permanencia que desafía a la mortalidad. El páramo se convierte en su hogar eterno, sin las ataduras de las limitaciones de la clase social ni los juicios del mundo de los vivos de arriba.

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