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Anjou, Casa de

Inglaterra bajo los reyes angevinos, Volúmenes I y II

Un estudio histórico en dos volúmenes de Kate Norgate que traza cómo los reyes angevinos —Enrique II, Ricardo I y Juan— transformaron el derecho, el gobierno y el poder continental ingleses entre 1154 y 1216, culminando con el colapso del imperio en Francia y la firma de la Carta Magna en 1215.

Norgate, Kate · 2022 · 12 min

England under the Angevin Kings, Volúmenes I y II, de Kate Norgate, es una historia narrativa de la dinastía Plantagenet desde la subida al trono de Enrique II en 1154 hasta la muerte de Juan en 1216. El Volumen I abarca el reinado de Enrique II, examinando la restauración del orden real tras la guerra civil de la era del rey Esteban, el desmantelamiento de los grandes honores feudales y las reformas jurídicas llevadas a cabo a través de los tribunales de assize y los jueces de la Curia Regis. Norgate enfatiza la controversia de Becket (1162–1170) como un enfrentamiento entre la jurisdicción real y la costumbre eclesiástica, que condujo al asesinato del arzobispo en la Catedral de Canterbury y al resultante Compromiso de Avranches. Luego sigue a los hijos del rey —el joven Enrique, Ricardo, Geoffrey y Juan— y las rebeliones de 1173–1174 y 1183, utilizando pruebas de crónicas para mostrar cómo Enrique mantuvo el control mientras perdía la confianza de sus herederos. El Volumen II se traslada a la cruzada de Ricardo I (1189–1194) y su rescate del cautiverio, la larga ausencia de la corona y el gobierno regencial de William Longchamp y Hubert Walter. La sección final trata sobre el rey Juan, la pérdida de Normandía y las otras tierras continentales entre 1202 y 1205, la oposición baronial resultante y los prolegómenos de la Carta Magna en Runnymede en junio de 1215, concluyendo con la renovada guerra civil y la oferta del trono a Luis de Francia. El hilo interpretativo de Norgate es que el período angevino estableció los cimientos institucionales y jurídicos del posterior reinado inglés, aun cuando el intento dinástico de mantener unido un imperio anglo-francés se derrumbó.

Inglaterra bajo los reyes angevinos: El ascenso, reinado y caída de un imperio medieval transnacional

El libro de Kate Norgate Inglaterra bajo los reyes angevinos comienza rastreando los orígenes de la dinastía angevina hasta el pequeño condado fronterizo de Anjou, en la Galia central, un territorio en forma de cuña delimitado por el Loira al sur y por los ríos Loir, Sarthe y Mayenne al norte y al oeste, con su capital, Angers, asentada sobre un afloramiento de pizarra negra por encima de la confluencia del Maine y el Loira. Los primeros condes del condado, que gobernaron desde 843 en adelante, fueron ampliando gradualmente su autoridad, aunque el registro histórico de este período se ve oscurecido por fuentes tardías y poco fiables, como la Gesta Consulum Andegavorum y la De reversione B. Martini a Burgundiâ, que los cronistas angevinos posteriores utilizaron para proyectar hacia el pasado el poder posterior de la dinastía. Geoffrey Greygown, conde de Anjou hasta su muerte en 987, fue una de esas figuras cuyas hazañas fueron enormemente embellecidas por los cronistas posteriores; los historiadores aún debaten detalles clave de su reinado, incluido el momento exacto de la adquisición por parte de Anjou del vecino condado de Maine, ya que Geoffrey no había nacido en 923 y había muerto entre 996 y 1031, lo que deja únicamente al rey capeto Hugo Capeto como posible artífice de dicha transferencia.

La rivalidad entre Anjou y el vecino condado de Blois definió el primer siglo de expansión de la dinastía. Tras la muerte de Eudes I de Blois en 987, Fulco Nerra, conde de Anjou, aprovechó la debilidad de la primera monarquía capeta para construir un anillo de fortalezas que aseguraran su territorio, culminando con su victoria decisiva sobre Eudes II de Blois en la Batalla de Pontlevoy el 6 de julio de 1016. En el momento de su muerte en 1040, Fulco había gobernado Anjou durante 53 años, transformando la pequeña y vulnerable marca en una potencia regional solo superada por Normandía. Su hijo Godofredo Martel, que ya venía ejerciendo una autoridad independiente antes de su sucesión, amplió aún más la influencia angevina mediante la compra del condado de Vendôme a su media hermana Adela en torno a 1030–1031, y mediante la prosecución de agresivas ambiciones meridionales que incluyeron un matrimonio polémico con la viuda condesa Inés de Aquitania, una unión que violaba el derecho canónico e indignó a su padre, que había buscado concentrar la expansión angevina en Turena y Maine más que en Aquitania. Tours, baluarte del valle del Loira contra las invasiones vikingas, vio cómo los saqueadores incendiaban en múltiples ocasiones su abadía de San Martín, obligando a los canónigos a ocultar las reliquias del santo para protegerlas, mientras que las versiones contradictorias del sitio de Melun recogidas en seis crónicas contemporáneas, entre ellas las Historiae de Riquer, ilustran el carácter fragmentario de las fuentes angevinas tempranas.

Norgate centra entonces su relato en el siglo de rivalidad angevino-normanda por el Condado de Maine que acabaría moldeando el futuro inglés de la dinastía. La capital de Maine, Le Mans, se alzaba sobre un afloramiento de arenisca roja por encima del río Sarthe, un lugar habitado desde la época de la tribu gala de los Aulercos Cenomanos. En 1048, el duque Guillermo de Normandía emprendió un asedio infructuoso del castillo angevino de Domfront, una fortaleza casi inexpugnable sobre un escarpado espolón de roca gris, pero hacia 1061 Geoffrey Martel había conquistado Le Mans, incorporando Maine al control directo angevino. La muerte de Geoffrey dos años después desencadenó el derrumbe de la autoridad angevina en Maine, pues el joven heredero de la casa gobernante cenomana nativa, Herbert II, quedó sin patrón, convirtiendo al condado en un campo de batalla entre Anjou y Normandía durante las dos generaciones siguientes. La ascensión de Fulco V de Anjou a comienzos del siglo XII marcó un punto de inflexión: a diferencia de sus notoriamente inmorales progenitores Fulco Rechin y Bertrada, Fulco cultivó una reputación de piedad y habilidad política, y su matrimonio con Ermengarda de Maine unió ambos condados. El naufragio del White Ship frente a la costa normanda en 1120, que costó la vida de Guillermo el Etlingo, único hijo legítimo de Enrique I de Inglaterra, destrozó los planes de Enrique para un reino anglo-normando unificado y abrió la puerta a que Fulco casara a su hijo Geoffrey con la hija de Enrique, Matilde, uniendo las pretensiones dinásticas angevina y normanda.

Norgate abre su relato de la historia inglesa bajo los Angevinos con un llamativo recurso literario: la profecía agonizante de Eduardo el Confesor, quien预见ió que Inglaterra sería restaurada cuando el «árbol verde» de la monarquía sajonoccidental, cortado y separado «por el espacio de tres furlongs», fuese «injertado de nuevo y diese flores y fruto». Un siglo más tarde, esta profecía pareció cumplirse con el matrimonio de Enrique I con Edith de Escocia, bisnieta de Edmundo Ironside, una unión que reunía las líneas reales normanda e inglesa. El reinado de Enrique (1100–1135) sentó las bases del poder angevino en Inglaterra: resolvió la Querella de las Investiduras con la Iglesia entre 1100 y 1107, estableciendo un modelo de relaciones entre la Corona y la Iglesia que sobrevivió al propio sistema del Conquistador, y construyó un aparato administrativo unificado que atrajo hacia la Corona cada ámbito de la vida pública. Su reinado conoció un florecimiento de la vida urbana inglesa, pues los burgueses normandos, los comerciantes flamencos y los colonos judíos remodelaron la prosperidad de las ciudades, mientras que el valle de Gloucester a lo largo del valle del Severn era celebrado por contemporáneos como Guillermo de Malmesbury como un cuasi paraíso de abundancia agrícola. El «Libro Negro» de Peterborough, un detallado catastro de las posesiones de la abadía elaborado hacia 1125, ofrece una imagen inusualmente precisa de la vida rural de este período, en tanto que un florecimiento paralelo de la vida religiosa trajo consigo la expansión del monacato agustiniano y cisterciense por el reino, y la hagiografía de figuras como San Godric de Finchale brinda una vívida visión de la espiritualidad del pueblo inglés común en la generación posterior a la Conquista.

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