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Frankenstein's monster (Fictitious character) -- Fiction Esquema

Frankenstein; o, el Prometeo moderno

Un esquema en árbol que organiza las partes, giros e ideas principales del libro.

Shelley, Mary Wollstonecraft · 1993 · 17 min
Frankenstein; o, el Prometeo moderno

Frankenstein; o el moderno Prometeo, de Mary Wollstonecraft Shelley, se desarrolla en 28 capítulos. La obra comienza con las cartas del explorador Robert Walton a su hermana, en las que relata su expedición al Ártico, su ambición de gloria y su deseo de compañía intelectual. En medio del hielo, Walton encuentra a Victor Frankenstein, cuyo relato abre una tragedia sobre ambición, creación, soledad, responsabilidad y venganza.

Carta 1

Esta es la carta inicial de Robert Walton a su hermana Margaret, escrita desde San Petersburgo el 11 de diciembre de 177—. Walton anuncia su llegada segura y asegura a su hermana su bienestar y su creciente confianza en su expedición ártica.

Apertura y Anuncio de Llegada Segura

Walton abre su carta anunciando que ha llegado sano y salvo a San Petersburgo el día anterior. Su primera prioridad es tranquilizar a su querida hermana Margaret respecto a su bienestar y a la creciente confianza que siente en el éxito de su peligrosa empresa. Describe la fría brisa del norte sobre sus mejillas mientras camina por las calles, lo cual lo llena de deleite y de anticipación ante su viaje polar.

Motivaciones y Visión del Viaje Ártico

Walton comparte su visión romántica del Ártico con su hermana. A pesar de las advertencias de que el polo representa escarcha y desolación, él lo imagina como una región de belleza y luz eterna donde el sol bordea perpetuamente el horizonte. Sueña con descubrir un paso cerca del polo, develar el secreto del imán y presenciar maravillas que superen cualquiera conocida anteriormente. Crea que esta expedición beneficiará a toda la humanidad al abrir nuevas rutas comerciales y responder a los misterios celestiales.

Antecedentes Personales y Preparación del Viaje

Walton revela los orígenes de su ambicioso sueño, remontándose a su primera infancia, cuando devoraba relatos de viajes polares a pesar de la prohibición de su padre contra la vida en el mar. Tras descubrir la poesía e intentar convertirse él mismo en poeta, abandonó este camino al heredar la fortuna de su primo seis años antes. Desde entonces, se ha preparado mediante un riguroso acondicionamiento físico, estudiando matemáticas y medicina, acompañando a balleneros en expediciones árticas, y sirviendo como segundo de a bordo en buques balleneros de Groenlandia.

Planes de Partida y Despedida Final

Walton señala que el invierno es la mejor temporada para viajar en Rusia, lo que permite un paso rápido en trineo hasta Arcángel, desde donde planea partir en un plazo de dos o tres semanas. Tiene la intención de comprar un barco pagando un seguro al propietario y reclutar balleneros experimentados para su tripulación, aunque no zarpará hasta junio. Reflexionando sobre la duración incierta de su expedición, piensa que el éxito podría significar años antes de volver a verse, mientras que el fracaso significa que podría no regresar jamás. Concluye con deseos sinceros de felicidad para ella y expresiones de gratitud por su amor.

Carta 2: Robert Walton a la Sra. Saville, Inglaterra

Carta 2: Robert Walton a la señora Saville, Inglaterra Walton escribe a su hermana Margaret desde Arcángel el 28 de marzo. Informa sobre el progreso de su expedición, compartiendo reflexiones sobre su tripulación, su necesidad de compañía y su anticipación por el viaje que le espera.

Progreso de la Expedición a Arcángel y Evaluación del Teniente

Progreso de la Expedición a Arcángel y Evaluación del Teniente Walton informa que ha dado un segundo paso hacia su empresa al contratar un barco y reunir marineros. Los hombres ya contratados parecen confiables y valientes. También presenta a su teniente, describiéndolo como un hombre de admirable valor e iniciativa que anhela la gloria y el ascenso en su profesión. Walton señala que el teniente es un inglés que, a pesar de los prejuicios nacionales y profesionales y de su falta de refinamiento, conserva nobles dotes de humanidad. Walton lo conoció en un barco ballenero y lo contrató fácilmente al encontrarlo sin empleo en Arcángel.

Anhelo de un Amigo Comprensivo y Autocrítica del Carácter

Anhelo de un amigo comprensivo y autocrítica de su carácter Walton confiesa a su hermana que siente una necesidad que nunca ha podido satisfacer: la de un amigo verdadero. Teme no tener a nadie con quien compartir su alegría cuando tenga éxito ni que lo sostenga en los momentos de decepción. Aunque el papel le servirá como medio para plasmar sus pensamientos, no puede transmitir sentimiento. Desea un hombre de mente cultivada y amplia, con gustos parecidos a los suyos, que pudiera aprobar o enmendar sus planes. Admite ser demasiado ardiente en la ejecución y demasiado impaciente ante las dificultades. Se critica a sí mismo por ser autodidacta, habiendo correteado libremente por un erial hasta los catorce años, teniendo solamente los libros de viajes del tío Tomás. Solo más tarde descubrió la poesía y reconoció la necesidad de aprender idiomas. Ahora, a los veintiocho años, se considera más iletrado que muchos escolares. Aunque sus ensueños son más grandiosos, carecen de mesura —y necesita un amigo lo suficientemente sabio como para no despreciarlo por romántico.

Selección del Capitán del Barco e Historial Noble

Selección del capitán del barco y su noble historia Walton ha contratado a un capitán de excelente disposición, notable por su gentileza y su disciplina moderada. Esto, combinado con su reconocida integridad y su intrépido coraje, lo hacía muy deseable para la travesía. Walton explica que su aversión a la brutalidad habitual a bordo de los barcos proviene de su carácter refinado, forjado durante una juventud solitaria bajo el cuidado dulce de su hermana. Supo de este capitán de un modo novelesco, por medio de una dama a quien él había procurado la felicidad. El pasado del capitán involucra el haber amado a una joven rusa, pero cuando ella le confesó que amaba a otro, uno pobre, él abandonó su cortejo, entregó sus ahorros a su rival y luego marchó de su país hasta que ella se casó conforme a sus deseos. Walton exclama: «¡Qué hombre tan noble!», pero señala que el capitán es del todo indocto, silencioso como un turco, con una especie de despreocupación ignorante.

Resolución Inquebrantable del Viaje y Emociones Anticipatorias Mixtas

Resolución inquebrantable de viaje y emociones anticipatorias mezcladas. A pesar de quejarse e imaginar consuelos que quizás nunca llegará a conocer, Walton le asegura a su hermana que sus resoluciones son tan firmes como el destino. El viaje únicamente se retrasa por el clima. El invierno terriblemente severo promete una buena primavera, lo cual posiblemente permitirá una partida más temprana de lo esperado. No tiene intención de hacer nada precipitado y le pide a su hermana que confíe en su prudencia. Describe sus sensaciones como una anticipación temblorosa, mitad placentera y mitad temerosa. Alude al *Viejo Marinero* de Coleridge, pero afirma que no matará a ningún albatros. Confiesa que su apego a los peligrosos misterios del océano nace de aquel poema. Habla de algo que obra dentro de su alma y que no llega a comprender: un amor por lo maravilloso entrelazado en sus proyectos, que lo empuja más allá de las sendas comunes hacia mares agrestes y regiones nunca visitadas.

Cariño Fraternal, Solicitud de Correspondencia y Despedida

**Cariño fraternal, solicitud de correspondencia y despedida** Walton expresa su incertidumbre acerca de si volverá a ver a su hermana después de atravesar mares inmensos y regresar rodeando el cabo meridional de África. No se atreve a esperar tal éxito, pero no puede soportar considerar lo contrario. Le pide que continúe escribiéndole en cada oportunidad, ya que podría necesitar sus cartas para sostener su ánimo. Declara su tierno amor por ella y le solicita que lo recuerde con cariño, en caso de que nunca más vuelva a tener noticias suyas. Firma como su hermano afectuoso, Robert Walton.

Carta 3

Esta carta de Robert Walton a su hermana Margaret Saville está fechada el 7 de julio de 17— y está escrita desde algún lugar en los mares árticos cerca de Arcángel. Walton escribe para tranquilizar a su hermana sobre su seguridad y proporcionarle una actualización sobre su expedición polar. La carta revela la naturaleza ambiciosa de Walton y su determinación de alcanzar la gloria a través de su peligroso viaje.

Saludo y Estado del Viaje

Walton se dirige a su amada hermana y comienza confirmando su seguridad y prometiendo que la carta llegará a Inglaterra a bordo de un barco mercante que regresa de Arcángel. Expresa que quizá no vea su tierra natal durante muchos años, aunque mantiene el buen ánimo. Su tripulación parece audaz y resuelta, sin amedrentarse ante las placas de hielo flotantes que señalan los crecientes peligros de la región polar hacia la que se dirigen. A pesar de haber alcanzado una latitud muy elevada, Walton observa que los vendavales del sur que los impulsan hacia su destino brindan una sorprendente calidez en pleno verano, aunque más fresca que los veranos ingleses.

Incidentes Menores y Perspectiva de Seguridad

La carta reconoce que el viaje no ha producido hasta ahora ningún incidente notable que merezca ser relatado. Walton descarta uno o dos fuertes vendavales y una pequeña vía de agua como acontecimientos insignificantes que marineros con experiencia apenas se molestarían en registrar. Expresa su conformidad si no ocurren peores eventos durante el resto de la expedición, lo que sugiere un optimismo cauteloso acerca de su continua seguridad.

Garantías de Cierre y Determinación

Walton concluye implorando a su hermana que no se preocupe, prometiendo que ejercerá cautela, serenidad, perseverancia y prudencia por el bien de ambos. Su lenguaje se vuelve cada vez más apasionado al declarar que el éxito coronará sus empeños, cuestionando por qué no habría de ser así e invocando a las estrellas como testigos de su triunfo previsto. Expresa su confianza en que nada puede detener un corazón decidido y una voluntad resuelta, y luego termina apresuradamente la carta con una bendición para su querida hermana, firmándola «R.W.».

Carta 4

La Carta 4 está fechada el 5 de agosto de 17—, y está dirigida a la señora Saville en Inglaterra. Walton comienza señalando un extraño accidente que ha ocurrido, sugiriendo que su hermana podría verlo antes de que lleguen estos papeles.

Entrada del 5 de agosto: Incidente del hielo y rescate del desconocido

Esta entrada cubre la crisis inicial del barco atrapado en el hielo ártico, el avistamiento de una figura misteriosa y el rescate de un viajero moribundo que se convertirá en el centro de la fascinación de Walton.

Apertura a la Sra. Saville y relato del atrapamiento en el hielo

Walton se dirige a su hermana Margaret, relatando los acontecimientos del pasado lunes (31 de julio). El barco estuvo casi rodeado por hielo y una densa niebla, dejando a la embarcación en una situación peligrosa con poco espacio para maniobrar. La tripulación esperó ansiosamente un cambio en el clima.

Avistamiento de un trineo con figura gigante que viaja hacia el norte

Hacia las dos, la niebla se disipó y reveló vastas llanuras de hielo. Un extraño espectáculo desvió entonces la atención de la tripulación: un carruaje bajo fijado sobre un trineo, tirado por perros y guiado por un ser con forma de hombre pero de estatura gigantesca, se dirigía hacia el norte a media milla de distancia. Los viajeros observaron con telescopios hasta que desapareció.

Ruptura del hielo durante la noche y liberación del barco

Dos horas después, se escuchó el «mar de fondo», y antes del anochecer el hielo se rompió, liberando el barco. A pesar de la liberación, la tripulación decidió esperar hasta la mañana para evitar las peligrosas masas de hielo sueltas que flotaban en las oscuras aguas.

Rescate del segundo trineo con un desconocido europeo

Al amanecer, se encontró a los marineros ayudando a alguien en el mar: un trineo similar al primero se había acercado a la deriva al barco sobre un gran fragmento de hielo. Solo quedaba un perro con vida. El hombre de dentro no era un salvaje, sino un europeo. Se dirigió a Walton en inglés con acento extranjero, preguntando el destino del barco antes de aceptar subir a bordo.

Revivificación y recuperación inicial del desconocido

Al ver el estado del desconocido—casi congelado y consumido por el sufrimiento—Walton lo describe como el hombre más miserable que haya visto jamás. El desconocido se desmayó una vez al salir al aire fresco, pero fue reanimado con brandy y calor. En dos días, fue capaz de hablar, aunque Walton temía que su mente hubiera quedado dañada.

Consulta del desconocido sobre el destino y alivio ante el viaje al Polo Norte

Antes de abordar, el extraño le preguntó a Walton hacia dónde se dirigía la embarcación. Al escuchar la respuesta "un viaje de descubrimiento hacia el polo norte", el extraño pareció satisfecho y aceptó ser rescatado. Walton expresa su asombro ante el hecho de que el hombre al borde de la destrucción considerase el destino del barco más importante que el peligro inminente.

Observaciones del comportamiento del desconocido y reacción a las preguntas del viajero

Walton describe al desconocido como una "criatura interesante" cuyos ojos encierran locura y salvajismo, pero se iluminan con benevolencia durante los actos de bondad. Cuando le preguntaron sobre el otro trineo que la tripulación había visto, el desconocido reveló que estaba persiguiendo a una figura a la que llamaba el "dæmon," haciendo muchas preguntas sobre la ruta que había tomado el perseguido.

Solicitud del desconocido de evitar la curiosidad ociosa de la tripulación

Walton relata su determinación de proteger a su invitado de la "curiosidad ociosa" de la tripulación. Se negó a permitir que los marineros atormentaran al desconocido con preguntas, insistiendo en que su recuperación dependía del "reposo absoluto".

Entrada del 13 de agosto: Estrechando lazos con el extraño rescatado

Walton actualiza su diario una semana después, detallando su vínculo emocional cada vez más profundo con el extraño y los temas de sus conversaciones íntimas.

Creciente admiración y afecto de Walton por el desconocido

Walton escribe que su afecto por el desconocido aumenta día a día, describiéndolo como una noble criatura destruida por la miseria. Señala el elocuente discurso y la mente cultivada del desconocido, y confiesa que ha comenzado a amar al hombre «como a un hermano».

Discusión de los objetivos de la expedición ártica de Walton

El desconocido mostró un gran interés en los planes de la expedición de Walton, escuchando atentamente todos los argumentos a favor del éxito. Walton se sintió impulsado a expresar su ardiente ambición de sacrificarlo todo por la «adquisición de conocimiento» y el «dominio» sobre los elementos.

Reacción emocional del extraño y advertencia sobre la búsqueda del conocimiento

Mientras Walton hablaba de sus ambiciones, el rostro del extraño se ensombreció de tristeza. Vencido por la emoción, lloró y estalló con una advertencia: «¡Hombre desdichado! ¿Compartes mi locura? ¿Has bebido también del brebaje embriagador?». Le suplicó a Walton que escuchara su relato para así poder «arrancar la copa de tus labios».

Conversación sobre la amistad y el dolor pasado del extraño

El extraño coincidió en que un amigo más sabio y mejor es necesario para perfeccionar «nuestras naturalezas débiles y defectuosas». Confesó que alguna vez tuvo tal amigo («la más noble de las criaturas humanas»), pero que ahora ha «perdido todo y no puede comenzar la vida de nuevo», hablando con un dolor calmado y sereno.

Reflexiones sobre la apreciación de la naturaleza por parte del extraño

A pesar de su espíritu quebrantado, Walton observa que el extraño siente profundamente las bellezas de la naturaleza: el cielo estrellado, el mar y las maravillosas regiones árticas. Señala que el hombre posee una "doble existencia", pues sufre miseria y, al mismo tiempo, tiene un alma que lo eleva "como un espíritu celestial".

Entrada del 19 de agosto: el desconocido acepta compartir su historia

Esta entrada documenta la decisión del desconocido de finalmente contar su historia de vida a Walton como un relato de advertencia.

Oferta del desconocido de revelar su historia de desgracias

El extraño le dice a Walton que originalmente había tenido la intención de que el recuerdo de sus males muriera con él. Sin embargo, al ver que Walton seguía el mismo camino peligroso, se ofrece a relatar sus desgracias para que Walton pudiera "deducir una moraleja apropiada" de ellas y, de ese modo, lo guiara o lo consolara.

El anhelo de Walton por escuchar el relato y su promesa de registrarlo

Walton expresa una profunda gratitud por la oferta. Resuelto a preservar la narración para su hermana y para sí mismo, Walton se compromete a registrar la historia del desconocido "lo más fielmente posible con sus propias palabras" cada noche, cuando no se encuentre ocupado por sus deberes.

Advertencia del desconocido de que su relato es extraño y angustioso

El desconocido advierte a Walton que "se prepare para escuchar acerca de acontecimientos que normalmente se considerarían maravillosos". Le sugiere que en estas "regiones salvajes y misteriosas" son posibles muchas cosas que en otros lugares provocarían burla, y que su relato posee "evidencia interna de la verdad".

Acuerdo para comenzar la narración del desconocido al día siguiente

El extraño confirma que comenzará su relato al día siguiente, cuando Walton esté libre, declarando que su "destino está casi cumplido" y que "descansará en paz" una vez que concluya un evento específico. Walton recibe esta promesa con el más sincero agradecimiento.

Historia familiar temprana y la adopción de Elizabeth

Este capítulo relata la distinguida herencia ginebrina de Víctor Frankenstein y los acontecimientos decisivos que llevaron a Elizabeth Lavenza a su familia, estableciendo las relaciones fundamentales que darían forma a su vida.

Antecedentes de la familia ginebrina y primera juventud del padre

Victor establece su noble herencia ginebrina como miembro de una de las familias más distinguidas de la república. Sus ancestros sirvieron durante generaciones como consejeros y síndicos, manteniendo la destacada posición de la familia en los asuntos públicos. Su padre, en particular, desempeñó varios cargos públicos con honor y reputación, respetado por todos los que lo conocían por su integridad y su atención infatigable a los asuntos del Estado. El relato revela que su padre consagró sus años juveniles por completo a los asuntos de su país, ya que diversas circunstancias impidieron un matrimonio temprano. Fue solo en el ocaso de la vida cuando se convirtió en esposo y padre, una demora que resultaría significativa al contrastarse con sus decisiones posteriores.

Rescate de Caroline Beaufort tras la muerte de Beaufort

Las circunstancias que rodearon el matrimonio de sus padres revelan el carácter del padre de Víctor y la profundidad de su amistad con Beaufort, un comerciante que en otro tiempo floreció pero que cayó en la pobreza a causa de numerosas desgracias. Beaufort poseía un carácter orgulloso e inflexible, incapaz de soportar la pobreza en el mismo país donde había sido distinguido por su rango y magnificencia. Tras pagar sus deudas honorablemente, se retiró con su hija a Lucerna, viviendo en el anonimato y la miseria. El padre de Víctor amaba profundamente a Beaufort con verdadera amistad y se afligió por su retiro, deplorando el orgullo falso que los separaba. Inmediatamente se propuso encontrar a su amigo, descubriéndolo solo después de diez meses de búsqueda. Cuando el padre de Víctor finalmente llegó a la humilde morada de Beaufort cerca del Reuss, encontró a su amigo ya en el lecho de muerte por enfermedad, con la mente consumida por el dolor y la desesperación. Beaufort había ahorrado solo el dinero suficiente para unos pocos meses de subsistencia, y durante ese tiempo no había podido encontrar empleo. Su hija Caroline Beaufort demostró un valor y un ingenio notables durante esos meses desesperados: conseguir trabajo sencillo, trenzar paja y emplear diversos medios para ganar una miseria apenas suficiente para la supervivencia. A pesar de sus tiernos cuidados, Beaufort murió en el décimo mes, dejando a Caroline huérfana y mendiga. El padre de Víctor llegó para encontrarla arrodillada junto al ataúd de su padre, y la tomó bajo su protección, colocándola con un pariente antes de que se convirtiera en su esposa dos años después.

Matrimonio de los padres, viajes y primera educación de Victor

A pesar de la considerable diferencia de edad entre los padres de Victor, esta circunstancia no hizo sino unirlos más estrechamente en lazos de afectuosa devoción. La mente rectá del padre de Victor poseía un fuerte sentido de la justicia que hacía necesario que aprobara profundamente para poder amar con intensidad. Su apego a Caroline estaba inspirado por la reverencia hacia sus virtudes y el deseo de compensarla por sus pasadas aflicciones, lo cual daba una gracia inexpresable a su comportamiento hacia ella. Todo cedía ante sus deseos y conveniencia, pues él buscaba protegerla como a una delicada flor exótica. Debido a las penalidades que Caroline había soportado, su salud y su espíritu requerían restauración, por lo que el padre de Victor fue renunciando gradualmente a sus funciones públicas y viajaron juntos por Italia, Alemania y Francia. Victor, su hijo primogénito, nació en Nápoles y los acompañó durante sus periplos. Durante varios años permaneció como su único hijo, y parecían extraer inagotables reservas de cariño de una abundantísima mina de amor para volcarlas sobre él. Las tiernas caricias de su madre y la sonrisa benevolente de su padre mientras lo observaban se convirtieron en sus primeros recuerdos. Era su juguete y su ídolo, pero también su hijo: la inocente criatura que el Cielo les había confiado, cuyo futuro destino estaba en sus manos encauzar hacia la felicidad o la miseria según cumplieran con sus deberes. Esta profunda conciencia, combinada con su activo espíritu de ternura, hacía que Victor recibiera lecciones de paciencia, caridad y dominio de sí mismo, siendo guiado con tanta suavidad que todo parecía no ser sino una continua sucesión de deleites.

Descubrimiento y adopción de Elizabeth Lavenza

Cuando Víctor tenía aproximadamente cinco años, durante una excursión más allá de las fronteras de Italia, su familia pasó una semana en las orillas del lago de Como. La disposición benévola de sus padres los llevaba a menudo a visitar las chozas de los pobres. Para su madre, esto era más que un deber: era una pasión, al recordar su propio sufrimiento y cómo había sido aliviada, y deseando ahora actuar como un ángel guardián para los afligidos. Durante uno de sus paseos, una pobre choza en los pliegues de un valle atrajo su atención por su aspecto desconsolado y por la cantidad de niños medio desnudos que se reunían alrededor de ella. Cuando su madre visitó esta morada, encontró a una familia de campesinos distribuyendo una escasa comida entre cinco niños hambrientos, pero un niño atrajo su atención muy por encima de todos los demás. Mientras los otros cuatro niños eran de ojos oscuros y robustos, este niño era delgado y muy rubio, con el más brillante y vivo cabello dorado que parecía poner una corona de distinción sobre su cabeza a pesar de su pobreza. Su frente era despejada y amplia, sus ojos azules sin nubes, y sus rasgos expresaban tal sensibilidad y dulzura que todos los que la contemplaban pensaban en ella como un ser singular, enviado del cielo con un sello celestial. La mujer campesina reveló que esta niña no era suya, sino la hija de un noble milanés. Su madre, una alemana, había muerto en el parto, y la recién nacida había sido entregada a estas buenas personas para que la amamantaran cuando estaban en mejor situación. El padre había sido uno de esos italianos que se esforzaron por la libertad de su país, convirtiéndose en víctima de su debilidad. Se desconocía si había muerto o languidecía en las mazmorras austríacas, pero sus propiedades habían sido confiscadas, dejando a la niña huérfana y mendiga. Cuando el padre de Víctor regresó de Milán, encontró a esta hermosa niña jugando con Víctor: una criatura que parecía irradiar luminosidad y cuya figura era más ligera que la gamuza de las colinas. Con su permiso, la madre de Víctor persuadió a los rústicos guardianes de la niña a que le entregaran su protegida. Aunque amaban a la dulce huérfana y su presencia había parecido una bendición, convinieron en que sería injusto mantenerla en la pobreza cuando la Providencia le ofrecía tal protección. Tras consultar con el sacerdote de su aldea, Elizabeth Lavenza se convirtió en la inquilina del hogar de los Frankenstein: la "más que hermana" de Víctor y la hermosa y adorada compañera de todas sus ocupaciones y placeres. Todos querían a Elizabeth, y Víctor la consideraba como su propia posesión que proteger, amar y apreciar, comprendiendo que hasta la muerte ella sería su única.

Capítulo 2

Victor Frankenstein y su prima Elizabeth fueron criados juntos desde la infancia, y sus temperamentos contrastantes los unieron más en lugar de separarlos: Elizabeth poseía un espíritu sereno y contemplativo, mientras que Victor ardía con un deseo insaciable de descubrir los secretos de la naturaleza. El nacimiento de un segundo hijo impulsó a la familia a abandonar su existencia nómada y a establecerse permanentemente en Ginebra, donde los padres de Victor llevaban una vida apartada en una casa cerca de Belrive, en la orilla oriental del lago. Aunque indiferente hacia la mayoría de sus compañeros de escuela, Victor entabló una amistad íntima con Henry Clerval, un muchacho de notable imaginación que se deleitaba con relatos de caballería y aventuras heroicas, y que canalizaba sus energías en componer canciones y obras de teatro que celebraban a los caballeros del rey Arturo y la Mesa Redonda. La infancia de Victor estuvo marcada por una felicidad excepcional; sus padres encarnaban la bondad más que la tiranía, y él reconoció desde temprana edad cuán singularmente afortunada era su suerte en comparación con la de otros, profundizando la gratitud su devoción filial. Sus violentas pasiones, en lugar de conducirlo a actividades pueriles, se redirigieron hacia empresas eruditas: concretamente, los secretos del cielo y de la tierra, los misterios metafísicos y físicos de la creación, y no hacia los idiomas, los gobiernos o los sistemas políticos.

Compañeros de infancia y vida familiar

Victor y su prima Elizabeth fueron criados juntos desde niños, con menos de un año de diferencia, y su relación se caracterizó por la armonía; Elizabeth poseía una naturaleza serena y poética que se deleitaba con el sublime paisaje alpino, mientras que Victor estaba impulsado por una intensa sed de conocimiento, ansioso por descubrir las leyes ocultas tras las maravillas del mundo. Cuando nació un segundo hijo, siete años menor, los padres de Victor abandonaron su vida nómada y se establecieron en una casa en Ginebra y una finca campestre en Belrive, donde vivieron en relativo aislamiento y donde Victor forjó un vínculo especialmente estrecho con Henry Clerval, un muchacho imaginativo que amaba los romances caballerescos, componía canciones heroicas y montaba obras de teatro elaboradas. El hogar estaba impregnado de bondad e indulgencia, brindándole a Victor una infancia feliz, aunque su temperamento, si bien a veces violento, se inclinó desde temprana edad hacia una búsqueda fervorosa de los secretos de la naturaleza, sentando las bases de su posterior obsesión con la filosofía natural.

La naturaleza poética de Elizabeth frente a la curiosidad científica de Víctor

Víctor y Elizabeth fueron criados juntos, con menos de un año de diferencia entre sus edades. Sus personalidades contrastantes los acercaron más: Elizabeth poseía un temperamento más sereno y concentrado, deleitándose en las dimensiones poéticas y estéticas del paisaje suizo, contemplando las montañas sublimes y las estaciones cambiantes. Víctor, por el contrario, ardía de ardor y una intensa sed de conocimiento. Mientras Elizabeth admiraba las magníficas apariencias de las cosas, Víctor se deleitaba investigando sus causas, viendo el mundo como un secreto que deseaba descifrar. El pasaje explora cómo la curiosidad y un compromiso arrobado con el aprendizaje caracterizaron las primeras sensaciones de Víctor, estableciendo la oposición fundamental entre su curiosidad científica y la sensibilidad poética de Elizabeth.

Una infancia feliz y una vida apartada en Ginebra

Cuando nació el hermano menor de Víctor, sus padres abandonaron su existencia errante y se establecieron permanentemente en Ginebra. La familia poseía una casa en la ciudad y una finca campestre en Belrive, en la orilla oriental del lago, a aproximadamente una legua de la ciudad. Vivían en considerable aislamiento, pues el temperamento de Víctor lo predisponía a evitar las multitudes y a entregarse con fervor tan solo a unos pocos individuos. Víctor reflexiona que ningún ser humano habría podido tener una infancia más feliz: él reconocía con claridad cuán peculiarmente afortunada era su suerte en comparación con otras familias, y la gratitud acrecentaba su amor filial. Sus padres encarnaban el mismísimo espíritu de la bondad y la indulgencia, comportándose no como tiranos, sino como creadores de todas las delicias que los niños disfrutaban.

La amistad caballerosa y romántica de Henry Clerval

Entre los compañeros de escuela de Victor, entabló la amistad más estrecha con Henry Clerval, hijo de un comerciante de Ginebra. Clerval poseía un talento y una imaginación singulares, y amaba la aventura, las dificultades e incluso el peligro por sí mismos. Profundamente versado en libros de caballería y romances, componía canciones heroicas y comenzó a escribir relatos de encantamiento y aventura caballeresca. Organizaba obras de teatro y mascaradas con personajes inspirados en los héroes de Roncesvalles, la Mesa Redonda del rey Arturo y los caballeros que lucharon por redimir el santo sepulcro. Esta amistad representaba un vínculo romántico y caballeresco que complementaba las inquietudes intelectuales más solitarias de Victor.

La influencia moral de Elizabeth y Clerval

El pasaje examina cómo Elizabeth y Clerval proporcionaban un equilibrio moral a las inclinaciones más oscuras de Víctor. El alma santa de Elizabeth brillaba como una lámpara consagrada en su hogar apacible: su simpatía, su sonrisa, su voz suave y sus ojos celestiales bendecían y animaban la casa. Ella era un espíritu viviente de amor que suavizaba y atraía, impidiendo que Víctor se volviera por completo hosco en sus estudios o brusco por el ardor de su naturaleza. De igual modo, Clerval se ocupaba de las relaciones morales de las cosas, celebrando las virtudes heroicas y esperando convertirse en un gallardo benefactor de la humanidad. Víctor sugiere que Clerval tal vez no habría desarrollado una humanidad y una bondad tan perfectas si Elizabeth no le hubiera revelado la verdadera hermosura de la beneficencia. Juntos, representaban el contrapeso moral frente a las ambiciones intelectuales cada vez más peligrosas de Víctor.

La sed de Víctor por el conocimiento oculto

Víctor relata su intensa pasión por el conocimiento desde la infancia, señalando que mientras Elizabeth encontraba alegría al contemplar la belleza estética de la naturaleza, él se veía impulsado por un deseo ardiente de investigar sus causas y adivinar sus secretos. Esta sed lo llevó, a la edad de trece años, a descubrir las obras de Cornelio Agripa, que encendieron en él un entusiasmo recién nacido y lo impulsaron a buscar otras obras de Paracelso y Alberto Magno, estudiando sus enseñanzas sobre la piedra filosofal y el elixir de la vida con gran avidez. Sin embargo, al presenciar una devastadora tormenta a los quince años que destrozó un roble, y al observar la explicación que un filósofo natural dio sobre la electricidad, Víctor experimentó un cambio radical en sus estudios, abandonando su pursuit de las antiguas ciencias alquímicas en favor de las matemáticas, las cuales creía estar cimentadas sobre bases más sólidas.

Un temperamento violento dirigido hacia los secretos metafísicos

Victor describe su temperamento como a veces violento, con pasiones vehementes, pero estas no se dirigían hacia ocupaciones pueriles, sino hacia un anhelo ferviente de aprender. Era selectivo en sus estudios, confesando que las lenguas, los gobiernos y la política no ejercían ningún atractivo sobre él. En cambio, eran los secretos del cielo y de la tierra lo que deseaba descubrir, ya fuera la sustancia externa de las cosas, el espíritu íntimo de la naturaleza o el alma misteriosa del hombre. Sus indagaciones se encaminaban hacia lo metafísico, o, en su sentido más elevado, hacia los secretos físicos del mundo. Este temperamento violento, cuando se veía frustrado en sus deseos, llegaría a ser determinante en la configuración de su trayectoria futura.

Descubriendo las obras de Cornelius Agrippa

A los trece años, durante una fiesta en los baños cerca de Thonon, el mal tiempo confinó a la familia en una posada. Allí Víctor descubrió un volumen de las obras de Cornelio Agripa. Aunque lo abrió con apatía, la teoría y los hechos maravillosos pronto transformaron su sentimiento en entusiasmo: una nueva luz pareció amanecer en su mente. Víctor comunicó su descubrimiento a su padre con alegría, pero su padre apenas echó un vistazo a la portada y comentó desdeñosamente que Agripa era "triste basura" y no valía el tiempo de Víctor. Este rechazo superficial no logró convencer a Víctor de que su padre realmente hubiera comprendido el contenido, y Víctor continuó leyendo con el mayor fervor, decidido a perseguir este nuevo conocimiento a pesar del aparente desdén de su padre.

Rechazo de la ciencia moderna por la alquimia antigua

Al regresar a casa, el primer cuidado de Víctor fue procurar las obras completas de Agrippa, y más tarde amplió su búsqueda para incluir las de Paracelso y Alberto Magno. Estudiaba las descabelladas fantasías de estos escritores con deleite, considerando sus conocimientos como tesoros conocidos por pocos. A pesar del intenso trabajo y los descubrimientos de los filósofos modernos, Víctor permanecía descontento. Se comparaba con Newton, quien se sentía como un niño recogiendo conchas a la orilla del océano de la verdad, y consideraba a los sucesores de Newton como simples novatos en la misma empresa. Víctor creía que la filosofía natural solo había desvelado parcialmente el rostro de la naturaleza, mientras que sus rasgos inmortales permanecían misteriosos. En lugar de confiar en la ciencia moderna, Víctor adoptó a los antiguos alquimistas como sus maestros, aceptando sus afirmaciones sin cuestionarlas y convirtiéndose en su discípulo, aun cuando tales sistemas habían sido «rechazados» siglos antes.

Visiones del elíxir de la vida y la invocación de fantasmas

Bajo la guía de sus nuevos preceptores, Víctor persiguió con diligencia la piedra filosofal y el elíxir de la vida, y este último pronto acaparó toda su atención. Consideraba la riqueza un objetivo inferior, viendo en cambio gloria en la posibilidad de desterrar las enfermedades y de hacer a los humanos invulnerables a todo menos a la muerte violenta. Sus visiones iban más allá del elíxir: buscaba cumplir las promesas de sus autores favoritos sobre la invocación de fantasmas y demonios. Cuando sus encantamientos no daban resultado, Víctor no lo achacaba a defecto alguno de sus instructores, sino a su propia inexperiencia. Así, avanzaba a tientas entre teorías contradictorias y conocimientos variopintos, guiado por una imaginación ardiente y un razonamiento infantil, hasta que un accidente volvió a redirigir sus ideas.

La tormenta eléctrica y un giro en el destino

Alrededor de los quince años de edad, Victor presenció una aterradora tormenta eléctrica que golpeó un viejo roble cercano a la casa de su familia, cerca de Belrive, con un rayo, reduciéndolo a un tocón de finas cintas de madera. El suceso motivó a un filósofo natural visitante a explicar las nuevas teorías de la electricidad y el galvanismo, que desplazaron el interés de Victor en las antiguas obras de alquimia que había estado estudiando, llevándolo en cambio a perseguir las matemáticas como un fundamento más seguro del conocimiento.

La destrucción del roble por un rayo

Cuando Víctor tenía alrededor de quince años, la familia se había retirado a su casa cerca de Belrive cuando fueron testigos de una tormenta violentísima y terrible. Avanzando desde detrás de las montañas del Jura, los truenos estallaron con un fragor espantoso desde diversos puntos del cielo. Víctor observaba la tormenta con curiosidad y deleite. En la puerta, contempló un rayo de fuego que salía de un viejo y hermoso roble que se alzaba a unas veinte yardas de la casa, y cuando la luz deslumbrante se desvaneció, el roble había desaparecido, dejando solo un tronco fulminado. A la mañana siguiente, encontraron que el árbol no estaba astillado, sino enteramente reducido a finas cintas de madera: algo que Víctor jamás había visto tan completamente destruido. Este dramático suceso natural se convirtió en un catalizador para un profundo cambio intelectual.

El derrocamiento de la alquimia por la electricidad y el galvanismo

Antes de esta tormenta, Victor no desconocía las leyes evidentes de la electricidad. Un hombre de profunda investigación en filosofía natural se hallaba presente durante la tormenta, y, excitado por la catástrofe, comenzó a exponer una teoría que había elaborado acerca de la electricidad y el galvanismo —una teoría nueva y asombrosa para Victor. Dicha explicación relegó profundamente a las sombras a los señores de su imaginación: Agripa, Alberto Magno y Paracelso. Sin embargo, por alguna fatalidad, el derrocamiento de estas antiguas autoridades lo desinclinó por completo de proseguir sus estudios habituales. Sintió como si nada fuera a saberse ni pudiera saberse jamás; todo aquello que por largo tiempo había ocupado su atención de pronto parecía despreciable. Por uno de esos caprichos de la mente a los que quizás los jóvenes son más propensos, descartó la historia natural y toda su progenie como deforme y abortiva, profesando el mayor desdén por lo que consideraba una seudociencia.

Un giro temporal hacia las matemáticas

Víctor, sumido en su desilusión tanto de las ciencias naturales como de la antigua alquimia, se refugió en las matemáticas. Se entregó al estudio de esta disciplina y de sus ramas afines, viéndolas como saberes cimentados sobre bases seguras y, por tanto, dignos de su consideración. Este viraje suponía un intento de encontrar terreno firme tras el hundimiento de su anterior armazón intelectual. El pasaje reflexiona sobre lo extrañamente que están constituidas las almas y por qué tenues ligamentos quedan atados los hombres a la prosperidad o a la ruina. Más tarde, Víctor contempla este cambio de inclinación casi como si lo hubiera sugerido un ángel guardián: el último esfuerzo del espíritu de conservación para apartarlo de su peligrosa senda.

El triunfo inevitable del destino

Las consecuencias del abandono de la alquimia por parte de Víctor trajeron una tranquilidad y una alegría del alma inusuales. Este estado estaba destinado a enseñarle a Víctor a asociar el mal con sus antiguas ocupaciones y la felicidad con su rechazo. Sin embargo, este enérgico esfuerzo del espíritu del bien resultó infructuoso. El destino era demasiado poderoso, y sus leyes inmutables habían decretado la total y terrible destrucción de Víctor. El capítulo concluye con la ominosa sugerencia de que, a pesar de todos los intentos por redirigir su camino, el destino final de Víctor estaba predeterminado: sus ambiciones científicas lo conducirían inevitablemente a la catástrofe, sin importar las distracciones temporales.

El viaje de Víctor a Ingolstadt y su despertar científico

La partida de Víctor Frankenstein hacia la Universidad de Ingolstadt marca una transición decisiva desde su vida protegida en Ginebra hacia el mundo más amplio de la búsqueda científica. Al haber cumplido diecisiete años de edad, sus padres determinaron que debía experimentar costumbres más allá de su nativa Suiza. Antes de su partida planeada, la tragedia golpeó: Elizabeth cayó gravemente enferma de escarlatina, y la madre de Víctor, Caroline, la atendió a pesar de los ruegos de la familia. Aunque Elizabeth sobrevivió, Caroline contrajo la enfermedad y murió en cuestión de días, dejando a Víctor enfrentado a un profundo duelo antes de emprender su viaje. Su partida, retrasada por el luto, finalmente llegó cuando se despidió de su afligida familia, particularmente de su amada Elizabeth y de su amigo Henry Clerval, cuyas propias aspiraciones hacia una educación liberal habían sido frustradas por la estrechez de miras de su padre. El viaje de Víctor hacia Ingolstadt mezclaba una reflexión melancólica con una esperanza naciente de logros intelectuales, y al llegar comenzó a conocer a los profesores que darían forma a su educación científica, de manera más significativa a través de su fatídica exposición a la química moderna que encendería sus extraordinarias ambiciones.

La enfermedad de Elizabeth y la muerte de Caroline

La primera desgracia que aquejó a Victor ocurrió justo antes de su partida proyectada hacia la universidad. Elizabeth contrajo la fiebre escarlata, y su estado se volvió gravísimo. A pesar de los ruegos de la familia, Caroline Frankenstein no pudo contener su ansiedad al saber que la vida de su hija predilecta estaba en peligro. Asistió a Elizabeth en su lecho de enfermo con devota vigilancia, y sus cuidados prevalecieron: la niña sanó. Sin embargo, Caroline se había expuesto a la enfermedad, y al tercer día ella misma cayó enferma con fiebre que presentaba los síntomas más alarmantes. En su lecho de muerte, Caroline mostró la fortaleza y la bondad que habían caracterizado su vida. Unió las manos de Elizabeth y de Victor, expresando sus deseos de que su unión sirviera de consuelo para su padre y encomendando a Elizabeth el cuidado de los hijos menores. Sus últimas palabras revelaron tanto su amor como su aceptación: «Pero estos no son pensamientos apropiados para mí; me empeñaré en resignarme con alegría a la muerte y me permitiré abrigar la esperanza de encontraros en otro mundo». Murió con serenidad, con el cariño expresado en su semblante aun en la muerte.

Duelo y despedida de Ginebra

Tras la muerte de Caroline, la partida de Victor hacia Ingolstadt fue pospuesta, aunque pronto se reprogramó. Obtuvo permiso de su padre para retrasarla solo unas pocas semanas, pues sentía que era un sacrilegio abandonar la casa de duelo tan rápidamente. Su dolor era intenso, y sin embargo encontró consuelo al observar a Elizabeth, quien velaba su propio pesar para convertirse en la consoladora de la familia. Se dedicó a su familia adoptiva con coraje y fervor, aun mientras lloraba su propia pérdida. Cuando finalmente llegó el día de la partida, Henry Clerval pasó la última velada con Victor, tras no haber logrado persuadir a su padre de que le permitiera acompañar a su amigo a la universidad. Henry sentía profundamente la desgracia de verse negado de una educación liberal, aunque poco hablaba—Victor percibió en sus ojos una firme resolución contra verse encadenado a los míseros detalles del comercio. Permanecieron sentados hasta muy tarde, incapaces de separarse con la palabra «Adiós», hasta que llegó la mañana. Al amanecer, toda la familia de Victor se reunió para despedirlo: su padre le dio su bendición, Clerval apretó su mano una vez más, y Elizabeth renovó sus peticiones de que escribiera con frecuencia, otorgando sus últimas atenciones femeninas a su compañero de la infancia.

Llegada a Ingolstadt

Víctor partió solo en un carruaje, entregándose a reflexiones melancólicas. Contemplaba la idea de dejar atrás a sus «amables compañeros» y la vida de retiro doméstico que le había inspirado una «invencible repugnancia hacia nuevos semblantes». Amaba a sus hermanos, a Elizabeth y a Clerval como sus «viejas caras conocidas», dudando de su aptitud para alternar entre desconocidos. No obstante, conforme avanzaba el trayecto, su ánimo se fue animando. Durante largo tiempo se había sentido confinado en su juventud y había ansiado entrar en el mundo y ocupar su lugar entre los demás seres humanos. Ahora sus deseos se estaban cumpliendo, y habría sido una locura arrepentirse. El largo y fatigoso viaje hasta Ingolstadt le proporcionó tiempo sobrado para la reflexión. Por fin, el alto y blanco campanario de la ciudad apareció ante él. Descendió del carruaje y fue conducido hasta su solitario aposento, donde pasaría su primera velada a solas en sus nuevas circunstancias.

M. Krempe y el rechazo de la alquimia

A la mañana siguiente de su llegada, Víctor entregó sus cartas de presentación y visitó a varios de los principales profesores. El azar —o como él lo describe, «la influencia maligna, el Ángel de la Destrucción»— lo llevó primero ante M. Krempe, profesor de filosofía natural. Krempe era un hombre tosco, profundamente imbuido en su ciencia. Al enterarse de que Víctor había estudiado a alquimistas como Alberto Magno y Paracelso, Krempe lo miró con incredulidad. «¿De verdad —exigió— ha dedicado usted su tiempo a estudiar tales tonterías?» Krempe sentenciaba que cada instante que Víctor había desperdiciado en aquellos libros estaba «absoluta y enteramente perdido», gravando su memoria con «sistemas desmentidos y nombres inútiles». Expresó su asombro de que en esta era ilustrada hubiera encontrado a un discípulo de los alquimistas medievales, declarando que Víctor debía comenzar sus estudios de nuevo por completo. Le prescribió una lista de libros sobre filosofía natural y mencionó sus próximas conferencias, así como las de su colega M. Waldman. Víctor regresó a casa no decepcionado, pues ya consideraba inútiles a aquellos autores alquímicos, pero tampoco inclinado hacia las ocupaciones de Krempe. Encontró desagradables la voz áspera y el aspecto repulsivo de aquel hombre rechoncho, y sintió desprecio por lo que ofrecía la filosofía natural moderna: a diferencia de los grandes propósitos de los alquimistas, que buscaban la inmortalidad y el poder, la ciencia moderna parecía aspirar meramente a la «aniquilación de aquellas visiones» que a él le habían interesado.

La conferencia inspiradora de M. Waldman

Después de unos días de instalarse, Víctor recordó la mención de Krempe sobre las conferencias de M. Waldman y decidió asistir, en parte por curiosidad y en parte por ocio…

Dedicación a la ciencia moderna

Víctor no cerró los ojos aquella noche. Su ser interior estaba en tumulto, aunque sentía que de ello surgiría el orden. Con el alba, llegó el sueño, y al despertar, los pensamientos de la noche le parecieron un sueño; mas quedaba una resolución: se dedicaría a una ciencia para la que se creía naturalmente dotado. Aquel mismo día visitó al señor Waldman en privado y halló su trato aún más atrayente que en público, marcado por gran afabilidad y bondad. Víctor le hizo el mismo relato de sus antiguas ocupaciones que había dado a Krempe. A diferencia de Krempe, Waldman sonrió ante los nombres de Cornelio Agripa y Paracelso sin desprecio, declarando que a aquellos hombres, cuyo infatigable celo había proporcionado a los filósofos modernos la mayor parte de los fundamentos de su saber, se les debía profundo reconocimiento. Sus trabajos, aunque dirigidos con error, casi nunca dejaban de redundar al cabo en una sólida ventaja para la humanidad. Víctor manifestó que la conferencia de Waldman había disipado sus prevenciones contra la química moderna, y le pidió consejo sobre qué libros procurarse. Waldman lo acogió como a un discípulo, prometiéndole éxito si su aplicación corría pareja con su capacidad. Le explicó que la química había experimentado los mayores adelantos y constituía su estudio particular, pero le aconsejó aplicarse a toda rama de la filosofía natural, incluida la matemática, para llegar a ser verdaderamente un hombre de ciencia y no meramente un экспериментатор insignificante. Waldman llevó entonces a Víctor a su laboratorio, explicándole sus aparatos y prometiéndole acceso a ellos una vez que Víctor hubiera avanzado lo suficiente. Le facilitó la lista de libros solicitada, y Víctor se despidió. Así terminó un día memorable para Víctor—decisivo para su futuro destino, pues había descubierto la ambición científica que consumiría su vida.

Capítulo 4

Víctor se entrega por completo a la filosofía natural en Ingolstadt, leyendo con avidez obras científicas modernas, asistiendo a conferencias y trabando amistad con los profesores Krempe y Waldman, de tal modo que en el plazo de dos años su progreso asombra tanto a maestros como a condiscípulos y ya ha perfeccionado varios instrumentos químicos. Impulsado por una curiosidad ardiente acerca del origen de la vida, decide estudiar el cuerpo humano y, tras meses de investigación incesante en osarios y salas de disección, descubre cómo insuflar animación a la materia inerte, resolviendo al fin crear un ser humano gigantesco reuniendo huesos y ensamblando la criatura en un laboratorio secreto instalado en un ático. Obsesionado con su tarea, descuida su salud, hace caso omiso de las cartas de su padre y de la belleza del verano, y trabaja hasta que las hojas se marchitan, completando su creación cuando se halla física y emocionalmente extenuado.

Estudios en Ingolstadt y primeros avances en química

Desde el día de su llegada, la filosofía natural —particularmente la química en su sentido más amplio— se convirtió en la ocupación casi exclusiva de Víctor Frankenstein. Estudió las obras de los investigadores modernos con gran ardor, asistió a las conferencias universitarias y cultivó relaciones con hombres de ciencia. A pesar de la repulsiva fisonomía y modales del profesor Krempe, Víctor descubrió que poseía un juicio sólido e información genuina. En cambio, el profesor Waldman resultó ser un verdadero amigo, cuya enseñanza amable desterró la pedantería e hizo claras incluso las indagaciones más abstrusas. La aplicación de Víctor a sus estudios fue inicialmente irregular, pero fue ganando fuerza a medida que avanzaba, volviéndose tan ardiente que a menudo trabajaba durante toda la noche hasta la mañana. Su rápido progreso asombró tanto a sus compañeros estudiantes como a sus maestros. Durante más de dos años, descuidó visitar Ginebra, dedicado por entero al descubrimiento científico. Encontraba alimento continuo para el descubrimiento en la búsqueda científica —a diferencia de otros estudios en los que uno simplemente alcanza el punto al que otros ya habían llegado—. Su determinación concentrada lo llevó a descubrimientos significativos que mejoraron los instrumentos químicos, ganándose un gran aprecio en la universidad. Cuando hubo dominado la teoría y la práctica disponibles en Ingolstadt, ocurrió un incidente que prolongaría su estancia.

Investigación sobre el Principio de la Vida y el Descubrimiento de la Animación

Un fenómeno que atrajo particularmente la atención de Víctor fue la estructura del cuerpo humano y de cualquier animal viviente. Se preguntaba una y otra vez: ¿de dónde procede el principio de la vida? Considerando cuántas cosas se hallan al alcance de la mano si la cobardía o el descuido no restringieran la investigación, determinó aplicarse más particularmente a las ramas de la filosofía natural relacionadas con la fisiología. Para examinar las causas de la vida, sabía que primero debía recurrir a la muerte. Aunque educado sin miedos sobrenaturales, Víctor ahora se encontraba examinando la podredumbre y la corrupción, pasando días y noches en bóvedas y osarios, objetos insoportables para la delicadeza humana. Observaba cómo la hermosa forma del hombre era degradada y consumida, cómo los gusanos heredaban las maravillas del ojo y del cerebro. Al examinar las minucias de la causalidad entre la vida y la muerte, una luz repentina iluminó su mente, un descubrimiento tan brillante y sencillo que se preguntaba por qué entre tantos hombres de genio, él solo había sido reservado para desvelar este asombroso secreto. Tras días y noches de labor increíble, logró descubrir la causa de la generación y la vida, y se volvió capaz de insuflar animación a la materia inerte. El resultado fue abrumador; sin embargo, los pasos que condujeron a él eran claros y probables, no la visión de un loco.

Creación de la Criatura Gigante y Trabajo Obsesivo

Con este asombroso poder en sus manos, Víctor dudó largo tiempo sobre cómo emplearlo. Aunque poseía la capacidad de dar vida, preparar un armazón completo con todas sus intricadezas de fibras, músculos y venas seguía siendo una tarea de inconcebible dificultad. Aunque en un principio consideró crear un ser más simple que él, su éxito lo envalentonó para intentar algo tan complejo como el hombre. Para superar el obstáculo de las partes diminutas, resolvió hacer a la criatura gigantesca, de unos dos metros y medio de altura. Tras meses de recolectar y disponer los materiales, comenzó. Nadie podría concebir la variedad de sentimientos que lo impulsaban como un huracán en el primer entusiasmo del éxito. Imaginó una nueva especie que lo bendijera como creador, naturalezas felices y excelsas que le debieran su existencia. Estos pensamientos sostenían su ánimo a través de un ardor incesante mientras su mejilla palidecía y su cuerpo se consumía. Recogió huesos de osarios, perturbó los secretos del cuerpo humano y trabajó en una estancia solitaria separada de las otras habitaciones. El verano pasó mientras estaba entregado en cuerpo y alma a esta ocupación, insensible a los encantos de la naturaleza y negligente con sus amigos lejanos. Aunque sabía que su silencio los preocupaba, no podía apartar sus pensamientos de su labor repugnante pero irresistible. El invierno, la primavera y el verano se disolvieron en el trabajo; no contempló las flores ni las hojas que se desplegaban. Su obra se acercaba a su fin, pero el entusiasmo fue contenido por la ansiedad. Parecía uno de esos condenados a la esclavitud de oficios malsanos. Cada noche una fiebre lenta lo oprimía; se volvió nervioso hasta un grado doloroso, sobresaltado por la caída de una hoja, evitando a sus semejantes como si fuera culpable de un crimen. Solo la energía de su propósito lo sostenía, y se prometió a sí mismo tanto ejercicio como diversión cuando su creación estuviera completa.

Capítulo 5

Este capítulo narra las consecuencias inmediatas de la creación de la Criatura por parte de Víctor Frankenstein, comenzando en una lúgubre noche de noviembre cuando el ser abre sus ojos por primera vez. La narrativa sigue el rápido descenso de Víctor desde el triunfo científico hacia el horror y la angustia mental, su reencuentro fortuito con su querido amigo Henry Clerval, y la consecuente fiebre nerviosa que lo consume durante meses. El capítulo explora temas de creación, responsabilidad y las consecuencias psicológicas de jugar a ser Dios.

Creación de la Criatura

Victor culmina su empresa de dos años en una oscura noche de noviembre a la una de la madrugada, tras haber trabajado sin descanso para animar un cuerpo inerte. Mientras la vela medio apagada chisporrotea, Victor contempla cómo los ojos amarillos y opacos de su creación se abren, observando la respiración trabajosa de la criatura y los movimientos convulsivos de sus extremidades. Había tenido la intención de crear un ser hermoso, de miembros proporcionados y rasgos agraciados, pero el resultado resulta aterrador: la piel amarillenta de la Criatura apenas cubre sus músculos y arterias, su cabello negro y lustroso contrasta de manera grotesca con unos ojos acuosos del color de unas cuencas blanco sucias, y su complexion arrugada y sus labios rectos y negros completan un rostro más terrible de lo que Dante habría podido imaginar. Victor había sacrificado su salud y su descanso por este logro, impulsado por un ardor que excedía toda moderación, solo para descubrir su hermoso sueño transformado en una pesadilla de repulsión.

Horror Inmediato y Terror Nocturno

Incapaz de soportar la vista de lo que ha creado, Víctor sale precipitadamente de la habitación y camina de un lado a otro de su alcoba durante toda la noche. El agotamiento finalmente lo empuja hacia la cama, pero el sueño solo le trae las peores pesadillas: sueña que Elizabeth se transforma en un cadáver entre sus brazos, sus labios tornándose lívidos con el color de la muerte, su figura envuelta en una mortaja con gusanos de tumba que se arrastran entre los pliegues. Despierta horrorizado, cubierto de sudor frío y convulsionando, solo para descubrir a la Criatura de pie junto a la cortina del lecho, observándolo con sus terribles ojos y murmurando sonidos inarticulados mientras una sonrisa le arrugaba las mejillas. Víctor huye escaleras abajo y pasa el resto de la noche en el patio, escuchando con temor cualquier señal de la criatura. La mañana no trae consuelo alguno: Víctor deambula por las calles de Ingolstadt como el Antiguo Marinero de Coleridge, incapaz de regresar a su apartamento y temiendo a cada recodo el avistamiento del monstruo que ha creado.

Reencuentro con Henry Clerval

Víctor se encuentra con Enrique Clerval al llegar a una posada, y su reencuentro le produce una alegría y un alivio repentinos tras los horrores de la noche. Clerval, el amigo más íntimo de Víctor desde Ginebra, ha venido a Ingolstadt para estudiar, tras haber convencido a su padre, hombre práctico, de que la educación va más allá de la simple contabilidad. Víctor le da una calurosa bienvenida, olvidando por un instante su horror y su desdicha, pero su aspecto demacrado y pálido alarma a Clerval, quien le comenta lo enfermo que luce. Víctor elude el tema con nerviosismo, alegando que ha estado ocupado en un trabajo agotador, pero tiembla al recordar que la Criatura podría seguir todavía en su apartamento. Sube corriendo las escaleras y descubre, con inmenso alivio, que la habitación está vacía: el monstruo ha huido. Lleno de alegría, Víctor regresa junto a Clerval muy animado, pero su entusiasmo pronto se vuelve incontrolable, rayando en la histeria. Salta, aplaude y ríe a carcajadas de manera desenfrenada e inmoderada, lo cual alarma a Clerval, quien le suplica que se tranquilice. El terror de Víctor resulta ser abrumador; imagina ver el espectro del monstruo y se desploma en un acceso, comenzando una prolongada fiebre nerviosa que lo confinará durante meses.

Fiebre nerviosa, recuperación y reencuentro familiar

La fiebre nerviosa de Víctor dura varios meses, durante los cuales Henry Clerval se convierte en su devoto y único enfermero. Clerval oculta sabiamente la gravedad de la enfermedad de Víctor a su padre y a Elizabeth, pues sabe que su preocupación únicamente agravaría la carga que ya soporta Víctor. La terrible figura de la Criatura acecha sin cesar el delirio de Víctor, y sus desvaríos sobre el monstruo al principio le parecen a Clerval simples sueños febriles, hasta que su insistencia sugiere una realidad atroz. Víctor solo logra recuperarse gracias al cuidado inquebrantable y esmerado de Clerval. Gradualmente, a medida que llega la primavera con los tiernos brotes que reemplazan las hojas caídas, el buen ánimo de Víctor regresa y su tristeza se disipa. Cuando Clerval toca con delicadeza el tema de la familia de Víctor, sugiriéndole que escriba a su padre y a Elizabeth, Víctor le expresa su profundo amor por ellos y sus ansias de reencontrarse. La carta de Elizabeth, que Clerval ha mantenido en espera, se convierte en un símbolo de los lazos familiares que pronto volverán a reafirmarse en la vida de Víctor.

Capítulo 6

En el capítulo 6, Víctor Frankenstein recibe una sentida carta de su prima Elizabeth Lavenza, quien le pone al corriente de las noticias familiares, entre ellas el deseo de su hermano Ernest de seguir una carrera militar, el fallecimiento de su tía y la difícil historia de la criada Justine Moritz. Tras recuperarse de su enfermedad, Víctor es reincorporado a la vida universitaria por su amigo Enrique Clerval, pero siente una violenta aversión hacia la filosofía natural y la ciencia debido al trauma de sus creaciones pasadas. El capítulo narra el giro de Víctor hacia las lenguas y literaturas orientales bajo la influencia de Clerval, su regreso tardío a Ginebra a causa del clima invernal y una reparadora caminata por el campo con su querido amigo, durante la cual el ánimo de Víctor finalmente se reanima y redescubre el gozo de la naturaleza y de la conexión humana.

Carta de Elizabeth a Victor

Elizabeth escribe a Victor expresando su profunda preocupación por su prolongada enfermedad, a pesar de las cartas tranquilizadoras de Henry Clerval. Le suplica que le envíe al menos una palabra para aliviar la angustia de su familia. Elizabeth comparte novedades de la familia: Ernest, que ahora tiene dieciséis años, desea seguir una carrera militar en el extranjero, a lo que su tío se opone, mientras que William se ha convertido en un muchacho alto con ojos azules y pestañas oscuras. Relata la historia de Justine Moritz: cómo su madre la maltrató, dejándola con la familia a los doce años, donde recibió educación y se consagró con devoción al servicio de la tía de Victor. Tras la muerte de la tía, Justine cuidó a su madre moribunda hasta el fallecimiento de la mujer el invierno pasado, y ahora ha regresado al hogar. Elizabeth comparte cotilleos de Ginebra: el próximo matrimonio de la señorita Mansfield con John Melbourne, la boda de su hermana Manon con el banquero M. Duvillard, y la recuperación de Louis Manoir y su posible casamiento con Madame Tavernier. Concluye con renovadas súplicas para que Victor le escriba.

Recuperación de Victor y presentación de Clerval a los profesores

Al leer la carta de Elizabeth, Víctor escribe de inmediato, aunque el esfuerzo lo fatiga. Su convalecencia avanza de manera constante, y en menos de dos semanas puede abandonar su habitación. Uno de sus primeros deberes tras recuperarse es presentar a Clerval a los profesores de la universidad, aunque esto resulta ser una experiencia dolorosa dado su trauma.

Interacciones con los profesores universitarios

Victor experimenta tormento durante sus visitas con los profesores. Cuando M. Waldman elogia calurosamente el asombroso progreso de Victor en las ciencias, Victor siente como si le estuvieran mostrando los instrumentos que finalmente causarán su muerte. La mención de la filosofía natural renueva su agonía, aunque no puede revelar la verdadera razón de su sufrimiento. Clerval percibe la incomodidad de Victor y cambia de tema. M. Krempe resulta igualmente difícil, ofreciendo elogios duros y francos que causan a Victor aún más dolor que las benévolas alabanzas de Waldman. Krempe se jacta de los logros de Victor mientras este se retuerce en silencio bajo tanta atención. Victor no logra confesarse con Clerval sobre los traumáticos acontecimientos que lo atormentan.

Estudios orientales con Clerval y regreso retrasado a Ginebra

Clerval se inscribe en la universidad para estudiar lenguas orientales —persa, árabe y sánscrito— con el propósito de emprender una ambiciosa carrera. Víctor, ansioso por escapar de sus antiguos estudios y de los recuerdos asociados a ellos, se une a Clerval en estas ocupaciones. Encuentra consuelo e instrucción en la literatura oriental, apreciando su melancolía y su alegría, lo cual contrasta con la poesía heroica de Grecia y Roma. El verano transcurre entre estos estudios, y el regreso de Víctor a Ginebra, programado originalmente para el otoño, se retrasa hasta la primavera debido al clima invernal y a los caminos intransitables, a pesar de su anhelo por ver su ciudad natal y a sus queridos amigos.

Recorrido peatonal con Clerval y regreso a Ingolstadt

Cuando llega mayo, Henry propone una excursión a pie de dos semanas por los alrededores de Ingolstadt para que Victor pueda despedirse de la región. Victor acepta con entusiasmo, recordando sus paseos juntos en Suiza. Durante el recorrido, la salud y el ánimo de Victor siguen mejorando, y la compañía de Clerval le devuelve la capacidad de ser feliz y de conectar con la naturaleza. Victor reflexiona que Clerval «despertó los mejores sentimientos de mi corazón» y le enseñó a amar de nuevo la naturaleza y a los niños. La imaginación, los relatos y la conversación de Clerval durante sus caminatas le procuran un deleite genuino. Regresan una tarde de domingo y encuentran a campesinos bailando, mientras todo el mundo parece alegre y dichoso, y Victor avanza dando brincos con una alegría desbordante.

Capítulo 7

Este capítulo sigue el regreso de Víctor Frankenstein a Ginebra tras el asesinato de su hermano menor William, rastreando la recepción de la devastadora carta de su padre, su viaje a casa con su amigo Henry Clerval, su encuentro con la Criatura en el lugar del crimen y la revelación de que la criada de la familia, Justine Moritz, ha sido acusada injustamente del delito.

Recepción de la carta del padre sobre la muerte de William

Alphonse Frankenstein le escribe a Victor para darle la noticia del asesinato de William: William fue asesinado mientras caminaba en Plainpalais con la familia, encontrado lívido en la hierba con la marca de la mordedura de la Criatura en el cuello, y la preciada miniatura de la madre de Victor fue robada de Elizabeth, quien había permitido que William la llevara puesta. La carta describe el abrumador dolor de la familia, la autoinculpación de Elizabeth por la tragedia, y le suplica a Victor que regrese a casa para consolar a sus seres queridos.

Partida a Ginebra con Clerval

Tras leer la carta de su padre, Víctor se ve abrumado por la desesperación e insiste de inmediato en que debe viajar a Ginebra sin demora. Le pide a su íntimo amigo Enrique Clerval que lo acompañe, y ambos ordenan que les preparen caballos para comenzar su viaje, mientras Clerval le ofrece sentidas condolencias por la pérdida de Víctor al ponerse en camino.

Viaje a Ginebra y visita al lugar del asesinato

El viaje de Víctor a Ginebra está marcado por una intensa melancolía: se detiene en el camino mientras se acerca a su ciudad natal, abrumado por los recuerdos de su juventud y el miedo de la desolación que lo aguarda, hace una pausa de dos días en Lausana para calmar sus turbulentas emociones, y finalmente llega a las afueras de Ginebra después del anochecer. Obligado a pasar la noche en el cercano pueblo de Sécheron, cruza el lago Lemán en barco al día siguiente para visitar el lugar exacto donde William fue asesinado en Plainpalais, donde es testigo de una dramática y violenta tormenta que azota el lago y las montañas circundantes.

Encuentro con la criatura en Plainpalais

Mientras permanece de pie en el lugar del asesinato durante la tormenta, Victor divisa una figura gigantesca y deforme que se oculta detrás de un grupo de árboles, iluminada por un relámpago. Reconoce al instante que la figura es la Criatura que él mismo creó y se convence de inmediato de que la Criatura es la asesina de William. Observa cómo la Criatura escapa por la empinada ladera del Mont Salêve antes de desaparecer de su vista. Acometido por la culpa de haber desatado a ese ser violento en el mundo, Victor resuelve mantener en secreto su papel en la creación de la Criatura, convencido de que nadie creería su descabellada historia.

Descubrimiento de la acusación contra Justine

Al llegar a la casa de su padre en Ginebra, Víctor se entera de que Justine Moritz, una miembro querida y de larga confianza del hogar, ha sido acusada del asesinato de William. La miniatura desaparecida de la familia fue hallada en el bolsillo de Justine, y su comportamiento confundido y nervioso durante el interrogatorio ha convencido a la mayor parte de la familia de su culpabilidad; será juzhada ese mismo día. Víctor está seguro de que Justine es inocente, pero lucha consigo mismo sobre si revelar la verdad acerca de la Criatura, sabiendo que su historia parecerá una locura, mientras su padre y Elizabeth se aferran a la esperanza de que Justine sea absuelta.

Capítulo 8

Este capítulo detalla el juicio, la condena y la ejecución de la inocente sirvienta Justine Moritz por el asesinato del joven William Frankenstein. La narrativa explora temas de pruebas circunstanciales, la falsa confesión bajo coacción y la devastadora culpa que siente Víctor Frankenstein, quien sabe que el verdadero asesino es su propia creación, pero no puede hablar sin condenarse a sí mismo.

Apertura del juicio y el tormento de Víctor

Víctor acompaña a su familia a la sala del tribunal como testigo, experimentando un intenso tormento psicológico a lo largo de las diligencias. Reconoce que el asesinato de William y la inminente ejecución de Justine derivan directamente de su propia búsqueda científica y del posterior abandono de la criatura que él creó. Víctor desea desesperadamente confesar su culpa y salvar a Justine, pero sabe que tal declaración sería descartada como locura y de todos modos no la exoneraría. La sala del tribunal se convierte en un escenario para la tortura viviente de Víctor mientras observa a una mujer inocente ser condenada por un crimen que él sabe que causó.

Testimonios de los testigos de la acusación

Múltiples testigos dan testimonio de pruebas circunstanciales dañinas en contra de Justine. Ella había estado fuera toda la noche en la víspera del asesinato y fue vista cerca del lugar donde fue descubierto el cuerpo de William. Cuando una vendedora del mercado la interrogó al amanecer, ella dio respuestas confusas e ininteligibles. Al regresar a casa alrededor de las ocho, preguntó con ansiedad por el niño desaparecido, y al ver el cuerpo, cayó en una violenta crisis de histeria y permaneció enferma durante días. Lo más condenatorio es que se presenta un retrato en miniatura, una imagen que Elizabeth había colocado alrededor del cuello de William antes de que desapareciera, encontrada en el bolsillo de Justine. Cuando Elizabeth lo identifica con una voz temblorosa, la sala del tribunal estalla en horror e indignación contra la acusada.

Declaración de defensa de Justine

Justine ofrece una defensa serena a pesar de la evidente tensión emocional que la embarga. Mantiene su completa inocencia al mismo tiempo que reconoce que sus protestas por sí solas no pueden absolverla. Relata que pasó la tarde-noche del asesinato en casa de una tía en Chêne, regresando a las nueve, momento en que un hombre le informó sobre la desaparición del niño. Alarmada, pasó horas buscando a William, obligada a refugiarse en un granero cuando las puertas de Ginebra se cerraron. Pasó la noche vigilando y cree haber dormido brevemente antes del amanecer. En cuanto al retrato, no puede ofrecer ninguna explicación, pero señala que no tiene enemigos en este mundo que la destruyeran de forma tan malintencionada. Cuestiona por qué un asesino robaría la joya solo para abandonarla. Encomienda su causa a la justicia de los jueces, aunque ve poco margen para la esperanza.

Testimonios de testigos de carácter y la apelación de Elizabeth

Algunos testigos que conocían a Justine desde hacía años testifican sobre su buen carácter, pero el miedo y los prejuicios los hacen dudar y los vuelven tímidos. Cuando Elizabeth ve que incluso esta última defensa está fallando, solicita permiso para dirigirse al tribunal a pesar de su violenta agitación. Explica su estrecha relación con Justine a lo largo de cinco años de convivencia, describiendo cómo Justine cuidó a la madre de Víctor durante su última enfermedad y atendió a su propia madre durante una larga y tediosa enfermedad, granjeándose la admiración de todos cuantos la conocían. Elizabeth hace hincapié en el cariño con que Justine cuidó al niño asesinado y ofrece su propio testimonio de que, a pesar de todas las pruebas, cree firmemente en la inocencia de Justine. Señala que habría entregado gustosa el retrato a Justine si ella lo hubiera deseado, pues la estimaba profundamente. El tribunal murmura aprobando la generosidad de Elizabeth, pero la furia del público contra Justine no hace más que intensificarse.

Veredicto del juicio y la desesperación de Víctor

Víctor pasa una noche de pura miseria antes de regresar al tribunal por la mañana, con los labios y la garganta resecos. No se atreve a formular la pregunta fatal, pero es reconocido e informado de que las votaciones ya se han realizado, todas en negro, condenando a Justine. El oficial revela que Justine ya ha confesado su culpa, noticia que parece sorprenderle incluso a él mismo, quien señala que la prueba circunstancial por sí sola generalmente requiere corroboración. Víctor queda atónito ante esta información y se apresura a regresar a casa, donde Elizabeth recibe la noticia con efectos devastadores. Ella había confiado firmemente en la inocencia de Justine y ahora expresa su angustia por cómo podrá volver a confiar alguna vez en la bondad humana, luchando por reconciliar la imagen que tenía de la naturaleza apacible de Justine con el supuesto crimen. Víctor le comunica a su prima el veredicto y menciona su confesión, lo que arrasa con la última esperanza que le quedaba a Elizabeth.

Visita a la prisión y confesión falsa de Justine

Victor y Elizabeth visitan la prisión donde Justine se encuentra encadenada sobre un jergón de paja. Ella se arroja a los pies de Elizabeth sollozando, preguntándose cómo aquellos a quienes amaba podían creerla culpable. Elizabeth le asegura que nada podría hacer vacilar su confianza, excepto su propia confesión. Entonces Justine revela la terrible verdad: confesó únicamente para obtener la absolución y poner fin a la presión ejercida por su confesor, quien la había amenazado con la excomunión y el fuego del infierno hasta que ella misma empezó a creerse el monstruo que él describía. Sin nadie que la respaldara, habiéndola condenado todos, acabó suscribiendo una mentira. Expresa con horror la idea de que Elizabeth pudiera considerarla capaz de semejante crimen, y halla consuelo en el pensamiento de reencontrarse con William en el cielo. Elizabeth jura que proclamará y demostrará la inocencia de Justine y la salvará del cadalso, pero Justine sacude la cabeza con amargura, aceptando su destino con callada dignidad y aconsejando a Elizabeth que se someta a la voluntad del cielo. Victor, oculto en un rincón, se devora por el conocimiento de que él, y no Justine, es el verdadero asesino.

Ejecución de Justine y remordimiento de Víctor

Al día siguiente, Justine es ejecutada a pesar de los elocentes ruegos de Elizabeth y las indignadas protestas de Victor. Los jueces permanecen insensible ante sus súplicas, y la confesión que Victor había preparado muere en sus labios: reconoce que revelar la verdad solo lo condenaría como un loco sin lograr salvar a Justine. Ella muere como una asesina a los ojos del mundo. Victor entonces se vuelve para observar el dolor silencioso de Elizabeth y el sufrimiento de su padre, reconociendo que sus manos tres veces malditas han destruido la felicidad de todos aquellos a quienes ama. Profetiza mayores tragedias y sufrimientos para su familia, su alma profética desgarrada por el remordimiento, el horror y la desesperación mientras contempla las tumbas tanto de William como de Justine, las primeras víctimas desafortunadas de sus artes impías.

Capítulo 9

Después de la ejecución de Justine, Víctor Frankenstein es consumido por la culpa y la desesperación, incapaz de encontrar consuelo a pesar de los intentos de su padre por aconsejarlo. La familia se retira a su casa en Belrive, donde Víctor deambula solo por el lago de Ginebra durante la noche, contemplando el suicidio pero conteniéndose por el bien de Elizabeth y su familia. Elizabeth llora por Justine y reflexiona sobre la injusticia de su muerte, sin saber que Víctor, y no ella, es el verdadero responsable de los asesinatos. Abrumado por su conocimiento secreto y el peso de sus crímenes, Víctor huye al valle de Chamounix, buscando consuelo en la sublime grandeza de los Alpes, y finalmente encuentra un alivio temporal en el sueño.

Culpa y desesperación tras la ejecución de Justine

Tras la ejecución de Justine, Víctor Frankenstein es consumido por una culpa y un remordimiento insoportables. Aunque su corazón «rebosaba de bondad y amor a la virtud», reflexiona con amargura sobre cómo sus benévolas intenciones han sido destruidas. El peso de la desesperación oprime con fuerza sobre él: el sueño huye de sus ojos y rehúye el contacto humano. Víctor vaga como «un espíritu maligno», consciente de que ha cometido hechos horribles y convencido de que aún peor está por venir. En lugar de la serenidad de una conciencia limpia, lo arrebata un remordimiento que lo arrastra hacia «un infierno de torturas intensas». La soledad se convierte en su único consuelo mientras se retira del mundo.

Consejo del padre afligido y respuesta de Víctor

Al observar el perturbador cambio en la disposición de Víctor, Alphonse Frankenstein intenta consolar a su hijo con sabiduría extraída de su propia vida exenta de culpa. Apela al sentido del deber de Víctor—argumentando que el duelo excesivo perjudica tanto a los sobrevivientes como a uno mismo, impidiendo la mejora y la utilidad. Alphonse habla con emoción de su propio amor por William, llorando al recordar al hermano que Víctor ha perdido. Sin embargo, Víctor reconoce que este consejo bien intencionado es "totalmente inaplicable" a su situación. A diferencia del duelo ordinario, el tormento de Víctor se ve agravado por el remordimiento y el terror. Solo puede responder con "una mirada de desesperación", incapaz de revelar a su padre la verdadera fuente de su sufrimiento.

Traslado a Belrive y excursiones solitarias al lago

La familia se traslada a su casa de Belrive, un cambio que Víctor recibe con agrado. Los estrictos horarios de cierre de Ginebra habían hecho opresiva la vida en la ciudad, pero ahora encuentra libertad. Con frecuencia, después de que la casa duerme, Víctor toma un bote en el lago Lemán, a veces navegando con el viento, a veces remando hasta el centro y entregándose a "miserables reflexiones". Rodeado por la apacible belleza del lago durante la noche, se siente tentado a poner fin a su sufrimiento ahogándose. Sin embargo, los pensamientos de Elizabeth —a quien ama tiernamente y cuya existencia está "ligada a la mía"— y la preocupación por su padre y su hermano restante lo contienen. Teme abandonarlos a merced del monstruo que él desató, y llora, deseando que la paz regrese para poder consolarlos.

El lamento de Elizabeth y el tormento secreto de Víctor

Elizabeth, antes tan feliz, se ha vuelto triste y abatida. Las muertes de William y Justine han transformado su perspectiva; ya no puede ver el mundo como antes e interpreta los relatos de vicio e injusticia como males personales en lugar de lejanos. Al hablar con Víctor, reflexiona sobre la ejecución de Justine, señalando lo fácil que es condenar a los inocentes. Aunque sabe en su corazón que Justine era inocente, le apena que el asesino quede libre mientras la justicia cayó sobre la persona equivocada. Cuando Elizabeth nota la "desesperación, y a veces de venganza" en la expresión de Víctor, le suplica que destierre las pasiones oscuras y recuerde a quienes lo aman. Sin embargo, Víctor no puede ser consolado; sabe que él es "el verdadero asesino" en efecto, y ni siquiera el amor de Elizabeth puede penetrar la nube de culpa que lo envuelve.

Odio hacia la criatura y decisión de viajar a los Alpes

Víctor vive con el temor diario de que su creación cometa nuevas atrocidades. Un "sentimiento oscuro" lo persigue, la certeza de que el monstruo perpetuará algún crimen terrible, y no puede descansar mientras algo que ama quede en pie. Su odio hacia la criatura no conoce límites: al pensar en él, Víctor cruje los dientes, sus ojos se inflaman de rabia, y desea ardientemente destruir la vida que él mismo creó. Al reflexionar sobre las muertes de William y Justine, su odio y su deseo de venganza superan toda moderación. En los momentos en que la desesperación lo abruma, Víctor busca alivio mediante el ejercicio físico y el cambio de escenario. Es durante uno de esos episodios que abandona repentinamente su hogar, resuelto a viajar hacia los valles alpinos con la esperanza de que la grandeza de la naturaleza le ayude a olvidar sus penas y su propia humanidad.

Viaje por los Alpes y llegada a Chamounix

Víctor comienza su viaje a caballo, cambiando luego a una mula para un tránsito más seguro por los accidentados caminos de montaña. Es mediados de agosto, casi dos meses desde la muerte de Justine. Mientras desciende hacia la garganta del Arve, las inmensas montañas y las aguas que se estrellan comienzan a levantarle el ánimo. Ante la presencia de semejante poder natural —rocas, ríos y cascadas desplegadas en su "aspecto más aterrador"— se siente pequeño pero liberado, dejando de temer a cualquier cosa menor que el Creador mismo. El valle de Chamounix lo golpea con asombro: vastos glaciares, avalanchas que se desploman y la abrumadora "cúpula" del Mont Blanc dominan el paisaje. Sin embargo, la paz de Víctor es frágil —momentos de felicidad infantil recordada se alternan con renovada desesperación, y ya sea espolea a su mula hacia adelante o se desploma sobre la hierba horrorizado—. Al llegar por fin a la aldea de Chamounix, agotado de cuerpo y mente, observa los relámpagos jugar sobre el Mont Blanc y escucha el Arve, que se precipita ruidoso. Esos sonidos lo arrullan hasta dormirlo, y por primera vez en meses, bendice el olvido.

Capítulo 10

Después de pasar un día vagando por el valle junto a las fuentes del Arveirón y sintiéndose consolado por el sublime espectáculo de los glaciares, el narrador amanece con lluvia y niebla a la mañana siguiente y, decidido a recobrar aquel sosiego, monta en su mula y sube por el empinado y sinuoso sendero hasta la cima del Montanvert, cruzando un traicionero paisaje surcado por aludes y el mar de hielo. En la cima contempla el Mont Blanc en su aterradora majestad, pero su ensoñación se ve interrumpida cuando la criatura que él mismo creó salta hacia él por entre las grietas; tras un furioso intercambio de odio, la criatura suplica compasión, ofrece dejar a la humanidad en paz si se le concede una compañera y guía al narrador hasta una cabaña de montaña para contarle su historia.

Exploración del valle y consolación sublime

Víctor Frankenstein pasó el día siguiente vagando por el valle junto a las fuentes del Arveiron, que nacía de un glaciar que avanzaba lentamente desde las cumbres de las montañas. Los abruptos flancos de enormes montañas se alzaban ante él, la helada muralla del glaciar se cernía sobre su cabeza, y pinos destrozados aparecían esparcidos a su alrededor. El solemne silencio de esta gloriosa cámara de presencia de la imperial Naturaleza solo se rompía por el rumor de las olas, la caída de enormes fragmentos, el estruendo de las avalanchas, o el crujido del hielo acumulado que se desgarraba y resquebrajaba por la silenciosa acción de leyes inmutables. Estas escenas sublimes y magníficas brindaron a Víctor el mayor consuelo que era capaz de recibir. Lo elevaban por encima de toda mezquindad de sentimiento, y aunque no eliminaban su dolor, lo mitigaban y tranquilizaban. En cierta medida, también desviaron su mente de los pensamientos en los que había estado cavilando durante el último mes. Se retiró a descansar por la noche, y sus sueños fueron alimentados por el conjunto de grandiosas formas que había contemplado durante el día: las nevadas cimas de las montañas, los relucientes pináculos, los bosques de pinos, los agrestes barrancos, y las águilas que se elevaban entre las nubes.

Ascenso solitario del Montanvert

Cuando Victor despertó a la mañana siguiente, todas las visiones que inspiraban el alma habían huido con el sueño, y una oscura melancolía ensombrecía cada pensamiento. La lluvia caía en torrentes, y densas nieblas ocultaban las cumbres de las montañas. Sin embargo, Victor resolvió ascender a la cima del Montanvert, recordando el éxtasis sublime que la vista del glaciar tremendo y siempre en movimiento le había producido por primera vez. Decidió ir sin guía, pues conocía bien el camino, y la presencia de otro habría de destruir la grandeza solitaria del escenario. El ascenso era escarpado, pero el sendero estaba cortado en continuas y cortas revueltas. Era un paisaje aterradoramente desolado, con huellas de avalanchas invernales donde los árboles yacían rotos y esparcidos por el suelo. El camino se hallaba atravesado por grietas de nieve por las que rodaban piedras sin cesar; una de las grietas era particularmente peligrosa, pues el más leve sonido podía producir una conmoción de aire suficiente para atraer la destrucción sobre quien hablara. Los pinos no eran altos ni frondosos, pero añadían un aire de severidad a la escena. Victor contempló el valle que se extendía debajo, donde vastas nieblas se elevaban desde los ríos y se enroscaban en torno a las montañas del otro lado. Era casi mediodía cuando llegó a la cima del ascenso.

Confrontación en el glaciar con la criatura

Victor se sentó sobre la roca que dominaba el mar de hielo, y pronto una brisa disipó la niebla que lo cubría. Descendió sobre el glaciar, cuya superficie era muy irregular, elevándose como las olas de un mar agitado y entrecortada por profundas grietas. Empleó casi dos horas en cruzar el campo de hielo, que tenía casi una legua de ancho, hasta la montaña opuesta, una roca desnuda y perpendicular. Desde allí, el Montanvert se encontraba exactamente enfrente a la distancia de una legua, y sobre él se elevaba el Mont Blanc con terrible majestad. Victor permaneció en un hueco de la roca, contemplando esta escena maravillosa y estupenda. Su corazón, que había estado triste, ahora se henchía con algo parecido a la alegría, y exclamó en voz alta. Mientras decía esto, de pronto vio la figura de un hombre que avanzaba hacia él con velocidad sobrehumana, saltando sobre las grietas del hielo. Su estatura parecía exceder la del hombre, y a medida que la forma se acercaba, Victor percibió que era la criatura que él había creado. Victor tembló de rabia y horror, resolviendo esperar su acercamiento y luego trabarse con él en combate mortal. La criatura se acercó, su semblante revelando amarga angustia combinada con desdén y malignidad, mientras su fealdad sobrenatural lo hacía casi demasiado horrible para ojos humanos. Victor, sin embargo, apenas observó esto, pues la rabia y el odio lo habían privado del habla, y solo se recobró para abrumar a la criatura con palabras expresivas de furiosa aversión y desprecio. La criatura declaró que había esperado tal recibimiento, que todos los hombres odian al desgraciado, y que como criatura de Victor, estaba unido por lazos solo disolubles con la aniquilación de uno de ellos. Amenazó con que si Victor no accedía a sus condiciones, saciaría las fauces de la muerte con la sangre de los amigos que le quedaban a Victor. Victor se negó a escuchar, declarando que no podía haber comunidad entre ellos y que eran enemigos. La criatura suplicó a Victor que escuchara su historia antes de condenarlo, apelando al deber de Victor como creador de hacerlo feliz antes de quejarse de su maldad. Victor, impulsado por la curiosidad y un naciente sentido de sus obligaciones como creador, determinó al menos escuchar la historia de la criatura.

Viaje a la cabaña y comienza el relato de la criatura

La criatura guió el camino a través del hielo, y Víctor la siguió, sopesando los diversos argumentos que la criatura había empleado. La criatura rogó a Víctor que escuchara su relato, el cual describió como largo y extraño, y lo invitó a acudir a la cabaña en la montaña antes de que el sol descendiera tras los precipicios nevados. Le prometió que, una vez que Víctor hubiera escuchado su historia, podría entonces decidir si la criatura debía abandonar para siempre la vecindad del hombre y llevar una vida inofensiva, o convertirse en el azote de la humanidad y en el autor de la propia y pronta ruina de Víctor. Víctor consintió en escuchar y, sentándose junto al fuego que la criatura había encendido, se preparó para oír la narración de la criatura.

Capítulo 11

El capítulo 11 narra las primeras experiencias de la Criatura tras su creación: su despertar gradual a la sensación, su descubrimiento del fuego, sus encuentros iniciales con seres humanos y su observación de un humilde hogar en una cabaña. El capítulo sigue su progresión desde un confuso caos sensorial hasta el desarrollo de percepción y entendimiento, culminando en su decisión de observar la vida humana desde las sombras.

Despertar primordial y desarrollo sensorial inicial

La Criatura describe sus primeros momentos con dificultad, recordando una multiplicidad confusa de sensaciones simultáneas: ver, sentir, oír y oler todo a la vez. Inicialmente no distinguía entre las operaciones de sus diversos sentidos. Con el tiempo, una luz más intensa presionó sus nervios, obligándolo a cerrar los ojos ante el brillo opresivo. La oscuridad lo inquietaba, pero al abrir los ojos la luz volvía a inundarlo. Comenzó a caminar, quizás descendiendo, y descubrió una gran alteración en sus sensaciones: los cuerpos oscuros y opacos que alguna vez lo rodearon impenetrables al tacto o a la vista ahora permitían el libre movimiento. Podía vagar a sus anchas, superando o esquivando obstáculos según fuera necesario. La luz se volvía más opresiva y el calor agotador, impulsándolo a buscar sombra. Encontró un bosque cerca de Ingolstadt, se tendió junto a un arroyo para descansar de su fatiga, y pronto fue atormentado por el hambre y la sed. Comió bayas de los árboles y del suelo, bebió del arroyo y fue vencido por el sueño.

Observación de la luna, obtención de refugio y distinción sensorial emergente

Al despertar en la oscuridad, la Criatura sintió frío y desolación; su ropa insuficiente no lograba protegerlo de los rocíos nocturnos. Se sentó y lloró, un pobre, indefenso y miserable desdichado que nada podía distinguir. Pronto una luz tenue se deslizó por los cielos —una luna radiante que se alzaba entre los árboles— que lo llenó de placer. La observó con asombro mientras avanzaba lentamente e iluminaba su sendero. Recogió bayas y encontró una enorme capa bajo un árbol; se envolvió en ella y se sentó en el suelo. Su mente no abrigaba ideas claras; todo era confuso —luz, hambre, sed, oscuridad, innumerables sonidos, diversos aromas. El único objeto que podía distinguir era la brillante luna, en la que fijaba sus ojos con placer. Pasaron varios ciclos de día y noche, y cuando la luna menguó considerablemente, empezó a distinguir unas sensaciones de otras. Percibió gradualmente con claridad el arroyo y los árboles que lo sombreaban. Descubrió que sonidos placenteros brotaban de las gargantas de pequeños animales alados —pájaros cuyos cantos habían interceptado a menudo la luz de sus ojos. Trató de imitar sus cantos pero no pudo. Cuando deseaba expresar sus propias sensaciones, sonidos toscos e inarticulados escapaban de él y lo asustaban hasta sumirlo en silencio. La luna desapareció y regresó en una forma menguada mientras él permanecía en el bosque. Sus sensaciones se hicieron nítidas, su mente recibía diariamente nuevas ideas, sus ojos se acostumbraron a la luz y a los objetos en sus formas correctas. Distinguía el insecto de la hierba, una hierba de otra, y notó que los gorriones emitían notas estridentes, mientras que los mirlos y los zorzales producían sonidos dulces y cautivadores.

Descubrimiento, experimentación y uso del fuego

Un día, oprimido por el frío, la Criatura descubrió un fuego dejado por mendigos errantes. Experimentó el deleite del calor, pero en su gozo introdujo su mano en las brasas vivas, retirándola rápidamente con un grito de dolor. Reflexionó sobre la extraña paradoja de que la misma causa podía producir efectos opuestos: calor y dolor. Al examinar los materiales del fuego, descubrió que estaba compuesto de madera. Recogió ramas, pero estaban húmedas y no ardían. Al observar el funcionamiento del fuego, notó que la madera húmeda colocada cerca del calor se secaba y se inflamaba. Reflexionando sobre esto, descubrió la causa tocando diversas ramas y se ocupó en recoger grandes cantidades de madera para secar. Cuando llegó la noche, temió que su fuego se extinguiera, así que lo cubrió cuidadosamente con madera seca y hojas, colocando encima ramas húmedas. Extendió su capa y se tumbó, hundiéndose en el sueño. Al despertar, descubrió el fuego y una brisa suave lo avivó hasta convertirlo en llama. Observó esto e ideó un abanico de ramas para reavivar las brasas casi extintas. Por la noche, descubrió que el fuego proporcionaba luz además de calor, y halló que las entrañas asadas dejadas por los viajeros eran mucho más sabrosas que las bayas. Intentó preparar la comida de la misma manera, colocándola sobre las brasas vivas. Aprendió que las bayas se echaban a perder al cocerse, mientras que las nueces y las raíces mejoraban mucho.

Partida del bosque y refugio en la cabaña del pastor

La comida escaseaba, y la Criatura a menudo pasaba días enteros buscando en vano bellotas para aplacar el hambre. Resolviendo abandonar su morada del bosque por un lugar donde sus pocas necesidades pudieran satisfacerse más fácilmente, lamentó la pérdida del fuego que había obtenido por accidente y no sabía cómo reproducir. Tras horas de seria consideración, abandonó los intentos de reemplazarlo, se envolvió en su capa y se internó en el bosque hacia el sol poniente. Pasó tres días en estos paseos y finalmente descubrió campo abierto. Una fuerte nevada había caído la noche anterior, cubriendo los campos de un blanco uniforme, desconsolador y helándole los pies. Cerca de las siete de la mañana, ansiando comida y refugio, percibió una pequeña choza en un terreno elevado, construida para comodidad de algún pastor. Esta era una visión nueva para él, y examinó la estructura con gran curiosidad. Encontrando la puerta abierta, entró. Un anciano estaba sentado junto al fuego preparando el desayuno. Al girarse por un ruido y percibir a la Criatura, el anciano gritó con fuerza y corrió a través de los campos con sorprendente velocidad para su forma debilitada. La Criatura quedó algo sorprendida por esta reacción y la diferente apariencia del hombre, pero encantada por el aspecto de la choza, que ofrecía refugio de la nieve y la lluvia y suelo seco, y la comparó con el paraíso tras el sombrío bosque. Devoró con avidez los restos del pastor: pan, queso, leche y vino, aunque este último no le gustó. Vencido por el cansancio, se tumbó entre la paja y se quedó dormido.

Encuentro con la aldea, ataque y refugio en la choza

La Criatura despertó al mediodía y, atraída por la cálida luz del sol sobre la tierra blanca, decidió continuar su viaje. Tomando los restos del desayuno del campesino en una billetera encontrada, avanzó a través de los campos durante varias horas hasta la puesta del sol, cuando llegó a una aldea. El espectáculo le pareció milagroso: chozas, cottages más arreglados y casas señoriales que despertaban su admiración por turnos. Las verduras en los huertos, la leche y el queso colocados en las ventanas de las casas tentaban su apetito. Entró en uno de los cottages más presentables, pero apenas había puesto un pie adentro cuando los niños chillaron y una mujer se desmayó. Toda la aldea se alborotó; algunos huyeron, otros lo atacaron con piedras y otras armas arrojadizas hasta que, malherido y lleno de contusiones, escapó al campo abierto y buscó refugio, temeroso, en una choza baja, una estructura miserable comparada con los palacios que había contemplado. Sin embargo, la choza, contigua a un cottage agradable y arreglado, ofrecía protección contra la nieve y la lluvia. Construida de madera, tan baja que apenas podía sentarse erguido, el piso de tierra estaba seco. Aunque el viento entraba por innumerables rendijas, la encontró un asilo agradable contra la inclemencia de la estación y la barbarie del hombre. Tapizó la choza con paja limpia, cubrió cada grieta por la que pudiera ser visto con piedras y madera, aunque las colocó de modo que pudiera moverlas para salir. La luz entraba a través de la pocilga cercana, suficiente para sus propósitos. Se procuró sustento para el día hurtando un pan de pan grueso y encontrando una taza para beber agua de un charca cercana. El suelo estaba ligeramente elevado, manteniéndolo seco, y la cercanía a la chimenea del cottage proporcionaba un calor tolerable. Resolvió residir allí hasta que algo ocurriera que alterara su determinación: un paraíso comparado con su anterior y desolada residencia en el bosque.

Observación de la Rutina Diaria del Hogar del Campesino

Al amanecer, la Criatura salió furtivamente de su choza para observar la cottage contigua. Estaba situada hacia el fondo, rodeada de una pocilga y un claro estanque de agua. Aseguró su morada y vio pasar a una joven con un cubo sobre la cabeza: una criatura de comportamiento amable, a diferencia de lo que experimentaría más tarde con los moradores de la cottage. Vestida modestamente con una enagua azul basta y una chaqueta de lino, con el cabello rubio trenzado, parecía paciente aunque triste. Regresó llevando el cubo parcialmente lleno de leche. Un joven cuyo rostro expresaba un abatimiento más profundo salió a su encuentro, le quitó el cubo de la cabeza y lo llevó hasta la cottage; ella lo siguió y ambos desaparecieron en su interior. Más tarde, el joven cruzó el campo detrás de la cottage con unas herramientas, mientras la joven se ocupaba, ya fuese dentro de la casa, ya en el patio. A través de una pequeña grieta donde una antigua ventana de la cottage había sido tapada con madera, la Criatura atisbó una habitación encalada, limpia y muy austera. Un anciano estaba sentado junto a un pequeño fuego, con la cabeza apoyada sobre las manos en una actitud desconsolada. La joven arregló la cottage y luego sacó algo de un cajón y se sentó junto al anciano. Éste tomó un instrumento y comenzó a tocar unos sonidos más dulces que los del tordo o el ruiseñor: un espectáculo encantador incluso para el pobre desdichado que jamás había contemplado belleza alguna. Los cabellos plateados y el semblante benévolo del viejo cottager le inspiraron reverencia; los modales suaves de la joven despertaron su amor. Tocó una dulce y melancólica melodía que arrancó lágrimas a su compañera. Cuando ella sollozó audiblemente, él pronunció algunos sonidos y la consoló con una ternura que produjo sensaciones de una naturaleza peculiar y arrolladora: una mezcla de dolor y placer que la Criatura jamás había experimentado. Se retiró de la ventana, incapaz de soportar tales emociones. El joven regresó poco después cargando leña; la joven lo ayudó, llevó combustible a la cottage y lo puso en el fuego. Le mostraron un pan grande y un trozo de queso, y ella fue a buscar raíces y plantas del huerto para prepararlas junto al fuego. El anciano, antes pensativo, asumió un aire más animado cuando aparecieron sus compañeros, y se sentaron a comer. Tras la comida, el viejo caminó frente a la cottage bajo el sol, apoyado en el brazo del joven: un hermoso contraste entre el anciano de cabellos plateados que irradiaba benevolencia y amor, y el más joven, esbelto y grácil, de facciones delicadamente moldeadas aunque expresión de suma tristeza y abatimiento. El joven se marchó luego con diferentes herramientas cruzando los campos. Por la noche, la Criatura se deleitó al descubrir unas velas que prolongaban la luz, permitiéndole continuar observando a sus vecinos humanos. Durante la velada, la joven y el muchacho se dedicaron a ocupaciones que él no comprendía; el anciano volvió a tocar el instrumento produciendo sonidos divinos, tras lo cual el joven empezó a emitir sonidos monótonos —más tarde identificados como lectura en voz alta, aunque en aquel momento la Criatura no sabía nada de palabras ni letras—. La familia apagó las luces y se retiró a descansar.

Observación de la Criatura y vínculo con la familia De Lacey

El capítulo detalla las observaciones del Criatura y su gradual vínculo con la familia De Lacey después de huir de su creador. Habiendo sido testigo del trato harsh que recibió de los aldeanos, la Criatura resuelve esconderse en una choza abandonada cerca de la cottage de la familia y estudiar secretamente su comportamiento. A lo largo del invierno y hasta la primavera, aprende su idioma, ayuda con sus tareas domésticas y desarrolla un profundo vínculo emocional con cada miembro de la familia. La narrativa sigue su creciente anhelo de revelarse y ganar su aceptación, a pesar de su miedo por cómo reaccionarán ante su apariencia monstruosa.

Resolución Inicial de Permanecer Oculto y Observar a los Campesinos

Incapaz de dormir sobre su montón de paja, la Criatura reflexiona sobre los acontecimientos del día y los modales amables de los moradores de la choza que ha observado. A pesar de su fuerte deseo de unirse a ellos, recuerda vivamente el trato brutal que sufrió a manos de los aldeanos la noche anterior. Esta experiencia le convence de que, por el momento, debe permanecer oculto en su cobertizo mientras observa a la familia y estudia sus acciones y motivaciones. Determina tomarse su tiempo antes de decidir cualquier curso de acción futuro.

Rutina Diaria y Bondad Familiar de los Campesinos

La Criatura describe el ritmo cotidiano del hogar de los De Lacey. La familia se levanta antes del amanecer, con la joven (Safie) arreglando la cabaña y preparando la comida mientras el joven (Felix) parte después de su primera comida. El anciano padre ciego pasa sus horas de ocio tocando un instrumento musical o entregado a la contemplación. La Criatura se siente profundamente conmovida por el amor y el respeto que los miembros más jóvenes demuestran hacia su venerable padre, notando cuán gentilmente realizan cada pequeño deber para con él, y cómo él los recompensa con sonrisas benévolas. La Criatura observa con atención esta rutina, aprendiendo los patrones de su vida doméstica.

Dolor Inexplicable Observado de los Jóvenes Campesinos

A pesar de su hogar confortable y su aparente satisfacción, la Criatura nota que los jóvenes moradores de la cabaña no son del todo felices. Félix y Safie con frecuencia se apartan juntos y parecen llorar, lo que afecta profundamente a la Criatura. Él lucha por comprender por qué criaturas tan encantadoras y hermosas deberían ser desdichadas cuando tienen una casa encantadora, fuego, comida, ropa y, lo más importante, la compañía mutua. La Criatura encuentra sus lágrimas inexplicables al principio, aunque razona que si estos seres gentiles son infelices, es menos sorprendente que él, como un ser imperfecto y solitario, también sea desdichado.

Descubrimiento de la pobreza como causa de su sufrimiento

Después de considerable tiempo observando a la familia, la Criatura descubre la verdadera causa de su infelicidad: la pobreza abyecta. La alimentación de la familia consiste solamente en verduras del huerto y la leche de una sola vaca, que produce muy poca durante los meses de invierno. La Criatura aprende que los moradores de la cabaña a menudo sufren los aguijonazos del hambre, particularmente los miembros más jóvenes, quienes a veces dan su comida al anciano sin reservar nada para sí mismos. Este rasgo desinteresado de bondad conmueve profundamente a la Criatura, impulsándola a cambiar su propia conducta con respecto a la comida.

Asistencia secreta con la recolección de leña

Al descubrir la pobreza de la familia y notar que Félix pasa gran parte del día recolectando leña, la Criatura resuelve ayudar. Durante la noche, roba las herramientas de Félix y lleva a casa suficiente leña para varios días. La primera vez que lo hace, la joven queda muy asombrada al encontrar un gran montón de leña fuera de la puerta. Félix y Ágata especulan sobre este misterioso suceso. La Criatura observa con placer que Félix ya no necesita ir al bosque ese día y, en cambio, dedica su tiempo a reparar la cabaña y cultivar el jardín. Más tarde, la Criatura descubre que estas entregas nocturnas, realizadas por una mano invisible, sorprenden enormemente a la familia, que ocasionalmente pronuncia palabras como «buen espíritu» y «maravilloso».

Adquisición gradual del lenguaje de los moradores de la cabaña

A través de una observación cuidadosa durante varios meses, la Criatura hace su descubrimiento más significativo: los seres humanos se comunican mediante sonidos articulados que transmiten ideas, placer, dolor, sonrisas y tristeza. Él describe esto como una "ciencia divina" y desea ardientemente dominarla. Al principio, desconcertado por la pronunciación rápida y la falta de conexión aparente entre las palabras y los objetos visibles, finalmente aprende los nombres de cosas familiares: fuego, leche, pan y madera. También aprende los nombres de los miembros de la familia y las formas de dirigirse a ellos: Félix, Ágata y el anciano al que simplemente llaman "Padre." Su alegría al dominar estas palabras es inmensa, aunque continúa aprendiendo otras palabras como "bueno," "queridísimo" y "infeliz" sin comprender todavía su aplicación completa. Razona que debe dominar el idioma antes de revelarse a los moradores de la cabaña, creyendo que este conocimiento podría ayudarles a pasar por alto sus deformidades.