VIII
Esta parte del capítulo se abre con un torrente de versos breves y animados, del tipo que un niño podría recitar mientras salta a la cuerda o antes de irse a dormir. Primero aparece una visión de tulipanes que alzan sus brillantes cabezas como si dijeran «gracias» al jardinero, seguida de la alegre queja de un niño de que el dinero, por abundante que sea, nunca basta del todo para comprar todo —y así se comparte un penique con un niño que no tiene ninguno. Los bolsillos, proclama el verso, están hechos para canicas, cordeles, cuchillos y gomas elásticas; cualquier cosa, en realidad, menos para manos ociosas. A un niño hambriento que espera la cena se le dice que tenga paciencia: el cocinero nunca llega tarde, y pensar en otras cosas hará que suene antes la campana. Un pequeño crítico descarado declara que si los autores se convirtieran en cocineros, habría menos libros y mejores comidas como resultado.
Luego viene un pequeño y encantador verso de Lucy Fitch Perkins titulado «Diplomacia», en el que una joven intrigante resuelve visitar a la viuda Hill, no por amabilidad sino por el hermoso ciruelo que hay junto a su puerta. En «Si yo fuera reina», también de Perkins, una niña imaginativa sueña con un trono de terciopelo, un vestido de satén, un caballero arrodillado y un suministro interminable de bombones, tarta de cereza, helado y tarta de cumpleaños —aunque, con sensatez, mantiene cerca a un paje para encargarse del dolor de estómago resultante. Sus «Pensamientos en la iglesia» revelan a un niño soñador que preferiría navegar hasta Groenlandia y el Ganges, derribar ídolos paganos y enseñar a cierto pueblo cegado lo que un muchacho yanqui es capaz de hacer.
El siguiente grupo de poemas baila a través de los días de la semana. “This Is the Way” pone cada día con una melodía familiar, marchando desde el lavado del lunes, pasando por el planchado del martes, la reparación de zapatos del miércoles, las visitas del jueves, el barrido del viernes, la hornada del sábado y, finalmente, la asistencia a la iglesia del domingo. “Days of Birth” asigna a cada día de la semana una virtud: el niño del lunes es de rostro bello, el del miércoles es valiente y alegre, y el nacido en domingo es bello, sabio, bueno y dichoso. “The Washing” advierte que quienes postergan su colada hasta el sábado son francamente perezosos, mientras que Solomon Grundy vive, es bautizado, se casa, enferma y es enterrado en un único ciclo semanal. “Baby’s Play Days” simplemente los enumera: sábado, domingo, lunes, y así sucesivamente. “Which Do You Choose?” plantea una pregunta sobre una hilera de niñas llamadas Betty, Lou, Dolly, Polly, Sallie y Sue. “Seven Little Mice” de Stella George Stern sigue a una familia hambrienta desde el gran bollo del domingo hasta la mendicidad y los chillidos del sábado, terminando con los siete decidiendo que lo que tienen les durará toda la semana. La breve rima “Visiting” es una cadena de saludos corteses entre los propios días. El extenso e ingenioso “Little Tommy’s Monday Morning” de Tudor Jenks cuenta la historia de un niño que, tras un desayuno de tortitas de trigo y miel, es súbitamente aquejado por una extraña “Debilidad” el lunes por la mañana —dolores en la pierna, picor en una oreja, somnolencia— lo bastante conveniente para escapar de sus lecciones no aprendidas. Echa la culpa a la sabiduría de su padre (“Pregúntale a tu padre”) y recupera su valor en la puerta, luego corre a buscar sus libros perdidos bajo el sofá. El poema nombra su dolencia: el temido “Noquiero”, una afección común de la tribu perezosa, y la cura que sigue es el gran encantamiento “Perotienesque”, que todo niño debería llevar consigo. “St. Saturday” de Henry Johnstone entona luego un himno cómico a un santo del ocio que, según la leyenda, no amaba nada tanto como su sillón y la risa de los niños del pueblo, y fue recompensado al ser nombrado patrón de las vacaciones semanales.
De los días de la semana, el capítulo pasa a las rimas numéricas. El familiar «1, 2, 3, 4, 5» suelta una liebre atrapada, y el querido «Over in the Meadow» de Olive A. Wadsworth cuenta madres y sus pequeños del uno al doce, cada una con su propio verbo: un sapo madre guiña el ojo, los peces nadan, los azulejos cantan, los almizcleros se zambullen, las abejas zumban, los cuervos graznan, los grillos chirrían, los lagartos se asolean, las ranas croan, las arañas tejen, las luciérnagas brillan y las hormigas laboran. «Counting Apple-Seeds» cuenta amores, pretendientes, bodas y besos, y «Twins» de Lucy Fitch Perkins admite que dos hermanos pequeños se parecen tanto que solo Mamá puede diferenciarlos. «Rhyme of Ten Little Rabbits» de Kate N. Mytinger tiene un conejo corriendo, dos inseguros, tres trepando a un árbol, cuatro columpiándose, y así sucesivamente, hasta que diez forman una fila y se marchan corriendo. «In July» de A.S. Webber cuenta regresivamente diez petardos descuidados, cada uno deshecho por una travesura diferente hasta que el último se sienta a llorar por lo arriesgada que es la vida en verano. Otras rimas cortas hablan de Priscilla Penelope Powers, que suspira por la mesa de té más rica de un vecino, y de Winkelman Von Winkel, el hombre más sabio del mundo, que se mantiene apartado de la gente común. «Ten Little Cookies» sigue un plato de galletas mientras la Abuela, Betty, un hijo de carnicero, una gallina vieja, un perrito, el abuelo, mamá y finalmente la pequeña Jane toman una cada uno. «Our Baby» cataloga una cabeza de cabello rizado, dos brazos gordos, diez dedos rosados y piel blanca como la leche. «Long Time Ago» de Elizabeth Prentiss habla de un gatito blanco y un ratoncito, con cuatro patas suaves, nueve dientes de perla y un escape por los pelos. «Buckle My Shoe» encadena veinte órdenes domésticas clásicas.
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