Boys and Girls Bookshelf; un Plan Práctico de Formación del Carácter, Volumen I (de 17) Diversión y Pensamiento para Pequeños cover
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Boys and Girls Bookshelf; un Plan Práctico de Formación del Carácter, Volumen I (de 17) Diversión y Pensamiento para Pequeños

Various · 2008 · 7 min

I

Humpty yacía en el suelo duro, con los espectadores llorosos.

II

Enjugándose los ojos que lloraban, dijo: “Esta caída fue terrible; un asiento bajo es lo más seguro.”

III

No todos van bien en una pared alta: sin equilibrio, demasiado pequeño, cayendo aparatosamente.

IV

Les dijo a los caballos y hombres del rey: las almas de asiento bajo se elevan y cacarean.

V

La multitud se lo llevó, olvidando la lección. La reina hornear tartas; el valeroso las robó; el rey lo golpeó; él las devolvió. Ella hornear un pastel; él lo robó; el rey lo obligó a comérselo, enfermándolo; los reales comieron pasteles. Al día siguiente, pasteles; el rey se burló; él gimió: “Yo no.” Un anciano de cuero elogiaba al narrador hasta que éste sonreía; un hombre con gafas tocó una corneta, lo tumbó y se fue a toda prisa. Cole pidió pipa, cuenco, tres violinistas—“ninguno tan raro”.

I

La reina Kate dijo que las juergas eran malas; los violinistas tenían buenos violines, Cole inquieto una vez que ella durmió.

II

Ella desaprobó; Cole plantó su corona: “Esperaremos a que se retire.” Los violinistas afinaron; él fue por la pipa, el cuenco.

III

El capítulo se abre a mitad de tonada, con un violinista tan absorto en su música que pierde la noción del tiempo hasta que los pasos de la Reina sobre su cabeza lo hacen salir disparado. Todo violinista tiene un buen violín, insiste la copla, y el suyo no es una excepción, así que parece una lástima que un concierto tan singular deba interrumpirse.

Desde allí la colección se interna en el terreno cálido y familiar de la discusión de cuna. Un gato atigrado dormita junto al fuego mientras un perrito llega a regañarla por su pereza. Minina responde con dignidad: no está ociosa, explica, sus ojos cerrados ocultan una gran cantidad de pensamientos, y su ronroneo es el sonido de las canciones que cantará cuando ronde de noche. Solo los perritos, añade con remilgo, juzgan a un cuerpo ocioso a menos que esté persiguiendo su cola o ladrándole a un árbol. También el invierno tiene su turno: a un petirrojo, cuando le preguntan cómo pasará cuando sople el viento del norte y caiga la nieve, responde que simplemente se sentará en el granero, esconderá la cabeza bajo el ala y confiará en la primavera. Cuando vuelva el calor, cantará para todos y nunca se quejará de la humedad.

El humor recorre las siguientes coplas en rápidos golpes. Una mujer se queja de que su marido, no más grande que su pulgar, es un tremendo cuidado a pesar de la jarra de medio litro en la que lo ha metido a golpes, el diminuto pañuelo para su nariz y las ligas para sus medias. Un hombre sabio del pueblo salta dentro de un zarzal y se araña ambos ojos, luego salta a otro para volvérselos a rascar; después se corta las orejas con tijeras y se las vuelve a colocar, todo en aras de usar sus sentidos para ver y oír lo que sucede. A un viajero con destino a Boston se le dice que suba con un pie y baje con el otro, firme y lento, porque, como informan los propios bostonianos, ningún otro lugar vale la pena.

“Llegó la canción del penique” llega en dos versiones: la original, con el Rey contando dinero, la Reina comiendo miel, la doncella tendiendo ropa y el mirlo picoteándole la nariz; y una secuela, en la que la misma doncella, tras hornear su propio pastel, resuelve que al menos un mirlo nunca más volverá a picar. “Yo quiero a mi gatita” ofrece una tierna pareja sobre cómo calentar a una gatita junto al fuego, seguida de una copla apesadumbrada de alguien cuya muñeca ha pagado su curiosidad con manos arañadas y vestido rasgado.

Elizabeth Raymond Woodward aporta una parodia astuta, “The Horner Brothers” (Los hermanos Horner). Jack Horner tenía tres hermanos: James, George y el pequeño Hugh, y todo lo que hacía Jackie, ellos también lo hacían. Cuando se hacía el pastel de Navidad de Jack, se horneaban tres pasteles más. Cuando Jack se sentaba en su rincón para encontrar su ciruela, se necesitaban cuatro rincones, uno para cada niño. La repetición construye el inevitable remate, y luego lo repite cuatro veces, como un trabalenguas trabado por la lengua.

A continuación, un puñado de jingles más breves: un anciano con una cabeza calva y reluciente al que, al decirle que no hay pan, exige tostadas que estén “crujientes y doradas”; un hombre en la ciudad que salta y brinca y toca la trompeta todo el día; una enorme lechuza posada en un roble que parece ser todo ojos y nada de cabeza; un barco dorado que navega hacia los mares del sur; una gatita completamente moderna que ha llevado su nueva máquina a Londres y allí se ha averiado; y la alegre miseria de Jane con dolor de muelas y John con la gota, mientras cae la lluvia y se apaga el fuego. Lucy Fitch Perkins esboza al Rey y a la Reina montados sobre un carro de heno, al Rey perdiendo su corona, a la Reina rasgando su vestido.

Luego viene un relato largo y errático en rima, “A Message to Mother Goose” (Un mensaje para Mamá Oca), de Ellen Manly. Comienza con un niño que nunca ha oído hablar de Mamá Oca, un hecho alarmante, y traza una gran cadena de mensajeros. El Hombre de la Luna la ve y se lo dice al Hombre Tan Sabilísimo, que se lo dice al viejo Rey Cole y a sus Tres Violinistas. Se envía a un violinista corriendo a buscar a Jack Horner, que está demasiado ocupado con sus ciruelas para ayudar. El Rey de Francia es presionado para el servicio y reúne a Jack y Jill, que van a buscar a Bo-Peep, que despierta al Chico Azul dormido junto al heno, que envía al Sota de Corazones a la Doncella Tan Desolada, que se lo dice a John Barleycorn y a Tom, el Hijo del Flautista. Tom corre a buscar a John Stout; la señorita Muffet deja caer sus cuajadas y vuela a casa de Mother Hubbard; Jack Sprat está sermoneando a Tommy Green sobre ahogar a la gatita cuando ella llega; Tommy Tucker abandona su cena; María Muy Contraria deja sus cascabeles y conchas de plata; el Hombre de Cuero presta su abrigo contra la lluvia; y la pequeña Polly Flinders anima a los rescatadores. Encuentran a Mamá Oca justo cuando está a punto de preparar el té, y ella pide de inmediato su sombrero de campanario, sus zapatos de tacón alto y su ganso, que la lleva por el cielo hasta el mismísimo Papá Noel. Lo que se dicen los dos viejos amigos no se oye, pero el resultado es claro: aquella Navidad, el ignorante niño recibe un libro encantador y aprende a amarlos a todos.

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