CAPÍTULO XLI.
Las transacciones a las que Caleb Garth se había referido como llevadas adelante entre Bulstrode y Joshua Rigg FeatherstoneConcerniente a Stone Court habían ocasionado el intercambio de una carta o dos. Y ahora, en la propia Stone Court, Rigg se encuentra en la ventana con las manos a la espalda, contemplando los terrenos como su dueño, mientras un hombre de aspecto muy diferente lo enfrenta desde el centro de la habitación.
John Raffles es un hombre rubicundo y velludo camino de los sesenta, con pobladas patillas rizadas ya canosas, un cuerpo corpulento embutido en ropas de hechura desaliñada, y el aire de un fanfarrón que pretendería hacerse notar incluso en una verbena de fuegos artificiales. Su nombre a veces lo escribe como W.A.G. después de su firma, observando que fue instruido por Leonard Lamb de Finsbury, que escribía B.A., y que él, Raffles, había ingeniado el chiste de llamar a aquel célebre director Ba-Lamb.
—Vamos, Josh —dice con su tono rotundo y resonante—, aquí tienes a tu pobre madre entrando en el valle de los años, y tú podrías permitirte algo generoso ahora para que estuviera cómoda.
—Mientras tú vivas, no. Nada la haría sentir cómoda mientras tú vivas —responde Rigg con su voz aguda y fría, sin apartarse de la ventana—. Lo que yo le dé, tú te lo llevarás.
Raffles suplica elocuentemente un poco de capital para asentarse en el comercio del tabaco, jurando que ya ha terminado con sus locuras juveniles y que solo quiere sentarse junto a la chimenea. Rigg escucha, y luego se vuelve para encararlo.
—Cuanto más digas cualquier cosa, menos te creeré. Cuanto más quieras que haga algo, más razón tendré para no hacerlo jamás. ¿Crees que voy a olvidar cómo me pateaste cuando era un muchacho, y cómo te comías todos los mejores manjares apartándolos de mí y de mi madre?
Concluye con una amenaza: si Raffles se atreve a mostrarse de nuevo dentro de las verjas, será expulsado con los perros y el látigo del carretero. Raffles hace una mueca, luego se deshace en una carcajada y saca un frasco de brandy del bolsillo. Propone un trato final: brandy y un soberano para costear su regreso, y se irá como una bala.
—Ten presente —responde Rigg—, si te vuelvo a ver, no te dirigiré la palabra.
Raffles recoge el frasco y un papel doblado que ha caído dentro del guardafuego, y mete el papel bajo el cuero para afirmar el cristal: una carta firmada por Nicholas Bulstrode, guardada descuidadamente en el bolsillo por un hombre que probablemente no la sacará de su actual posición útil.
Rigg, tras cerrar de nuevo su bureau, vuelve a la ventana y contempla el exterior con la misma impasibilidad que al principio. Raffles, tomando una pequeña ración de la petaca y guardándola con provocativa lentitud, se marcha lanzando su última pulla: «¡Adiós, Josh… y si para siempre!».
El día gris se ha convertido en una llovizna ligera. Raffles, que parece tan fuera de lugar en la tranquila humedad rural como un babuino escapado de una colección de fieras, se encamina hacia la carretera principal. Le alcanza el coche de postas, que lo lleva a Brassing; allí toma el recién inaugurado ferrocarril, comentando a sus compañeros de viaje que lo considera ya bastante rodado después de lo que le hizo a Huskisson. Y en su bolsillo, arrimado contra la petaca de brandy, yace la carta de Bulstrode: un pedazo de tinta y papel que aún podría, mediante curiosos eslabones de efecto, convertirse en el comienzo de una catástrofe.
CAPÍTULO XLII.
El señor Casaubon nunca le había hecho ninguna pregunta a Lydgate sobre la verdadera naturaleza de su enfermedad — ni a su médico, ni siquiera a su esposa. Ser compadecido era intolerable para su orgullo; confesar alarma, una indignidad que no podía soportar. Y sin embargo, últimamente la pregunta había comenzado a acosarlo con una urgencia salvaje, pues su mente se había aferrado a algo peor que cualquier enfermedad — la sospecha de que su joven esposa, Dorothea, ya no era la discípula adoradora que lo había desposado, sino una mujer que se había vuelto crítica, y que su joven primo Will Ladislaw, con su aire frívolo y su cercanía perpetua hacia ella, estaba de algún modo en el centro del cambio. Así que, una brillante tarde de otoño, con los tilos dejando caer sus hojas sobre los tejos en un largo silencio, Casaubon recorrió el paseo de grava y esperó a Lydgate. Formuló su petición en el lenguaje formal y mesurado de un hombre que preferiría morir antes que mostrar miedo. Lydgate, impresionado por el encorvado erudito ante él — «pobre hombre», pensó, «hay hombres con sus años que son como leones» — respondió con la llana honestidad que la dignidad de Casaubon merecía. Padecía de degeneración grasosa del corazón, una enfermedad comprendida apenas desde hacía poco, desde Laennec y el estetoscopio. La muerte por ella era a menudo súbita; también podía ser la lenta compañera de muchos años más. Casaubon preguntó si Dorothea lo sabía; al saber que ella lo sabía en parte, agitó la mano y quiso quedarse solo. Dorothea, que se lo encontró al regresar, tomó su brazo en silencio; él mantuvo las manos a la espalda y dejó que su brazo flexible se aferrara al suyo rígido. Entraron en la casa; él se encerró en la biblioteca. En su boudoir, Dorothea se desplomó en una silla y sintió, por primera vez en su matrimonio, una ira rebelde: «¿Qué he hecho — qué soy — para que me trate así? Desearía no haberme desposado nunca». Se oyó a sí misma, y se contuvo hasta quedar inmóvil. Por la noche, la ira había menguado hasta convertirse en una lúcida tristeza; se escabulló hasta la escalera para esperarlo con una luz. Él subió, ojeroso, y dijo con suave sorpresa: «¡Dorothea! ¿Me estabas esperando?». Ella puso su mano en la suya; avanzaron juntos por el corredor, la disputa sin decir y sin sanar, pero por el momento puesta en reposo.
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