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Literatura británica

Middlemarch

Middlemarch es la extensa novela victoriana de 1871-1872 de George Eliot, ambientada en la ficticia ciudad rural de Middlemarch, en la región de los Midlands, entre 1829 y 1832, que entrelaza las interconectadas vidas personales, sociales y políticas de los diversos residentes del pueblo, liderados por la idealista joven Dorothea Brooke, para explorar las limitaciones de género y clase, la tensión entre la ambición individual y la convención social, y el lento y desigual ritmo del progreso moral y político en la Inglaterra previctoriana.

Eliot, George · 1994 · 27 min

LIBRO VII.

DOS TENTACIONES.

CAPÍTULO LXIII.

En una cena de Navidad, el señor Toller preguntó al señor Farebrother si había visto mucho últimamente a su fénix científico, Lydgate. Farebrother dijo que estaba fuera de su alcance y Lydgate demasiado ocupado. Toller sugirió que Lydgate estaba preparando teorías de tratamiento para probar con sus pacientes, y Farebrother respondió que había que ser sincero acerca de una mente audaz y fresca en medicina, y que si un hombre se aventura un poco demasiado lejos por un camino nuevo, lo más usual es que se haga daño a sí mismo más que a cualquier otro. “Lydgate ha estado viviendo a gran ritmo para un joven principiante,” dijo el señor Harry Toller, el cervecero, y el señor Chichely observó con un enfático silencio que esperaba que los parientes de Lydgate en el Norte lo respaldaran, si no, no debería haberse casado con esa buena muchacha.

Farebrother había oído antes insinuaciones sobre los gastos de Lydgate, y pensó que no era improbable que tuviera recursos o expectativas. Una tarde, cuando se tomó la molestia de ir a Middlemarch para charlar con Lydgate, notó un aire de esfuerzo excitado muy distinto de su actitud despreocupada habitual. Lydgate habló con insistencia, argumentando a favor y en contra de ciertas opiniones biológicas, pero no tuvo nada definitivo que decir, nada que ofreciera las señales de una búsqueda paciente e ininterrumpida. Cuando pasaron al salón, Lydgate, tras pedirle a Rosamond que les tocara algo de música, se hundió en su silla en silencio, pero con una extraña luz en los ojos. “Puede que haya tomado un opiáceo,” pensó el Vicario.

El día de Año Nuevo, en la fiesta del señor Vincy, estaban presentes todas las damas de la familia Farebrother. Mary Garth había sido invitada por insistencia de Fred, y estaba ahora en un rincón contando cuentos a los hijos de los Vincy, con el señor Farebrother observándola desde detrás de la pequeña Louisa, que tenía sobre las rodillas. “La señorita Garth es una joven encantadora,” dijo la señora Farebrother a la señora Vincy, quien, obligada a responder, observó que era una lástima que no fuera más agraciada. “No puedo decir eso,” dijo la anciana, con decisión; “me gusta su rostro.”

Cuando Lydgate volvió del postre, Farebrother lo tomó aparte junto a la chimenea. —Usted es el hombre a quien iba a buscar —dijo. Habló de su beneficio eclesiástico y de cómo le habían dicho a la señora Casaubon que Lydgate lo había elogiado. —Debe permitirse a un hombre el placer de sentir que le ha hecho un buen favor. Lydgate respondió con frialdad: —No sé qué quiere decir. Farebrother pensó que podía explicar las palabras como la perversidad de un hombre desazonado en sus asuntos, y respondió en un tono de admisión benevolente: —Ya no necesito depender de las sonrisas del azar. —No veo cómo ganar dinero sin el azar —dijo Lydgate—; si un hombre lo gana con una profesión, es bastante seguro que viene por azar. Farebrother, al percatarse de que había sido rechazado, preguntó qué hora era, y pasaron al salón.

CAPÍTULO LXIV.

Aunque Lydgate hubiera estado inclinado a ser completamente abierto sobre sus asuntos, sabía que difícilmente estaría en manos del señor Farebrother darle la ayuda que necesitaba inmediatamente. Con las facturas del año llegando, con la amenazante presión de Dover sobre sus muebles, y sin nada en qué depender excepto los lentos y escasos pagos de pacientes a los que no debía ofender, nada menos de mil libras lo habría librado del verdadero apuro.

Su mente era ahora presa de esa peor irritación que surge no simplemente de las molestias, sino de la segunda conciencia que subyace a esas molestias, de energía desperdiciada y una preocupación degradante, que era lo contrario de todos sus propósitos anteriores. «Esto es en lo que estoy pensando, y eso es en lo que podría haber estado pensando», era el murmullo amargo e incesante dentro de él, convirtiendo cada dificultad en un doble aguijón para la impaciencia.

Intentó hacer partícipe a Rosamond de las posibles medidas para reducir sus gastos. —Nosotros dos podemos arreglárnoslas con un solo sirviente, y vivir con muy poco —dijo—. Debí haberlo sabido mejor, y merezco una paliza por haberte traído a la necesidad de vivir de un modo más pobre del que estás acostumbrada. Pero nos casamos porque nos amábamos, y eso puede ayudarnos a seguir adelante hasta que las cosas mejoren. La sentó sobre sus rodillas e intentó hablar persuasivamente sobre la necesidad de despedir sirvientes y economizar. Rosamond le obedeció, pero en su alma secreta estaba completamente alejada de él. La pobre criatura solo veía que el mundo no estaba ordenado a su gusto, y Lydgate era parte de ese mundo.

—Mi tío Bulstrode debería concederte un sueldo por el tiempo que dedicas al Hospital —sugirió Rosamond, y Lydgate respondió con impaciencia que eso no necesitaba entrar en su discusión. Le dijo que veía un recurso que los libraría de bastantes dificultades: el joven Ned Plymdale, que estaba a punto de casarse con la señorita Sophy Toller, estaría encantado de tomar esta casa de ellos con la mayor parte de los muebles, y pagar generosamente por el arrendamiento. Rosamond abandonó las rodillas de su esposo y caminó lentamente hacia el otro extremo de la habitación, las lágrimas aflorando mientras apretaba su pañuelo contra sus mejillas. —Nunca hubiera podido creer que te gustaría actuar de ese modo —dijo. Lydgate estalló: —No es cuestión de gustos. Es lo único que puedo hacer. Ella salió de la habitación en silencio, pero con una intensa determinación de impedir lo que a Lydgate le gustaba hacer.

Aquella tarde Lydgate se consoló un poco al observar que Rosamond estaba más animada de lo que había estado últimamente. Pensó: «Si ella va a ser feliz y yo puedo salir adelante, ¿qué importa todo esto?». Comenzó a buscar el relato de unos experimentos que tenía pensado consultar desde hacía tiempo, y estaba sintiendo algo de la antigua y deliciosa absorción cuando Rosamond, que había dejado el piano, dijo: «El señor Ned Plymdale ya ha tomado una casa.»

Lydgate, sobresaltado, levantó la mirada en silencio. Luego preguntó: «¿Cómo lo sabes?». Ella había visitado a la señora Plymdale esa mañana. —Tal vez aparezca alguien más —dijo él con frialdad—. Le dije a Trumbull que estuviera atento si fallaba con Plymdale. Rosamond no dijo más. Pero al día siguiente llevó a cabo su plan de escribir a Sir Godwin Lydgate, una carta en la que señalaba cuán conveniente era que Tertius abandonara un lugar como Middlemarch por otro más apropiado para sus talentos, cómo el carácter desagradable de los habitantes había obstaculizado su éxito profesional, y cómo en consecuencia tenía dificultades económicas, de las cuales se necesitarían mil libras para sacarlo por completo. No dijo que Tertius desconocía su intención de escribir.

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