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Inglaterra -- Ficción Esquema

Cranford

Un esquema en árbol que organiza las partes, giros e ideas principales del libro.

Gaskell, Elizabeth Cleghorn · 1996 · 9 min
Cranford

Cranford, de Gaskell, Elizabeth Cleghorn, se despliega a lo largo de 16 capítulos. Este capítulo presenta el pueblo de Cranford y su singular sociedad, donde las mujeres dominan todos los aspectos de la vida social mientras los hombres desaparecen misteriosamente. La narrativa sigue varios temas interconectados: las costumbres sociales de las visitas, la pobreza oculta tras la apariencia aristocrática, y la llegada del Capitán Brown—un hombre que desafía las convenciones de Cranford al reconocer abiertamente su situación económica. El capítulo culmina en una memorable disputa literaria durante una partida de cartas, donde la defensa que hace el Capitán Brown de la literatura contemporánea choca con la devoción de la señorita Jenkyns por el estilo clásico del Dr. Johnson. La estancia prolongada de la narradora en Cranford revela la vida cotidiana de la familia Brown, particularmente la del Capitán Brown, cuyo raído abrigo militar y peluca oscura representan los vestigios de su antigua elegancia, y cuyas silenciosas muestras de bondad—como llevar la cena de una anciana a casa desde la panadería—eran presenciadas y comentadas por las chismosas damas del pueblo. Se revela que la señorita Brown sufre una enfermedad dolorosa y prolongada que la vuelve irritable y que la lleva a acusarse a sí misma de ser una carga para su padre y su hermana; sin embargo, tanto la señorita Jessie como el Capitán Brown la cuidan con lo que la narradora describe como algo más que serenidad, con absoluta ternura. La devoción del Capitán por Dickens por encima del Dr. Johnson crea una fuente constante de tensión con la señorita Jenkyns, cuyos gustos literarios ha ofendido con su abierta admiración por el señor Boz, y no obstante, le ofrece una pala de chimenea hecha a mano después de escucharla quejarse del sonido chirriante de una de hierro. El capítulo culmina en tragedia cuando el Capitán Brown muere en la estación de ferrocarril, alcanzado por un tren al intentar salvar a un niño que había bajado a las vías; su último acto de heroicidad fue realizado con la valentía que lo caracterizaba, y el hogar debe entonces enfrentar el dolor adicional de la muerte inminente de la señorita Brown, de la cual la familia se entera en los días posteriores al funeral. Los últimos momentos de la señorita Brown transcurren en su contrición por su egoísmo y en el anhelo del perdón de su padre, una reconciliación que la señorita Jessie revela imposible, pues su padre ya ha fallecido; ella muere en paz tras la estoica aceptación de esta verdad por parte de la señorita Jessie. El hogar debe entonces hacer frente a asuntos prácticos, ya que la señorita Jessie, con apenas veinte libras anuales, no puede mantener la casa y propone ganar dinero cosiendo, cuidando enfermos o llevando las tareas del hogar, aunque la señorita Jenkyns declara airadamente que tales ocupaciones están por debajo de su posición como hija de un capitán. El capítulo da un giro dramático cuando el Mayor Gordon llega a la casa, y a través de las revelaciones susurradas por la señorita Jenkyns, la narradora conoce su historia romántica con la señorita Jessie: él la había amado desde que la conoció siendo una muchacha floriente de dieciocho años, le propuso matrimonio al heredar una finca en Escocia, y fue rechazado porque ella no podía abandonar a su hermana moribunda y a su padre afligido, lo cual él interpretó erróneamente como frialdad y respondió con enojo antes de partir al extranjero. Años después, la anciana señorita Jenkyns, ahora débil y casi ciega, recibe en su hogar a la pequeña Flora Gordon, donde divaga con cariño sobre su interpretación juvenil en "Old Poz" mientras Flora lee a hurtadillas "Canción de Navidad" en lugar de los edificantes pero incomprensibles ensayos de The Rambler que tanto admira la señorita Jenkyns. Este capítulo narra la visita prolongada de la narradora a Cranford tras la muerte de la señorita Jenkyns, que abarca estancias tanto con la señorita Pole como con la señorita Matilda. La narrativa entrelaza preocupaciones domésticas sobre los sirvientes, los preparativos para recibir visitas, y tiernas reminiscencias sobre el pretendiente rechazado de la señorita Matilda de décadas atrás. La historia culmina en un emotivo reencuentro entre la señorita Matilda y el hombre que amó y nunca llegó a desposar.

CAPÍTULO I.

Este capítulo presenta la ciudad de Cranford y su singular sociedad, donde las mujeres dominan todos los aspectos de la vida social mientras los hombres desaparecen misteriosamente. La narrativa sigue varios temas interconectados: las costumbres sociales de las visitas, la pobreza oculta disimulada bajo una apariencia aristocrática, y la llegada del Capitán Brown—un hombre que desafía las convenciones de Cranford al reconocer abiertamente su situación económica. El capítulo culmina en una memorable disputa literaria en una partida de cartas, donde la defensa que hace el Capitán Brown de la literatura contemporánea choca con la devoción de la señorita Jenkyns por el estilo clásico del doctor Johnson.

Las amazonas de Cranford

Cranford pertenece por entero a sus mujeres. Cualquier hombre que se establezca en el pueblo parece desvanecerse, ya sea ahuyentado por las reuniones sociales dominadas por féminas, ya sea ocupado en otros menesteres. Las damas de Cranford gobiernan su dominio con notable eficiencia: mantienen jardines inmaculados, dirigen al servicio doméstico, reparten opiniones sobre literatura y política, y muestran tierna preocupación unas por otras en momentos de aflicción. Aunque conocen íntimamente los asuntos de cada una, permanecen indiferentes a las opiniones ajenas. Su vestimenta no sigue ninguna moda pasajera, pues, como dicen ellas: «¿Qué importa cómo nos vistamos aquí en Cranford, donde todos nos conocen?». Su independencia se extiende incluso a sus paraguas: un magnífico ejemplar de seda roja se convierte en una especie de hito local, aunque la solterita que lo lleva es la última superviviente de una familia numerosa. La sociedad mantiene su equilibrio gracias a ocasionales riñas sin importancia, «apenas las suficientes para evitar que el curso apacible de sus vidas resulte demasiado monótono».

Normas de visita

Las damas de Cranford observan regulaciones minuciosas para las visitas sociales, anunciadas con la solemnidad de las antiguas leyes de Man. El horario de visitas está estrictamente limitado a entre las doce y las tres de la tarde. Tras recibir una visita, se debe devolverla en un plazo de tres días, y jamás quedarse más de un cuarto de hora. A los visitantes más jóvenes se les encomienda vigilar el reloj con cuidado, "sin permitirse olvidarlo en medio de la conversación". Puesto que todos acatan estas reglas, ningún tema absorbente puede llegar a tratarse jamás; las damas se circunscriben a "breves frases de charla intrascendente" y se despiden con precisión puntual. Estas costumbres tan rígidas crean una especie de danza social donde cada movimiento está medido y cada visita sigue el protocolo, garantizando que la intimidad jamás llegue a desarrollarse más allá de los límites prescritos.

Pobreza oculta

Debajo de la superficie refinada de Cranford, muchas personas de buena cuna luchan económicamente. Como los espartanos, ocultan sus dificultades "bajo una sonrisa". El dinero sigue siendo un tema del que no se habla, mancillado por sus asociaciones con el comercio y los negocios; aunque algunos puedan ser pobres, todos presumen de linaje aristocrático. Este acuerdo tácito crea una ficción protectora: cuando la señora Forrester ofrece una fiesta en su reducido alojamiento, la aparición de una bandeja de té bajo el sofá se acepta sin comentario alguno. Las damas fingen ignorar que su anfitriona solo cuenta con una muchacha de la escuela de caridad para ayudarla, que ella misma ha pasado la mañana horneando pasteles, o que los refrescos son humildes sustitutos de la grandeza. No obstante, esta ficción compartida fomenta una genuina buena voluntad; los cranfordianos pasan por alto las carencias y se apoyan unos a otros en los momentos difíciles, creando una comunidad unida por el entendimiento mutuo y la bondad.

Horarios tempranos

Cranford mantiene horarios tempranos por necesidad y por principio. Las damas regresan a casa ruidosamente con sus zuecos a las nueve de la noche, guiadas por un farolero, y toda la ciudad duerme profundamente a las diez y media. Esta disciplina se extiende desde su vestimenta —los géneros de lavar preferidos a las sedas veraniegas, sencillamente porque son prácticos— hasta su economía social. Madrugar y acostarse temprano se convierte tanto en una necesidad económica como en un motivo de orgullo, distinguiendo a la gente distinguida de Cranford de los vulgares nuevos ricos que desperdician dinero en horarios tardíos y entretenimientos extravagantes. El ritmo de vida en Cranford sigue el reloj de la naturaleza en lugar de las exigencias de la moda.

Economía elegante

La economía en Cranford nunca es meramente económica: siempre es "elegante". Gastar dinero en público marca a uno como "vulgar y ostentoso", una caracterización que las damas de Cranford evitan mediante una cuidadosa racionalización. Acuden a las fiestas caminando porque la noche es apacible o el aire resulta refrescante, nunca porque las sillas de manos cuesten demasiado. Visten telas estampadas porque prefieren los materiales lavables, nunca porque las sedas excedan sus posibilidades. Esta filosofía genera una satisfacción serena; aquello que no pueden permitirse simplemente se vuelve pasado de moda según los cánones de Cranford. La Honorable Señora Jamieson, cuñada del difunto Conde de Glenmire, personifica esta "economía elegante" al ofrecer en sus veladas únicamente pan con mantequilla en finas lonchas y bizcochos esponjosos. Esa actitud de "la zorra y las uvas", que descarta el gasto tachándolo de vulgaridad, impregna cada aspecto de la vida en Cranford y permite a las personas de buena cuna mantener su dignidad a pesar de sus modestas circunstancias.

Capitán Brown

La llegada del Capitán Brown —un oficial del ejército con medio sueldo empleado por el ferrocarril vecino— perturba el orden social de Cranford. Éste comete el pecado imperdonable de hablar abiertamente de su pobreza, mencionándola "¡en la calle pública! ¡con una fuerte voz militar!", cuando el silencio sobre tales asuntos vale oro. Las damas deciden enviarlo al ostracismo, considerando su mera presencia como una invasión de sus territorios femeninos. Sin embargo, el Capitán Brown permanece ajeno a la frialdad que inspira. Visita a las damas a pesar de la prohibición, sube las escaleras "sin amedrentarse en absoluto", habla "con una voz demasiado potente para la sala" y bromea con el desenfado de un "hombre de confianza de la casa". Su franqueza le granjea gradualmente el respeto de todos. Cuando la preciada vaca de Jersey de la señorita Betsy Barker cae en un foso de cal y pierde su pelo, el práctico consejo del Capitán Brown —"Póngale un chalequito de franela y calzoncillos de franela"— resulta tan valioso que todo el pueblo lo adopta. Su sentido común masculino y su habilidad para resolver problemas domésticos lo elevan gradualmente a una autoridad inesperada entre las damas de Cranford.

Las hijas de Brown

El Capitán Brown vive con sus dos hijas en una pequeña casa en las afueras de Cranford. La Señorita Brown, la mayor, parece casi tan anciana como su padre, con el rostro marcado por la expresión preocupada de alguien cuya alegría juvenil se desvaneció hace mucho tiempo. Sin atractivos y de facciones duras incluso en su juventud, parece perpetuamente afligida y enferma, aunque sufre de maneras invisibles para los observadores casuales. La Señorita Jessie, diez años menor, posee un rostro redondo y con hoyuelos, con grandes ojos azules de expresión asombrada, una nariz respingona sin formar del todo y labios rojos y húmedos enmarcados por hileras de pequeños rizos. Hay algo permanentemente infantil en su apariencia, aunque debe de haber pasado los treinta. Aunque carece de tacto y tiene la costumbre de mencionar a su tío tendero en Edimburgo, hechiza a todos cuantos conoce. Una ligera diferencia en el atuendo de las hermanas revela que el guardarropa de Jessie cuesta dos libras anuales más, una suma significativa en el modesto presupuesto del Capitán Brown. A pesar de la pobreza de su padre, las hijas Brown se mueven en la sociedad de Cranford con la confianza desenfadada que él les inculcó.

Iglesia de Cranford

En la Iglesia de Cranford, la narradora ve por primera vez a la familia Brown reunida. El Capitán Brown sostiene en alto sus quevedos durante el Himno Matutino y luego levanta la cabeza con porte erguido, cantando con alegría en un bajo sonoro que ahoga la voz aguda y aflautada del anciano sacristán. Éste, en consecuencia, eleva aún más su temblorosa voz, agraviado por el dominio musical del Capitán. Al salir, el Capitán muestra una galantería notable: ayuda a la señorita Brown a abrir su paraguas, la libera de su libro de oraciones y espera con paciencia mientras ella recoge su falda para transitar por los caminos mojados. Su enérgica atención hacia ambas hijas lo señala como un padre devoto y un caballero de cortesía anticuada. La congregación observa, preguntándose quizás cómo se integrará este hombre de mundo militar en su universo femenino, aunque sin poder negar que su porte posee una cierta gracia digna.

La fiesta de cartas

La señorita Jenkyns organiza una fiesta en honor de la narradora, e invita al capitán Brown y a sus hijas a pesar de las resoluciones previas contra ese tipo de contacto social. Las mesas de juego aparecen a la luz del día, se encienden las velas, y la esbelta doncella recibe las últimas instrucciones. La fiesta es una solemnidad festiva, que hace que las damas se sientan «gravemente regocijadas» con sus mejores vestidos. Cuando llega el capitán Brown, el ambiente se transforma: «las cejas fruncidas se suavizan, las voces agudas bajan el tono». Él asume silenciosamente su papel masculino, atendiendo los deseos de todos, aliviando el trabajo de la doncella, y jugando por puntos de tres peniques con la misma gravedad que si fueran libras. La señorita Jessie, que no sabe jugar a las cartas, cautiva a los que se mantienen al margen con su conversación y canta «Jock of Hazeldean» al compás que marca la señorita Jenkyns. Mientras tanto, la señorita Brown parece enferma y deprimida, aunque su padre mantiene una atenta mirada sobre su sufrimiento. Las bandejas del té presentan delicada porcelana de cáscara de huevo y plata anticuada, pero los refrigerios siguen siendo escasos, en consonancia con una economía elegante.

La disputa literaria

El Capitán Brown comete suicidio social al mencionar "Los Papeles Póstumos del Club Pickwick" durante la partida de cartas. Miss Jenkyns, hija de un rector fallecido que se considera a sí misma literaria gracias a sus sermones manuscritos y a una biblioteca de teología, no puede resistirse a cuestionar esta obra menor. Declara que Boz "no es ni mucho menos igual al doctor Johnson", aunque concede que el autor es joven y podría mejorar. El Capitán responde que Pickwick es "un tipo de cosa completamente diferente", y lee en voz alta la célebre escena de la "swarry". Algunas señoras ríen con ganas, pero Miss Jenkyns permanece sentada con "grave paciencia". Contraataca yendo a buscar "Rasselas" y leyendo en voz alta una de sus conversaciones con "voz aguda y majestuosa", y luego declara al doctor Johnson justificado como el escritor de ficción superior. Cuando ella proclama que publicar por entregas es "vulgar e indigno de la literatura", el Capitán pregunta en voz baja cómo se publicó "El Rambler", pero ella no lo oye. Él la ofende al calificar el estilo de Johnson de "pomposo", y cuando ella responde con marcado énfasis: "Prefiero al doctor Johnson al señor Boz", se dice que se le oye murmurar: "¡Maldito sea el doctor Johnson!". A la mañana siguiente, Miss Jenkyns descarga su disgusto en los hoyuelos de Miss Jessie, lo que revela que la guerra literaria ha alcanzado incluso a las inocentes hijas.

Capítulo II.

La estancia prolongada de la narradora en Cranford revela la vida cotidiana de la familia Brown, en particular la del Capitán Brown, cuya raída casaca militar y oscura peluca representan los vestigios de su antigua elegancia, y cuyas silenciosas muestras de amabilidad —como llevar la cena de una anciana a casa desde la panadería— eran presenciadas y comentadas por las chismosas damas del pueblo. Se revela que la Señorita Brown padece una enfermedad dolorosa y prolongada que la vuelve irritable y acusatoria consigo misma por ser una carga para su padre y su hermana, y sin embargo, tanto la Señorita Jessie como el Capitán Brown la cuidan con lo que la narradora describe como más que serenidad, con absoluta ternura. La devoción del Capitán por Dickens por encima del Doctor Johnson crea una fuente constante de tensión con la Señorita Jenkyns, cuyos gustos literarios ha ofendido con su abierta admiración por el señor Boz, y no obstante le ofrece una pala de chimenea hecha a mano después de escucharla quejarse del chirrido que producía la de hierro. El capítulo culmina en tragedia cuando el Capitán Brown muere en la estación de ferrocarril, atropellado por un tren al salvar a un niño que había vagado hasta las vías, su último acto de heroísmo realizado con la valentía que lo caracterizaba, y la casa debe entonces hacer frente al dolor adicional de la muerte inminente de la Señorita Brown, de la que la familia se entera en los días siguientes al funeral. Los últimos momentos de la Señorita Brown transcurren en arrepentimiento por su egoísmo y añoranza del perdón de su padre, una reconciliación que la Señorita Jessie revela ser imposible puesto que su padre ya ha fallecido; ella muere en paz tras la estoica aceptación de esta verdad por parte de la Señorita Jessie. La casa debe entonces enfrentarse a asuntos prácticos, ya que la Señorita Jessie, con sólo veinte libras anuales, no puede mantener el hogar y propone ganar dinero cosiendo, cuidando enfermos o llevando una casa, aunque la Señorita Jenkyns declara acaloradamente que tales ocupaciones están por debajo de su condición de hija de un capitán. El capítulo da un giro dramático cuando el Mayor Gordon llega a la casa, y a través de las revelaciones susurradas de la Señorita Jenkyns, la narradora se entera de su historia romántica con la Señorita Jessie: él la había amado desde que la conoció cuando era una floreciente joven de dieciocho años, le propuso matrimonio al heredar una propiedad en Escocia, y fue rechazado porque ella no podía abandonar a su hermana moribunda y a su padre afligido, lo que él interpretó erróneamente como frialdad y respondió con ira antes de viajar al extranjero. Años después, la anciana Señorita Jenkyns, ahora frágil y casi ciega, recibe en su casa a la pequeña Flora Gordon, donde divaga con cariño sobre su actuación juvenil en "El viejo Poz", mientras Flora lee a hurtadillas "Canción de Navidad" en lugar de los edificantes pero incomprensibles ensayos de The Rambler que tanto admira la Señorita Jenkyns.

CAPÍTULO II.

La estancia prolongada del narrador en Cranford revela la vida cotidiana de la familia Brown, en particular la del Capitán Brown, cuyo desgastado abrigo militar y oscura peluca representan los vestigios de su antiguo porte elegante, y cuyas silenciosas muestras de amabilidad —como llevar la cena de una anciana a casa desde la panadería— fueron presenciadas y comentadas por las chismosas damas del pueblo. Se revela que la señorita Brown padece una enfermedad dolorosa y prolongada que la vuelve irritable y que la hace acusarse a sí misma de ser una carga para su padre y su hermana; sin embargo, tanto la señorita Jessie como el Capitán Brown la cuidan con lo que el narrador describe como algo más que serenidad, con absoluta ternura. La devoción del Capitán por Dickens por encima del doctor Johnson crea una fuente constante de tensión con la señorita Jenkyns, cuyos gustos literarios él ha ofendido con su abierta admiración por el señor Boz; aun así, le ofrece una pala para el fuego hecha a mano de madera después de oírla quejarse del sonido chirriante de una de hierro. El capítulo culmina en tragedia cuando el Capitán Brown muere en la estación de ferrocarril, alcanzado por un tren mientras salvaba a un niño que se había extraviado en las vías, su último acto de heroísmo llevado a cabo con la valentía que lo caracterizaba, y el hogar debe entonces enfrentar el dolor adicional de la muerte inminente de la señorita Brown, de la cual la familia se entera en los días siguientes al funeral.

El Capitán

El capítulo introduce al Capitán Brown, una figura central en la sociedad de Cranford. A través de las observaciones de la narradora durante una visita prolongada, llegamos a comprender las modestas circunstancias de la familia Brown, que ellos reconocen abiertamente sin vergüenza. Lo que destaca de manera más notable es la bondad inherente del Capitán Brown, demostrada a través de numerosos pequeños actos de generosidad que realiza de forma inconsciente. Su pasado militar se hace evidente en su vestimenta: una peluca oscura estilo Bruto y un abrigo acolchado, aunque estas prendas se han ido desgastando con el tiempo. Posee una ingeniosidad infinita proveniente de su experiencia en el cuartel y mantiene una dignidad solemne en todas sus acciones.

La Cena de la Anciana

Un incidente memorable establece el carácter del Capitán Brown entre las damas de Cranford. En una resbaladiza mañana de domingo, se encontró con una pobre anciana que regresaba de la panadería mientras él salía de la iglesia. Al notar su paso precario, la liberó de su carga de cordero y papas asadas y la escoltó a salvo hasta su hogar. Este gesto fue considerado altamente excéntrico por la sociedad de Cranford, y se esperaba que él se disculpase por haber faltado a la decoro. Cuando no lo hizo y apareció sin cambios en la iglesia la semana siguiente, hablando en voz alta y con confianza como siempre, las damas concluyeron que simplemente había olvidado el incidente por completo—un testimonio de cuán natural le resultaba su bondad.

La Enfermedad de Miss Brown

La señorita Brown, la hija mayor del Capitán, padece una enfermedad prolongada e incurable que le causa mucho dolor. Su irritabilidad nerviosa, exacerbada por su enfermedad, a veces la hace difícil de soportar, aunque nunca tiene la intención de decir las palabras duras que pronuncia. Siente culpa por ser la razón por la que su familia debe economizar tan estrictamente, deseando poder sacrificarse por ellos en su lugar. La señorita Jessie, su hermana menor, la cuida con una paciencia extraordinaria, soportando a menudo el mal humor que es seguido por amargos autoreproches de la señorita Brown. El padre y la señorita Jessie responden a sus pruebas con algo más que mera placidez—con absoluta ternura—a pesar de las exigencias que su condición impone a sus recursos y energía.

La Disputa Literaria

Existe una fuente importante de tensión entre el Capitán Brown y la Señorita Jenkyns, derivada de sus preferencias literarias. La Señorita Jenkyns tiene al Dr. Johnson en la más alta estima como escritor de ficción ligera y agradable, mientras que el Capitán Brown prefiere abiertamente los escritos del Sr. Boz (Charles Dickens). Esta única diferencia de opinión crea una brecha irreparable entre ellos. La Señorita Jenkyns no puede resistir hacer comentarios despectivos sobre su gusto literario, mientras que el Capitán Brown demuestra su preferencia caminando por las calles absorto en sus queridos libros, asustándola ocasionalmente. Aunque se disculpa sinceramente cuando casi choca con ella, ella admite que habría preferido que simplemente la derribara si debía leer literatura tan indigna.

La ofrenda de paz

Buscando la reconciliación después de la disputa literaria, el capitán Brown le presenta a la señorita Jenkyns una pala de madera para el fuego que él mismo ha fabricado, tras haberse enterado de que ella había mencionado que el chirrido de una de hierro la molestaba. Ella recibe el regalo con una gratitud fría y cortés y le da las gracias de manera formal; luego, en privado, le indica a la narradora que lo guarde en el trastero. Al parecer, considera que cualquier obsequio proveniente de alguien que prefiere al señor Boz al doctor Johnson no puede ser sino algo absolutamente discordante.

La visita de Lord Mauleverer

La narración cambia a través de cartas de corresponsales que describen los acontecimientos tras la partida del narrador de Cranford. Lord Mauleverer, el esposo de la Honorable Señora Jamieson, visita Cranford específicamente para ver al Capitán Brown, a quien conoció durante el servicio militar. El Capitán en una ocasión le salvó la vida a su señoría durante un peligroso episodio cerca del Cabo de Buena Esperanza. A pesar de esta distinguida conexión, el Capitán Brown recibe a su invitado sin ostentación: los visitantes se alojan en el Hotel Angel, y los modestos preparativos de la Señorita Jessie incluyen la compra de una pierna de cordero. Lord Mauleverer envía caza durante el invierno, pero desde entonces se ha marchado al extranjero, sin haber sido aparentemente consciente de las dificultades económicas de los Brown.

La nueva alfombra

Cuando el narrador regresa a Cranford el verano siguiente, el mayor acontecimiento es la compra de una nueva alfombra para la sala de estar por parte de la señorita Jenkyns. Proteger esta alfombra se convierte en una ocupación absorbente: la señorita Jenkyns y el narrador pasan horas reorganizando periódicos para bloquear los rayos de sol que amenazan con descolorar diferentes partes de la alfombra. Antes de que la señorita Jenkyns ofrezca una fiesta, construyen cuidadosamente caminos de periódico desde la puerta hasta cada silla, asegurándose de que los visitantes puedan caminar sin manchar la impecable alfombra con sus zapatos. Esta ansiedad doméstica contrasta de manera conmovedora con los asuntos más profundos que ocupan la vida de los demás personajes.

El dolor del capitán Brown

La apariencia del capitán Brown revela su creciente aflicción por el deterioro de la salud de su hija. Su voz, antes grave y profunda, ahora tiene un tono tembloroso; sus ojos lucen apagados, y profundas líneas surcan su rostro. Habla del padecimiento de su hija con una resignación varonil y piadosa, reconociendo tanto los esfuerzos que han realizado por aliviar su dolor como la inevitabilidad de su sufrimiento. En dos ocasiones afirma que solo Dios sabe lo que la señorita Jessie ha significado para su familia, sin poder continuar hablando antes de marcharse apresuradamente. Las cartas de la comunidad revelan que, pese a haberse privado de muchas comodidades para costear los cuidados de la enferma, jamás mencionan tales sacrificios. La señorita Brown recibe la mejor atención médica disponible, y los pobres de Cranford dejan en secreto verduras y provisiones en su puerta.

El accidente ferroviario

Una tarde, una noticia alarmante se extiende por las calles de Cranford: el capitán Brown ha muerto en un accidente ferroviario. El carretero que presenció la tragedia describe cómo el capitán estaba profundamente absorto leyendo un libro nuevo, esperando el tren de bajada, cuando notó a un niño pequeño que se había extraviado en las vías. Se lanzó hacia adelante, atrapó al niño y resbaló bajo el tren que se aproximaba. El niño fue arrojado sano y salvo hacia su madre con solo una lesión en el hombro, el último consuelo que el capitán proporcionaría jamás. La señorita Jenkyns, abrumada por el remordimiento por su desprecio hacia él en el pasado, va de inmediato a consolar a sus hijas.

El Funeral

La familia se prepara para el entierro del Capitán Brown en la iglesia parroquial. La determinación de la señorita Jessie de seguir el cortejo fúnebre hasta la tumba no puede ser disuadida, a pesar de su necesidad de soledad para llorar. La señorita Jenkyns resuelve acompañarla, declarando que no es ni apropiado ni humano permitirle ir sola. La señorita Jenkyns se prepara recortando un pequeño sombrero negro con crespón negro. En el funeral, ella sostiene a la señorita Jessie con tierna firmeza, permitiéndole llorar libremente. Mientras la señorita Jessie asiste al entierro, la narradora y la señorita Matty permanecen con la señorita Brown, encontrando sus quejas agotadoras a pesar de su compasión. La señorita Jessie regresa del funeral casi serena, como si hubiera obtenido nueva fortaleza de la experiencia.

La muerte de la señorita Brown

La señorita Brown fallece poco después del funeral de su padre, aunque la familia había esperado ahorrarle el golpe de enterarse de su muerte. Le habían dicho que lo habían llamado por asuntos urgentes del ferrocarril. En sus últimos días, parece transformada: el tono quejumbroso abandona tanto su voz como su rostro, recordando a la joven y ansiosa cabeza de hogar que fue tras la muerte de su madre. La señorita Jessie, que tanto ha soportado, por fin tiene la oportunidad de descansar, y la señorita Pole se queda para cuidarla durante las largas vigilias nocturnas.

Capítulo II.

Los últimos momentos de la señorita Brown los dedica a la contrición por su egoísmo y al anhelo de obtener el perdón de su padre, una reconciliación que la señorita Jessie revela imposible, pues su padre ya ha fallecido; muere en paz tras la estoica aceptación de esta verdad por parte de la señorita Jessie. El hogar debe entonces hacer frente a asuntos prácticos, ya que la señorita Jessie, con solo veinte libras anuales, no puede mantener la casa y propone ganar dinero cosiendo, cuidando enfermos o realizando tareas domésticas, aunque la señorita Jenkyns declara airadamente que tales ocupaciones están por debajo de su posición como hija de un capitán. El capítulo da un giro dramático cuando el mayor Gordon llega a la casa y, gracias a las revelaciones susurradas por la señorita Jenkyns, la narradora conoce su historia romántica con la señorita Jessie: él la había amado desde que la conoció cuando era una muchacha floreciente de dieciocho años, le ofreció matrimonio al heredar una propiedad en Escocia, y fue rechazado porque ella no podía abandonar a su hermana moribunda y a su padre afligido, lo cual él interpretó erróneamente como frialdad y respondió con ira antes de partir al extranjero. Años después, la anciana señorita Jenkyns, ahora débil y casi ciega, recibe a la pequeña Flora Gordon en su hogar, donde divaga con cariño sobre su actuación juvenil en "El viejo Poz", mientras Flora lee a escondidas "Un cuento de Navidad" en lugar de los ensayos edificantes pero incomprensibles de The Rambler que tanto admira la señorita Jenkyns.

La muerte de Mary Brown

Los últimos momentos de Mary Brown se desarrollan con su conciencia desvaneciéndose entre su hermana y la narradora. Ella le suplica a Jessie su perdón por años de egoísmo, habiendo permitido que Jessie se sacrificara. Mary también expresa angustia por su alejamiento de su padre, ansiando la reconciliación antes de morir. Jessie revela que su padre ya ha muerto, lo cual le concede paz a Mary. Mientras Mary expira, murmura nombres de familiares fallecidos y se preocupa por la soledad de Jessie. Jessie, abrumada por el duelo pero resuelta, declara su fe en Dios.

El futuro de la señorita Jessie

Tras el entierro de Mary, Miss Jenkyns insiste en que Jessie se quede en su casa en lugar de regresar a una vivienda vacía que debe ser abandonada por falta de recursos. Jessie cuenta únicamente con veinte libras anuales más los intereses del producto de la venta de los muebles. Ella propone ganar dinero cosiendo, cuidando enfermos, llevando la administración de una casa o trabajando en una tienda—cualificaciones que Miss Jenkyns descarta con enojo y discursos sobre preservar su condición de hija de capitán. Miss Jenkyns cuida a Jessie hasta su recuperación con elaborados preparados de arrurruz, y luego las encuentra a las dos llorando juntas al recordar tiempos mejores. Cuando Jessie sorprende a la narradora cuando se disponía a marcharse, Miss Jenkyns anuncia la llegada de un misterioso visitante que conocía a Jessie.

El regreso del mayor Gordon

Llega un caballero bien vestido de cuarenta años. La señorita Jessie palidece y luego enrojece, al reconocerlo por su tarjeta de visita. El mayor Gordon sirvió junto al capitán Brown y se enamoró de Jessie cuando ella era joven, pero su propuesta, años atrás, fue rechazada: ella había priorizado el cuidado de su hermana moribunda. Tras su discusión, Gordon viajó al extranjero, enterándose de la muerte del capitán Brown a través del Galignani en Roma. Jessie lo acepta, y la señorita Jenkyns lleva a la narradora al comedor mientras ellos se reencuentran.

El descubrimiento de la señorita Matty

La señorita Matty irrumpe al regresar de una salida, angustiada al ver el brazo de Gordon alrededor de la cintura de Jessie. La señorita Jenkyns declara con severidad que esto es totalmente apropiado y la despide. El episodio sorprende a Matty, pues proviene de su hermana, por lo general tan recatada.

La señorita Jenkyns en la vejez

Años después, la señorita Jenkyns yace débil y casi ciega en un sofá mientras la joven Flora Gordon le lee. Recuerda cómo Flora debe contar con un material de lectura excelente como The Rambler —muy superior al libro que causó la muerte del Capitán Brown, aquel peculiar libro del señor Boz titulado "Old Poz," en el que ella una vez interpretó el papel de Lucy. Divaga con coherencia únicamente en momentos dispersos mientras Flora lee en secreto Un cuento de Navidad.

CAPÍTULO III.

Este capítulo narra la visita prolongada del narrador a Cranford tras la muerte de la señorita Jenkyns, la cual abarca estancias tanto con la señorita Pole como con la señorita Matilda. La narrativa entrelaza preocupaciones domésticas sobre los sirvientes, preparativos para recibir a invitados y tiernos recuerdos sobre el pretendiente rechazado de la señorita Matilda de décadas pasadas. La historia culmina en un reencuentro cargado de emoción entre la señorita Matilda y el hombre que ella amó una vez pero con quien nunca se casó.

El saludo de la señorita Matty y el cambio de nombre

Tras la muerte de la señorita Jenkyns, la narradora recibe cartas tanto de la señorita Pole como de la señorita Matty en las que la invitan a visitarlas. Al llegar a la casa de la señorita Matilda, la narradora la encuentra llorando a causa de la nerviosa anticipación que le provoca la visita. El momento más conmovedor se produce cuando la señorita Matty, tomando la mano de la narradora, le ruega que la llame "Matilda" en lugar del familiar "Matty", explicándole que a su hermana fallecida no le agradaba aquel nombre íntimo, y ahora que Deborah ya no está, la señorita Matilda desea honrar su memoria con este pequeño gesto. La narradora promete acceder a su deseo, aunque los intentos por utilizar el nombre formal a lo largo de Cranford resultan en gran medida infructuosos.

Estancia tranquila en casa de la señorita Pole

La visita de la narradora a Miss Pole resulta sin incidentes, lo que refleja el estancamiento social de Cranford sin el liderazgo de Miss Jenkyns. La Honorable Mrs Jamieson, a pesar de su precedencia en la jerarquía social, carece de la energía para organizar reuniones, dejando a la sociedad sin sus entretenimientos habituales. La visita brinda una amplia oportunidad para una compañía tranquila, mientras Miss Pole comparte historias de antaño y la narradora se ocupa con costura sencilla. Uno de estos relatos insinúa un oscuro affair amoroso de años pasados, presagiando revelaciones por venir.

Problemas con el servicio doméstico en casa de la señorita Matilda

La inestabilidad del servicio doméstico emerge como una preocupación persistente en la sociedad refinada de Cranford, donde las atractivas sirvientas enfrentan la tentación constante de los apuestos comerciantes que deben visitar las casas. La criada de la señorita Matilda, Fanny, se convierte en una fuente particular de ansiedad; aunque tiene prohibido tener "pretendientes" según los términos de su contrato, la inocencia de Fanny respecto a sus coqueteos preocupa profundamente a su señora. La narradora misma presencia circunstancias sospechosas: las colas de un abrigo de hombre desapareciendo hacia la despensa y un joven vislumbrado detrás de la puerta de la cocina por la noche, aunque guarda estas sospechas para sí y no se las revela a la señorita Matilda. Finalmente, Fanny debe marcharse, y la narradora acepta quedarse y adiestrar a una nueva criada llamada Martha antes de partir.

Preparativos para la visita del mayor Jenkyns

Llega la noticia de que el Mayor Jenkyns, primo de la señorita Matilda que pasó veinte o treinta años en la India, ha regresado a Inglaterra y escribe proponiendo visitar Cranford. La señorita Matilda se vuelve frenética de preocupación por los arreglos apropiados para un invitado caballero, lamentando que su difunta hermana Deborah habría sabido exactamente qué proveer. Se inquieta por las navajas de afeitar, las zapatillas y los cepillos para la ropa del tocador, y por cómo saber cuándo dejarlo a solas con su vino después de la cena. La narradora toma a su cargo los preparativos del café y se compromete a instruir a Martha en los deberes del servicio, aunque las constantes interrupciones de la señorita Matilda entorpecen el entrenamiento. La casa se prepara con vino fresco y ansiosa anticipación.

La visita del mayor

El Mayor Jenkyns y su esposa inválida llegan acompañados de sus propios sirvientes: un criado personal hindú para el Mayor y una anciana doncella inglesa para su esposa, aunque estos asistentes se alojan en la posada. Los visitantes resultan ser tranquilos y sin pretensiones, aunque lánguidos como se supone que son los indios orientales. Martha mira abiertamente al criado hindú con turbante, y la señorita Matilda confiesa después que le recordaba a Barbazul. La visita transcurre de manera satisfactoria y se convierte en un tema favorito de conversación para la señorita Matilda, habiendo creado una considerable conmoción por todo Cranford. Incluso la señora Jamieson se digna a ofrecer consejos sobre visitantes caballerosos, expresados con el tono hastiado de una profetisa que anhela descanso.

El romance de hace mucho tiempo

Miss Pole le revela a la narradora la historia del pretendiente rechazado de Miss Matilda, Thomas Holbrook, un labrador propietario que en otro tiempo solicitó su mano hacía ya mucho tiempo. Holbrook, aunque vivía a apenas cuatro o cinco millas de Cranford en su propia hacienda modesta, poseía un orgullo honrado que le impedía aspirar al rango de squire o aceptar el título de «Esquire». Rechazaba los refinamientos modernos, mantenía la puerta de su casa cerrada y sin aldaba, hablaba libremente el dialecto del campo y leía en voz alta con una belleza y un sentimiento excepcionales. Miss Matilda estaba bastante dispuesta a aceptarlo, pero su hermana Deborah y el padre rector desaconsejaron la boda por considerarla inferior a su posición, ya que la familia estaba lejanamente emparentada con Sir Peter Arley, una conexión que Miss Jenkyns valoraba sobremanera. Tras ser rechazado, Holbrook llevó sus negocios al pueblo-mercado vecino y rara vez volvió a visitar Cranford.

Reencuentro con el señor Holbrook

Durante la prolongada visita de la narradora a Miss Matilda, ocurre un inesperado reencuentro cuando se topan con el señor Holbrook en una tienda donde la narradora ayuda a escoger sedas de colores. El anciano alto, delgado y con aspecto de Don Quijote, ya cerca de los setenta años y vestido con un abrigo azul con botones de latón y calzones parduscos, reconoce al instante a Miss Matilda al otro lado del establecimiento. La saluda con cálidos y repetidos apretones de manos y exclamaciones de sorpresa ante su cambiada apariencia, aunque su actitud es la de un viejo amigo y no la de un pretendiente romántico. Las acompaña a casa caminando, manifestando un placer sincero por el encuentro y reconociendo con caridad la reciente muerte de Miss Jenkyns. Miss Matilda, abrumada por el encuentro, se retira a su habitación y no aparece hasta la hora del té temprano, con un aspecto que delataba que había estado llorando.

CAPÍTULO IV.

En este capítulo, la señorita Matty finalmente acepta una invitación para visitar al señor Holbrook en Woodley, su granja apartada, tras una considerable persuasión por parte de la señorita Pole y la narradora. Experimenta un largo y emotivo viaje por el campo, y al llegar nota el jardín anticuado y las vacas bautizadas con letras del alfabeto, mientras el señor Holbrook le muestra a la narradora su extensa colección de libros y cita poesía con la misma naturalidad con que se respira. Durante la visita, el grupo cena con pudines anticuados servidos antes de la carne y tiene dificultades con los tenedores de dos puntas al comer guisantes, siguiendo el ejemplo de la narradora de utilizar un cuchillo. El señor Holbrook anuncia después su plan de visitar París antes de la cosecha, y al despedirse le entrega a la señorita Matty un libro de poemas y la llama «Matty», como solía hacer treinta años atrás. Tras la visita, la señorita Matty cae en una salud cada vez más quebrantada y en una desesperanza silenciosa, que la narradora descubre más tarde que tiene su origen en haberse enterado de la enfermedad del señor Holbrook. Después de la muerte del señor Holbrook a consecuencia del viaje a París, la señorita Matty guarda duelo en silencio, y en un momento de compasiva reflexión sobre su propia pena juvenil, cede en su estricta prohibición de que los sirvientes tuvieran pretendientes, concediéndole a Martha permiso para recibir a Jem Hearn.

Una invitación a Woodley

Llega una nota del señor Holbrook que invita tanto a la narradora como a la señorita Matty a pasar un largo día de junio en su casa. También ha invitado a su prima, la señorita Pole, sugiriendo que podrían compartir un carruaje para el viaje.

Convenciendo a Miss Matty

La señorita Matty se muestra reacia a aceptar la invitación, expresando preocupaciones sobre lo apropiado que resultaría, a pesar de ir acompañada por otras dos damas. Surge un obstáculo más serio cuando declara que su difunta hermana Deborah no habría aprobado que ella visitase a su antiguo amante. El narrador y la señorita Pole dedican un esfuerzo considerable a persuadirla, y ante la primera señal de ceder, el narrador escribe de inmediato una aceptación en nombre de la señorita Matty.

Elegir gorras

A la mañana siguiente, Miss Matty acompaña al narrador a la tienda donde, tras mucha vacilación, seleccionan tres gorros para enviarlos a casa y probárselos. El objetivo es determinar cuál le quedaría mejor para la visita del jueves.

El viaje a Woodley

Miss Matty permanece sentada en un silencio agitado durante todo el trayecto, pues evidentemente nunca había visitado Woodley con anterioridad. A pesar de no saber que el narrador conoce algo de su pasado, tiembla ante la idea de contemplar lo que podría haber sido su hogar. El narrador observa su mirada nostálgica mientras se aproximan a su destino, percibiendo cómo sus «inocentes imaginaciones de niña» seguramente se congregaban en torno a este lugar.

Llegada a Woodley

La finca rústica se levanta entre los campos, accesible solo por una pequeña verja en lugar de un camino de entrada propiamente dicho. Un jardín anticuado exhibe rosas, groselleros y espárragos que sirven de fondo a claveles y alelíes. El señor Holbrook aparece en la puerta, pareciéndose más que nunca a Don Quijote, con su respetable ama de llaves que se mantiene modestamente cerca para recibir a los visitantes.

El jardín y el despacho de contabilidad

La narradora tiene permiso para explorar el jardín mientras a las señoras mayores les enseñan la planta de arriba. El señor Holbrook muestra con orgullo sus veintiséis vacas, cada una bautizada con una letra del alfabeto. Demuestra su notable memoria para la poesía, citando con acierto a Shakespeare, George Herbert y poetas contemporáneos con tanta naturalidad como si estuviera pensando en voz alta. La cena tiene lugar en lo que parece una cocina con aparadores de roble, aunque la verdadera cocina se realiza en otra parte. Invitan a las señoras a sentarse en el «despacho» del señor Holbrook, donde paga los salarios semanales: una habitación llena de libros por doquier, en el suelo, cubriendo las paredes, esparcidos sobre las mesas. Parece medio avergonzado, medio orgulloso de esa colección, que incluye poesía y relatos extraños y fantásticos elegidos según sus propios gustos y no por la reputación clásica.

La cena no convencional

El señor Holbrook explica sus anticuadas costumbres gastronómicas—pudín antes que la carne, pudines de sebo hervidos en caldo con res—quejándose de que la gente moderna tiene cenas al revés que comienzan con cosas dulces. La comida presenta un desafío cuando llegan los guisantes verdes: las damas solo disponen de tenedores de dos puntas, mientras que el señor Holbrook usa su gran cuchillo para echarse puñados de guisantes en la boca a granel. La señorita Matty recoge sus guisantes uno a uno con las puntas del tenedor, mientras que la señorita Pole deja los suyos intactos, incapaz de dominar la técnica poco elegante que demuestra el anfitrión. Después de la cena, el señor Holbrook le presenta su pipa a la señorita Matty pidiéndole que le llene la cazoleta—un anticuado cumplido hacia una dama que resulta bastante inapropiado dada la arraigada aversión al tabaco que la señorita Matty ha aprendido a profesar. Sin embargo, ella accede con delicadeza, y las damas se retiran del humo del tabaco.

Un paseo por los campos

Cuando el señor Holbrook propone un paseo por los campos, las señoras mayores rechazan la invitación por temor a la humedad, al barro y a sus inadecuadas calesas. El narrador lo acompaña en su recorrido para visitar a sus trabajadores. Camina con paso encorvado, las manos entrelazadas a la espalda, recitando poesía en voz alta con una voz grandiosa y sonora, llena de verdadero sentimiento y aprecio. Se detiene junto a un viejo cedro, maravillándose ante las "capas" de sombra que este despliega, y luego comparte una anécdota sobre haber caminado siete millas para encargar libros de poesía tras leer una reseña en Blackwood. Formula una pregunta inesperada sobre los brotes de fresno en marzo y él mismo se responde: negro azabache.

Una tarde de poesía

Al regresar, el señor Holbrook insiste en leer los poemas que había elogiado, y la señorita Pole aprueba la idea. La señorita Matty se queda dormida a los cinco minutos de que él comenzara a leer "Locksley Hall" y duerme plácidamente hasta que él termina. Cuando su voz se detiene y la despierta, busca torpemente algo apropiado que decir, llamando al libro "lindo", una palabra que el señor Holbrook corrige por "hermoso". Ella intenta relacionarlo con un poema del doctor Johnson que su hermana solía leer, aunque no puede recordar el nombre ni el contenido.

El regreso a Cranford

Mientras se marchan en el carruaje, el señor Holbrook promete llamar pronto para interesarse por su regreso seguro, lo cual evidentemente complace a la señorita Matty. Sin embargo, a medida que la vieja casa desaparece de su vista, sus pensamientos se tornan ansiosos respecto a si Martha ha faltado a su palabra acerca de los admiradores durante la ausencia de su ama. Martha las recibe a su llegada y hace un desafortunado comentario sobre la edad de la señorita Matty, sugiriendo que "no anda lejos de los sesenta"—a lo cual la señorita Matty responde que aún no ha cumplido los cincuenta y dos. Jamás habla de ninguna antigua relación íntima con el señor Holbrook, habiéndolo guardado bien cerrado en su corazón tras recibir tan poca simpatía en su amor de juventud. Comienza a ponerse su mejor gorrito a diario y se sienta cerca de la ventana, observando la calle mientras permanece sin ser vista.

Noticias de París

El señor Holbrook visita y anuncia su intención de viajar a París dentro de una quincena, pues nunca ha estado allí y teme que no vuelva a tener otra oportunidad antes de la cosecha. La señorita Matty manifiesta una preocupación ansiosa sobre si las ranas le sentarán bien, recordando que tuvo que cuidar su alimentación de joven a pesar de su fuerte apariencia. La narradora se marcha dando instrucciones a Martha acerca de vigilar la salud de su señora.

Un regalo de despedida

Justo antes de partir, el señor Holbrook recuerda que casi olvida su encargo: ha traído el libro de poesía que la señorita Matty admiró durante su visita. Saca el paquete del bolsillo de su abrigo y se despide con las palabras familiares: «¡Adiós, Matty! Cuídate» —llamándola por el nombre que usaba hace treinta años.

La melancolía de la señorita Matty

En noviembre, la narradora recibe noticias de Martha de que su señora está «muy decaída y tristemente sin apetito». La narradora hace una visita improvisada y encuentra a la señorita Matilda con un aspecto terriblemente enfermizo. Martha le cuenta que la melancolía de la señorita Matty comenzó hacía más de un par de semanas, tras la visita de la señorita Pole, y ha persistido a pesar de una noche de descanso. La narradora observa lo fiel que ha sido el pobre corazón de la señorita Matty en su pena y en su silencio.

La queja de Martha

Durante una conversación privada con Martha en la cocina, la sirvienta confiesa su dificultad con la prohibición de tener pretendientes. Describe la espaciosa cocina con rincones oscuros propicios para ocultarse, y admite que en una ocasión tuvo que rechazar a Jem Hearn, un joven y formal carpintero. Martha ha mantenido su palabra con su señora a pesar de la tentación y de la probabilidad de que otras muchachas aceptarían tales visitas a escondidas. El narrador sabe por experiencia propia el horror que las hermanas Jenkyns sentían hacia los pretendientes y comprende por qué este temor se vería aumentado en el estado nervioso de la señorita Matty.

La enfermedad del señor Holbrook

La narradora visita a la señorita Pole y se entera de que al señor Holbrook le queda poco tiempo de vida. Su ama de llaves informa que el viaje a París resultó excesivo para él; desde su regreso, apenas ha recorrido sus campos, quedándose en cambio en la oficina sentado con las manos sobre las rodillas, repitiendo simplemente «¡qué ciudad tan maravillosa es París!». La señorita Pole revela que la señorita Matty conoce la enfermedad de él desde hace quince días, pero no informó a la narradora. La narradora se da cuenta, con algo parecido a la culpa, de que ha estado observando con excesiva curiosidad aquel corazón tan tierno. La señorita Matty desarrolla uno de sus fuertes dolores de cabeza y permanece en su habitación durante la cena, pero aparece a la hora del té. Habla largamente sobre la bondad e inteligencia de su difunta hermana Deborah en su juventud: cómo Deborah les arreglaba los vestidos para las fiestas, fundó una sociedad de beneficencia para los pobres, enseñó a las jóvenes a cocinar y a coser ropa sencilla, y una vez bailó con un lord. Menciona cómo Deborah la cuidó durante una larga enfermedad tras el rechazo de la petición del señor Holbrook, revelando por primera vez la conexión entre su enfermedad y su amor perdido.

La muerte del señor Holbrook

La señorita Pole trae la noticia de que el señor Holbrook ha muerto. La señorita Matty recibe la noticia en silencio, temblando nerviosamente pero sin poder hablar. La señorita Pole comenta sobre el agradable día del junio pasado cuando él parecía estar tan bien y sugiere que podría haber vivido otra docena de años si no hubiera ido a «ese París perverso, donde siempre están teniendo revoluciones». La narradora dice lo que verdaderamente siente, y después de que la visitante se marcha, reflexiona que la señorita Matty recibió la noticia con mucha calma, aunque solo mediante un enorme esfuerzo por disimularlo.

Duelo y ocultación

Miss Matty continúa ocultando sus sentimientos incluso ante la narradora, y nunca más vuelve a mencionar al señor Holbrook, aunque el libro que él le regaló descansa junto a su Biblia en la mesa de noche. Intenta encargar a la pequeña sombrerera unos gorros similares a los que usa la Honorable Señora Jamieson, pero se detiene de golpe cuando la sombrerera le hace notar que la señora Jamieson lleva gorras de viuda. Este esfuerzo por disimular marca el comienzo de aquel tembloroso movimiento de cabeza y manos que la narradora no ha dejado de observar desde entonces.

Un acto de bondad

La noche de la muerte del señor Holbrook, la señorita Matty llama a Martha de vuelta después de los rezos y, tras una larga pausa, comienza: «¡Martha! Eres joven». Martha termina el pensamiento indicando su edad: veintidós años, y la señorita Matty le informa que, si bien en otro tiempo prohibió los pretendientes, si conoce a un joven respetable que le agrade, puede decírselo a su señora y él podrá visitarla una vez por semana. Añade en voz baja: «Dios no permita que yo apene a ningún corazón joven», hablando como si dispusiera para alguna remota contingencia, sobresaltada cuando Martha responde con entusiasmo que está Jem Hearn, un carpintero que gana tres chelines y seis peniques al día, que mide seis pies y una pulgada sin zapatos, y por quien todos darán fe de que es formal. La señorita Matty se rinde al destino y al amor, permitiéndole a la mujer más joven la felicidad que a ella misma le fue negada.

CAPÍTULO V.

En esta sección, la narradora y la señorita Matty Jenkyns emprenden la melancólica tarea de clasificar y destruir las viejas cartas familiares guardadas en fajos amarillentos por el paso del tiempo. La señorita Matty, que es extremamente económica con las velas y debe mantener siempre dos del mismo largo listas para encenderlas en cualquier momento, decide una noche que las cartas deben ser quemadas antes de que caigan en manos de desconocidos, aunque tiene que armarse de valor para llevar a cabo la tarea. Comienzan con la correspondencia más temprana entre los padres de la señorita Matty —su padre, el rector de Cranford, y su madre, Molly— que data de antes de su matrimonio en julio de 1774 y revela la naturaleza sorprendentemente apasionada y afectuosa del rector, muy distinta del formal estilo johnsoniano de sus sermones publicados. Las cartas de la madre, en cambio, muestran a una joven práctica más preocupada por conseguir un vestido blanco de Paduasoy para su ajuar que por expresar sentimientos románticos. Tras leer varios fajos en voz alta juntas, la señorita Matty arroja cada carta al fuego una por una, observando el humo pálido y fantasmal que sube por la chimenea, aunque sus Anteojos a menudo necesitan que se los limpie, ya que las lágrimas se deslizan por sus mejillas curtidas. La sección concluye con una conmovedora nota de Peter Marmaduke Arley Jenkyns, escrita con prisa y letra temblorosa después de alguna travesura en la escuela, suplicándole a su madre que no se pusiera enferma por su culpa, que la señorita Matty rescata de las llamas y guarda como algo sagrado en su propia habitación, lamentando que "el pobre Peter" siempre se metía en líos y se dejaba llevar con demasiada facilidad por los demás.

Economías personales

El capítulo se abre con una reflexión sobre las economías personales—aquellos hábitos cuidadosos de ahorrar fracciones de centavos que diferentes individuos desarrollan. El narrador describe varios ejemplos extravagantes: un anciano caballero que se preocupaba más por el papel desperdiciado que por la quiebra de su banco, otro que volteaba los sobres para reutilizarlos, una persona afligida porque otros tomaban demasiada mantequilla. El narrador confiesa que la cuerda es su propia debilidad, coleccionando y acumulando pequeñas madejitas, y sintiéndose genuinamente molesto cuando otros cortan la cuerda en lugar de desatarla pacientemente. Estas pequeñas economías revelan el carácter y causan más angustia que las extravagancias reales.

Las velas de la señorita Matty

Miss Matty Jenkyns era notablemente tacaña con las velas. La casa empleaba diversos recursos para usar la menor cantidad posible, y Miss Matty se sentaba a tejer a la luz del fuego durante las tardes de invierno en lugar de encender velas. Ella llamaba a esta práctica "guardar la fiesta del ciego". Solo ardía una vela a la vez, aunque se tenían dos listas para dar la apariencia de que siempre ardían dos. Miss Matty vigilaba habitualmente la vela, lista para apagarla y encender la otra antes de que se consumieran demasiado desigualemente. Una tarde, el narrador se cansó de esta economía mientras Miss Matty se quedaba dormida, soñando con personas fallecidas hacía mucho tiempo. Cuando Martha trajo el té y la vela, Miss Matty se sobresaltó al despertar con una mirada perpleja. Después del té, se levantó a buscar las viejas cartas de la familia en la oscuridad, siendo muy detallista con no desperdiciar velas incluso para los arreglos de la habitación.

Las cartas familiares

Miss Matty regresó con fajos de cartas familiares antiguas que aún conservaban el tenue aroma de las habas tonka, una fragancia asociada con su difunta madre. Las cartas iban dirigidas a la madre: fajos amarillentos de correspondencia de sesenta o setenta años de antigüedad. Miss Matty y la narradora convinieron en revisarlas juntas, tomando cada una cartas diferentes del mismo fajo y describiendo el contenido antes de destruirlas. La narradora reflexiona que aquel era un trabajo triste, aunque las cartas eran alegres: estaban llenas de momentos presentes vívidos e intensos que parecían permanentes, y expresaban la calidez de corazones vivos que nunca morirían. Las lágrimas de Miss Matty resbalaban por los surcos ya gastados de sus mejillas mientras trabajaban, aunque ella aún recordaba sus pequeñas costumbres de ahorro incluso en medio de su aflicción.

Cartas de noviazgo

Las cartas más antiguas eran entre los padres de la señorita Matty antes de su matrimonio en julio de 1774. El rector de Cranford tenía alrededor de veintisiete años, y su novia apenas dieciocho. Su correspondencia difería notablemente: las cartas de él eran entusiastas y apasionadas, con frases cortas y sencillas que brotaban frescas del corazón, muy diferentes de su posterior estilo sermoneador latinizado y johnsoniano. Las cartas de su novia revelaban fastidio ante sus demandas de expresiones de amor y confusión ante sus reiteraciones, mientras se centraban principalmente en deseos de vestidos, en particular un "Paduasoy" blanco. Ella quería que él expresara sus preferencias por los adornos para poder mostrar las respuestas a sus padres. Finalmente, él pareció comprender que ella no se casaría hasta quedar satisfecha con su ajuar, y le envió una caja de galas con una carta pidiéndole que se vistiera con todo lo que su corazón deseara. Esta primera carta estaba anotada como "De mi más querido John". Poco después se casaron, como lo indicaba la interrupción en su correspondencia.

La Exhortación del Abuelo

Una carta del venerable abuelo ofrecía felicitación y amonestación con motivo de un nacimiento, presentando una severa imagen de las responsabilidades maternales y advertencias sobre los males que acechaban al recién nacido. El anciano caballero explicó que su esposa no podía escribir debido a un esguince de tobillo que le impedía sostener una pluma. Sin embargo, una pequeña "V." al pie de la página revelaba su propia nota a "mi querida, queridísima Molly" con consejos prácticos sobre subir las escaleras antes que bajarlas y mantener los pies del bebé calientes con franela a pesar de ser verano, ya que los bebés eran tan delicados. La correspondencia entre la joven madre y la abuela mostraba cómo su vanidad juvenil era arrancada por el amor a su bebé, con el blanco "paduasoy" reinventado como una capa de bautismo.

Cartas Maternas

Después de que se publicara el sermón del rector, la correspondencia entre el marido y la mujer pasó de "Mi queridísimo John" a "Mi Honrado Esposo". Las cartas que él escribió durante un viaje a Londres para supervisar la publicación mostraban que estaba en un tono literario muy elevado, recurriendo al latín e incluso componiendo poesía clásica en la que su Molly aparecía como "María". Su esposa escribía cartas más satisfactorias en las que describía cómo Deborah cosía con esmero y leía los libros que él le había señalado, mientras que Matty seguía siendo la niña de los ojos de su madre. La bondadosa abuela había muerto ya para cuando nació un niño, pero el abuelo envió otra carta admonitoria más severa, advirtiendo contra las trampas del mundo y describiendo varios pecados en los que los hombres podían caer.

Las Cartas del Rector

El rector mantuvo una extensa correspondencia con su esposa durante su ausencia en Londres para publicar su sermón, el evento representado en el cuadro del comedor-sala. Consultó a muchos amigos antes de elegir a J. y J. Rivingtons como impresores. Sus cartas mostraban pretensión literaria, y terminaban con citas en latín para su esposa, cuya gramática y ortografía inglesas eran a veces defectuosas. Las cartas que ella le enviaba de vuelta, las cuales él atesoraba como si fueran las cartas de Cicerón, describían a los pobres de la parroquia, los remedios caseros administrados y las medicinas de cocina que ella había enviado. Ella utilizaba su disgusto como un azote sobre los holgazanes, y administraba las vacas y los cerdos, aunque él no siempre le proporcionaba las instrucciones que ella solicitaba.

Las Cartas de Deborah

La señorita Matty se demoraba con las cartas de la señorita Jenkyns, reacia a quemarlas, pues eran "tan superiores". Creía que cualquiera podría beneficiarse de leerlas, habiendo llegado a pensar que Deborah podría estar a la altura de los escritos de la señora Chapone. Se preguntaba por qué la gente estimaba tanto las cartas de la señora Carter solo porque había escrito "Epicteto", segura de que Deborah jamás emplearía una expresión tan vulgar como "no puedo ser molestada". La señorita Matty leía estas cartas en voz alta con el énfasis adecuado, necesitando una segunda vela para no tropezar con las palabras largas. Las cartas estaban redactadas en un estilo más tardío que la correspondencia anterior, en pliegos cuadrados con su letra y palabras de muchas sílabas colmando las páginas, seguidas del orgullo del tachado. La señorita Matty leyó "Herodes, Tetrarca de Idumea" como "Herodes Petrarca de Etruria" y quedó igualmente satisfecha de cualquier modo.

Cartas de Newcastle

Alrededor de 1805, la señorita Jenkyns visitó a unos amigos cerca de Newcastle-upon-Tyne, que tenían amistad íntima con el comandante de la guarnición. Sus cartas describían los preparativos para repeler la invasión napoleónica, que algunos temían que pudiera producirse en la desembocadura del río Tyne. Escribía sobre familias que preparaban bultos de ropa listos para huir hacia Alston Moor, y sobre las señales para la evacuación simultánea y la movilización de voluntarios, que consistían en el tañido lúgubre de las campanas de la iglesia. Durante una cena en Newcastle, se dio efectivamente esta señal de advertencia, y ella describió la conmoción y la alarma que dejaban sin aliento, señalando después cuán triviales parecían aquellos recelos a las "mentes serenas e indagadoras". La señorita Matty interrumpió para decir que aquellos miedos no eran triviales en aquel momento: ella se despertaba creyendo oír a los franceses entrando en Cranford. El rector predicó dos tandas de sermones con aquel motivo: sermones matutinos sobre David y Goliat para enardecer la lucha, y sermones vespertinos que demostraban que Napoleón era un Apolión y un Abadón.

Cartas escolares de Peter

Peter Marmaduke Arley Jenkyns estaba en la escuela en Shrewsbury durante el período de Newcastle. El rector tomó su pluma y repasó su latín para cartearse con su hijo, cuyas cartas eran muy pretenciosas e intelectualoides, llenas de citas clásicas, aunque la naturaleza animal asomaba de vez en cuando en peticiones como: «Querida mamá, mándame un pastel y ponle abundante cidra confitada». Las cartas del rector a Peter incluían pasajes como «Bonus Bernardus non videt omnia» de los Proverbia. El «pobre Peter» se metía con frecuencia en líos y escribía rebuscadas cartas de penitencia. Entre ellas había una nota mal escrita, mal sellada, mal dirigida y llena de borrones: «Mi queridísima, queridísima, queridísima madre, seré un niño mejor; lo seré, de verdad; pero no te pongas enferma por mí, por favor; no lo valgo; pero seré bueno, madre querida». Miss Matty no podía ni hablar de lo mucho que lloró al leer esta nota. La guardó en sus rincones sagrados antes que permitir que se quemara, reflexionando que Peter siempre andaba metido en líos, demasiado fácil de engañar y de llevar por mal camino, pero incapaz de resistirse a una broma.

CAPÍTULO VI.

La carrera de Peter en la Escuela de Shrewsbury le valió fama de gran bromista más que honores académicos, y su afición por gastarles pesadas a los vecinos de Cranford finalmente condujo a un terrible incidente cuando se vistió con la ropa de su hermana Deborah y fingió ser un bebé en el jardín, donde su padre lo descubrió y lo azotó públicamente ante los habitantes del pueblo congregados. La vergüenza de esta humillación pública, sumada a la ira de su padre, impulsó a Peter a huir a Liverpool y alistarse en la Armada, y aunque su madre murió al cabo de un año de su partida, Peter sí regresó una vez en calidad de teniente antes de desaparecer durante una guerra en la India, dejando a su familia sumida en una pobreza digna y a la señorita Matty aguardando todavía unos pasos que a veces imagina escuchar en la calle de afuera.

Carrera esperada

El futuro de Peter fue trazado por amigos bondadosos: obtener honores en la Escuela de Shrewsbury, llevarlos en abundancia a Cambridge, y luego recibir un beneficio eclesiástico como clérigo de manos de su padrino, Sir Peter Arley. Sin embargo, su suerte en la vida resultó ser muy distinta de lo que sus amigos habían esperado y planeado.

Vida escolar

Peter era el consentido de su madre, mientras que Deborah era la favorita de su padre. El único honor que Peter trajo de Shrewsbury fue la fama de ser el mejor compañero y capitán de la escuela en lo referente a bromas prácticas. Su padre, decepcionado pero decidido, intentó ayudarlo a estudiar latín en casa con diccionarios y léxicos. La señorita Matty recordaba a su madre de pie cerca de la puerta del estudio, escuchando para evaluar si las lecciones iban bien.

Bromas pesadas

A Peter le gustaba bromear y burlarse de la gente de Cranford, que no apreciaba que les gastaran bromas. Solía decir que las ancianas del pueblo necesitaban algo de qué hablar. Una broma memorable consistió en que Peter se disfrazó de una dama de paso por la localidad que deseaba ver al Rector por su "admirable sermón de las Asambleas Judiciales". Su padre se ofreció a copiarle todos sus sermones sobre Napoleón Buonaparte, sin saber que la dama era el propio Peter. Peter estuvo aterrorizado durante toda la farsa, y después tuvo que copiar los doce sermones como castigo.

El truco del jardín

Cuando Deborah estaba fuera de casa, Peter se vistió con su viejo vestido, su chal y su sombrero —la indumentaria con la que se la conocía por doquier en Cranford—. Dispuso una almohada a manera de bebé envuelto en ropas blancas largas y se paseó de un lado a otro por el paseo de los Filbert, meciendo la almohada y diciéndole tonterías. Se congregó una multitud de unas veinte personas, que se asomaban curiosamente a través de las verjas del jardín. Su padre, al ver la multitud, pensó al principio que estaban admirando un nuevo rododendro. Cuando miró él mismo a través de las verjas, vio a Peter y montó en cólera. Lo agarró, le arrancó el disfraz, arrojó la almohada entre la gente y lo azotó públicamente con su bastón.

La desaparición de Pedro

Después de ser azotado, Peter regresó a la casa luciendo "como un hombre, no como un muchacho". Le dijo a su madre "Dios te bendiga por siempre" y la besó para despedirse antes de partir. Su madre presentía que algo andaba mal, pero no lograba entenderlo. Los registros de la casa y los terrenos resultaron infructuosos. Peter se había abierto paso hasta Liverpool, donde la guerra arreciaba, y se ofreció a los barcos del rey que se hallaban anclados frente a la desembocadura del Mersey.

La búsqueda

Los padres de Peter buscaron en la antigua rectoría sin descanso, llamándolo por su nombre. Los gritos de su madre se volvieron más fuertes y desgarradores a medida que avanzaba la tarde, hasta que finalmente comprendió que el largo beso significaba una triste despedida. Su padre se sentó con la cabeza entre las manos, enviando mensajeros en todas direcciones. Aquella noche, la anciana Clare preguntó si deberían dragar los estanques esa misma noche o esperar hasta la mañana, una sugerencia horripilante que provocó que la señorita Matty soltara una carcajada antes de desplomarse en alaridos. Al día siguiente, Deborah regresó a casa. No había noticias de Peter, lo cual trajo cierto alivio.

Cartas de Pedro

Peter había escrito a su madre desde Liverpool, lleno de amor, dolor y orgullo por su nueva profesión. Le suplicó que fuera a verlo antes de partir del Mersey: «Madre; puede que vayamos a la batalla. Espero que así sea, y les demos una paliza a esos franceses: pero debo verla de nuevo antes de ese momento». La señora Jenkyns también había escrito una carta suplicante a Peter, con la esperanza de que este hubiera ido a la casa de un viejo amigo de la escuela, pero le fue devuelta sin abrir y así permaneció desde entonces.

Demasiado tarde para la despedida

La carta del capitán convocaba a Peter Walter a Liverpool de inmediato para ver a su hijo, pero se había demorado de alguna manera. Cuando la familia partió en su propio calesín, ya que todos los caballos de posta habían ido a las carreras, llegaron demasiado tarde: el barco ya había zarpado. La madre de Peter llegó demasiado tarde para despedirse de su hijo.

Muerte de la madre

La madre de Peter jamás se recuperó del golpe. Nunca había sido fuerte, y aquello la debilitó terriblemente. Sonreía a su marido y lo consolaba sin palabras, hablando de cómo Peter pronto sería almirante y de lo adecuado que resultaba para marinero en lugar de clérigo—esforzándose por hacerle creer que estaba contenta con el desenlace. Pero lloraba amargamente a solas. No sobrevivió ni un año después de que Peter se marchó. El mismísimo día después de su muerte, llegó un paquete de la India que contenía un suave chal blanco indio con un borde estrecho—justo lo que a ella le habría gustado. El padre de Peter declaró que debía ser enterrada envuelta en él, pues Peter querría que tuviera ese consuelo. Yacía sonriendo en la muerte, y todo Cranford acudió a verla.

Cuidado de Deborah

En el funeral de su madre, Deborah declaró que jamás se casaría ni abandonaría a su padre. Se convirtió en su compañera constante, leyendo, escribiendo, copiando y gestionando los asuntos de la parroquia. Incluso redactaba cartas al obispo en su nombre. Aunque era más capaz de lo que lo había sido su madre, a su padre le faltaba muchísimo su esposa. Miss Matty hizo cuanto pudo para liberar a Deborah y permitirle estar con él, sabiendo que su mejor labor era ocuparse de pequeños recados discretos.

Regreso de Peter

Pedro volvió a casa en una ocasión, como teniente. Él y su padre se hicieron grandes amigos; el padre lo llevaba a cada casa de la parroquia, tan orgulloso de él, sin salir nunca a la calle sin apoyarse en el brazo de Pedro. Luego Pedro volvió a hacerse a la mar, y más tarde murió su padre, bendiciendo a ambas hijas y agradeciéndole a Deborah por todo lo que había sido para él. Sus circunstancias cambiaron, y se mudaron de la rectoría a una casita, contentas con tener una criada que hacía de todo.

Separación final

Alguna gran guerra estalló en la India, y desde entonces no han vuelto a tener noticias de Peter. La señorita Matty cree que ha muerto, aunque nunca ha llevado luto por él. A veces, cuando se queda sentada a solas y la casa está en silencio, cree escuchar sus pasos subiendo por la calle, y el corazón le late con fuerza y se le agita—pero el sonido siempre pasa de largo, y Peter nunca llega.

CAPÍTULO VII.

La señorita Betty Barker llega a casa de la señorita Matty para extenderle una invitación a tomar el té; su visita está motivada por el deseo de hacer gala de la distinguida elegancia que ha cultivado desde su retiro del negocio de la sombrerería. En la reunión, la estricta jerarquía social de Cranford se pone de manifiesto cuando la señorita Barker elabora cuidadosamente su lista de invitados, excluyendo a la señora Fitz-Adam de la compañía de las damas respetables pese a sus acomodadas circunstancias, y la velada discurre entre refrigerios esmerados, partidas de naipes interrumpidas por la somnolencia de la señora Jamieson, y la revelación de que Lady Glenmire visitará Cranford próximamente, unas ocasiones que ponen de relieve tanto la comicidad como el patetismo de la preocupación del pueblo por el rango y la respetabilidad.

El visitante de la mañana

Una mañana, Miss Matty y la narradora se sientan a sus labores antes del mediodía. Miss Matty sigue usando la cofia con cintas amarillas que perteneció a Miss Jenkyns, poniéndose su imitación de la cofia de la señora Jamieson únicamente cuando espera ser vista. Martha anuncia que Miss Betty Barker ha venido a hablar con Miss Matty, quien rápidamente desaparece para cambiarse el tocado.

La doble gorra

Miss Matty regresa habiendo olvidado sus gafas y, turbada por lo inusitado de la hora de la visita, aparece con un gorro colocado encima de otro. Permanece completamente ajena a su peculiar aspecto, mirando a sus visitantes con satisfacción apacible. Miss Barker, absorta en su recado, no se percata del doble tocado.

La sombrerería de la señorita Betty Barker

La señorita Betty Barker era la hija del viejo escribano que sirvió en la época del señor Jenkyns. Ella y su hermana habían trabajado como doncellas de señora y habían ahorrado lo suficiente para establecer una sombrerería frecuentada por las damas del vecindario. Las Barker se limitaban a la "clientela aristocrática" y se negaban a vender a clientas sin pedigrees adecuados. A pesar de su selectividad, prosperaron gracias a la abnegación y la buena conducta, lo que finalmente permitió a la señorita Betty jubilarse y tener su propia vaca, una señal de respetabilidad en Cranford.

La invitación al té

La señorita Betty Barker ha venido a invitar a la señorita Matty a tomar el té en su casa el martes siguiente. También le hace una invitación improvisada a la narradora, aunque alberga el temor de que el padre de la narradora pudiera haberse dedicado a «ese horrible comercio del algodón» y haber arrastrado a su familia hacia abajo desde la sociedad aristocrática. La señorita Betty transmite su invitación con una modestia agobiante y un sinfín de disculpas.

La lista de invitados selectos

La señorita Matty pregunta por la lista de invitados y se entera de que la señora Jamieson ha aceptado asistir con su perro Carlo, y de que también se invitará a la señorita Pole y a la señora Forrester. Cuando la señorita Matty menciona a la señora Fitz-Adam, la señorita Barker declara que debe «trazar una línea en alguna parte», pues considera a la señora Fitz-Adam una compañía inapropiada para damas como la señora Jamieson y la señorita Matilda Jenkyns. La señorita Matty, sin embargo, se interesa más por la habilidad de la señora Forrester como jugadora de cartas.

La visita de la señorita Pole

Esa tarde, la señorita Pole llega para hablar sobre la invitación con la señorita Matty. Señala que la señorita Betty tiene la intención de invitar a «unos pocos selectos y escogidos», confirmando que incluso la señora Fitz-Adam ha sido excluida de la reunión.

El estatus de la señora Fitz-Adam

La señora Fitz-Adam, antes la señorita Mary Hoggins, es la hermana viuda del señor Hoggins, el cirujano de Cranford. Aunque su familia eran respetables granjeros, ella desapareció tras casarse con el señor Fitz-Adam y reapareció en Cranford como una viuda acaudalada tras la muerte de este. Si bien la mayoría de las damas de Cranford terminaron por visitarla, la señora Jamieson mantiene su dignidad al no reconocer jamás su presencia en las fiestas, a pesar de las persistentes atenciones de la señora Fitz-Adam.

La llegada a casa de la señorita Barker

La noche señalada, varias damas en calesas llegan a la puerta de la señorita Barker. Los niños curiosos de Cranford interrumpen sus juegos para observar la solemne procesión. Dentro, susurros apresurados y una tos peculiar delatan los preparativos, y una doncella de ojos redondos hace pasar a las invitadas a lo que antes fuera la tienda, ahora convertida en un vestidor. Las damas se componen y suben por la escalera hasta el salón, donde la señorita Barker aguarda tan majestuosa como siempre.

La velada de cartas

Después del té, surge un dilema, ya que hay que acomodar a seis invitados para los juegos de cartas: cuatro podrían jugar al Preference mientras que los demás jugarían al Cribbage. Sin embargo, la señora Jamieson, abrumada por el calor de la habitación y tentada por un cómodo sillón, comienza a cabecear a pesar de sus esfuerzos por mantenerse despierta. La señorita Barker susurra a sus oponentes en la mesa de cartas que la aparente comodidad de la señora Jamieson es un gran halago para su humilde morada. El narrador recibe unos libros de moda antiguos para hojear mientras Carlo ronca a los pies de la señora Jamieson.

Cena y Revelación

Una segunda bandeja llega con una abundante cena, que incluye ostras gratinadas, langostas en conserva, gelatina y un plato llamado "pequeños Cupidos". La señorita Barker ofrece brandy de cereza, que ninguna de las damas ha probado antes. Después de degustarlo, la señora Jamieson —que ahora se ha "despertado"— revela que su cuñada, Lady Glenmire, viene a quedarse con ella, lo que provoca una gran emoción entre las invitadas ante los próximos eventos sociales.

La Silla de Manos

Al concluir la tarde, la silla de manos de la señora Jamieson aguarda en el angosto vestíbulo de la señorita Barker. Los veteranos silleteros, que de día son zapateros, maniobran con dificultad el engorroso transporte a través de la estrecha puerta. Las damas se ajustan sus capotas mientras la señorita Barker se afana ofreciéndoles su ayuda antes de que las visitantes partan hacia la silenciosa y pequeña calle.

CAPÍTULO VIII.

La señorita Pole llega a casa de la señorita Matty para preguntar cómo se debe dirigir correctamente a Lady Glenmire, una paresa recién llegada a Cranford, y se encuentran bastante inciertas sobre las formas correctas de etiqueta, recordando solo que a Lady Arley se le trataba de «Milady» y a su esposo de «Sir Peter». La cuestión de la deferencia debida a la nobleza causa considerable agitación entre las damas de Cranford, y la señorita Matty queda perpleja ante las complejidades sociales que implica dirigirse a alguien de rango superior. Esta incertidumbre sienta las bases para las maniobras sociales y el orgullo herido que caracterizarán las preocupaciones centrales del capítulo. La señora Jamieson visita posteriormente a la señorita Matty con un encargo poco amable, dejando claro que no desea que las damas de Cranford visiten a su cuñada, evidentemente deseando preservar el acceso exclusivo a Lady Glenmire para sí misma y mantener las apariencias ante su noble pariente. La señorita Pole regresa roja de indignación al conocer este desaire, descubriendo en la Guía de la Nobleza de la señora Forrester que Lady Glenmire es meramente la viuda de un par escocés que nunca se sentó en la Cámara de los Lores y que probablemente es bastante pobre, siendo solo la quinta hija de un tal señor Campbell. Esta revelación inflama el orgullo herido de la señorita Pole, particularmente porque había encargado una nueva cofia con la expectativa de visitar a la paresa. A pesar de su indignación inicial, las damas finalmente aceptan la posterior invitación de la señora Jamieson a una fiesta, argumentando la señorita Pole que permitir que la grosería de la señora Jamieson las afectara estaría por debajo de su dignidad y le concedería demasiada importancia. Llegan a casa de la señora Jamieson con sus mejores cofias y una extraordinaria exhibición de broches, encontrando al imponente señor Mulliner, que espera en el vestíbulo con su cabello empolvado y su comportamiento de madera, habiendo retenido el St James's Chronicle para los otros suscriptores. Dentro, encuentran que Lady Glenmire es una mujer brillante y agradable de mediana edad que habla con un marcado acento escocés y cuyo vestido completo podría comprarse por diez libras, una revelación que las reconcilia parcialmente con la decepción de descubrir que no es la gran dama que habían imaginado. La fiesta continúa con cierta incomodidad inicial mientras las damas luchan por encontrar temas de conversación dignos de la nobleza, conformándose finalmente con temas ordinarios después de que Lady Glenmire proponga más pan con mantequilla. Lady Glenmire demuestra ser una excelente jugadora de cartas, conociendo a la perfección el Preference, el Ombre y el Cuadrille, y la distancia formal se disuelve gradualmente en genuina sociabilidad. La señora Forrester relata un divertido cuento sobre cómo salvó su valioso encaje antiguo de un gato que se lo había tragado, tratando a Lady Glenmire con la misma confianza íntima que compartiría entre amigas cercanas. La velada termina con el descubrimiento de que Lady Glenmire se quedará en casa de la señora Jamieson por una visita prolongada, y las damas se marchan a pie a pesar de la pregunta de la señora Jamieson sobre si caminar resulta desagradable, sintiendo sus percepciones exquisitamente refinadas después de su encuentro con la nobleza.

Su Señoría

La mañana siguiente a la llegada de la señorita Pole a casa de la señorita Matty, aquella plantea una cuestión sobre las formas adecuadas de dirigirse a Lady Glenmire, la nueva viuda del hermano mayor del señor Jamieson. La señorita Pole no tiene claro si debe usar «Su Señoría» donde a la gente común se le diría «usted», o «Mi Lady» en lugar de «Señora». La señorita Matty no logra recordar cómo se dirigían a Lady Arley, pues ocurrió hace ya tanto tiempo. Las dos damas deciden consultar a la señora Forrester, aunque la señorita Matty reconoce que necesitaría practicar la fórmula correcta con alguien antes de emplearla con Lady Glenmire.

La Insinuación de la Señora Jamieson

La señora Jamieson llega con un encargo descortés, dejando claro, sin llegar a decirlo abiertamente, que no desea que las señoras de Cranford visiten a su noble cuñada. Desea aparentar ante lady Glenmire que solo visita a familias del «condado». La señorita Matty, siendo ella misma una verdadera dama, no acaba de comprender este sentimiento y recibe la insinuación con serena dignidad, sin sentirse ofendida ni desaprobarlo conscientemente. La señora Jamieson es la más turbada de las dos y se alegra de marcharse.

La indignación de la señorita Pole

Miss Pole regresa roja e indignada, tras haberse encontrado con la señora Jamieson en el camino. Está frustrada por no haber pensado en algo agudo y sarcástico que decir. Declara que Lady Glenmire es simplemente la viuda de un barón escocés que nunca se sentó en la Cámara de los Lores y es tan pobre como Job, siendo solo la quinta hija de un tal señor Campbell. La señorita Pole revela que ya ha encargado un nuevo tocado en preparación para visitar a Lady Glenmire y declara que la señora Jamieson verá que no puede ser excluida tan fácilmente.

Domingo en la iglesia

Lady Glenmire hace su primera aparición en la iglesia, y las damas de Cranford deliberadamente hablan entre ellas y dan la espalda a la señora Jamieson y a su invitada, negándose incluso a mirarla a pesar de su gran curiosidad. Más tarde, interrogan a Martha, quien observó a Lady Glenmire de cerca. Martha informa que la pequeña dama llevaba un viejo vestido de seda negro y una capa de tartán de pastor, tenía unos ojos negros muy brillantes, una cara agradable y afilada, y parecía más joven que la señora Jamieson. Martha la compara con la señora Deacon del Coach and Horses, comparación que la señorita Pole aprueba.

La invitación a la fiesta

La señora Jamieson envía invitaciones para una pequeña fiesta el martes siguiente, entregadas por el señor Mulliner en su cesta con tres notas. La señorita Matty y la narradora inicialmente planean declinar, usando como excusa la actividad habitual de la señorita Matty de los martes por la noche: hacer encendedores de vela con las notas y cartas de la semana. Sin embargo, llega la señorita Pole con su propia invitación y argumenta que deberían asistir en lugar de darle a la señora Jamieson la satisfacción de pensar que su comportamiento causó ofensa. El nuevo tocado de la señorita Pole la convence de adoptar el principio cristiano de "perdonar y olvidar", y convence a la señorita Matty de que comprar un tocado nuevo y asistir es su deber como hija de un rector. Aceptan la invitación.

Gorros nuevos

En Cranford, el gasto en vestimenta se centra principalmente en los tocados. Las damas se visten con casta elegancia y decoro, luciendo vestidos antiguos con cuellos blancos, numerosos broches y nuevos tocados a la moda. Para la fiesta, la señora Forrester, la señorita Matty y la señorita Pole aparecen con tres nuevos tocados y una variedad sin precedentes de broches. La señorita Pole, ella sola, lleva siete broches, entre ellos una mariposa hecha de guijarros escoceses, distribuidos entre su tocado, su pañuelo de encaje para el cuello, el cuello, la pechera del vestido y el petral.

El señor Mulliner

La señora Jamieson vive en una casa grande a las afueras del pueblo donde el sol nunca da en la fachada, ya que las salas de estar dan al jardín de atrás. El señor Mulliner, su sirviente, se sienta junto a la ventana del frente leyendo el St James's Chronicle, lo cual explica el retraso del periódico en llegar a las señoras, aunque la señora Jamieson siempre lo lee primero. El señor Mulliner ignora la existencia de las puertas traseras, llama más fuerte que su señora, y espera en el vestíbulo aun cuando le dicen que no lo haga, y luego se muestra ofendido. Solo habla en monosílabos roncos y nunca relaja su expresión de madera, pareciéndose a una cacatúa malhumorada. La señorita Pole le guarda rencor por leer el Chronicle mientras ellas pasan.

La fiesta del té

El salón de la señora Jamieson está alegre con el sol vespertino y las flores, amueblado en blanco y oro con muebles de patas rectas. Lady Glenmire salva la situación al colocar a los invitados de un modo agradable más que formal, y las damas observan que su anfitriona no puede arreglárselas sin la ayuda del señor Mulliner. Lady Glenmire resulta ser una mujer vivaz de mediana edad, de aspecto agradable aunque ya no joven, que lleva un vestido de tan solo diez libras, encaje incluido. La señorita Pole intenta entablar conversación con ella mediante una pregunta sobre la Corte, pero Lady Glenmire nunca ha estado allí, pues durante su vida de casada rara vez había salido de casa. El té se retrasa porque el señor Mulliner debe terminar el Chronicle, y cuando por fin llega, la señora Jamieson alimenta primero a su perro Carlo. Las diminutas pinzas de filigrana para el azúcar apenas logran sujetar los minúsculos terrones, y las damas solo reciben leche mientras que Carlo obtiene crema.

La anécdota del encaje

Después del té, la conversación se anima con pan y mantequilla, y la señora Forrester comparte una historia sobre su encaje antiguo y fino, una reliquia de tiempos mejores. Ella misma lo lava usando una receta a base de leche, y una vez sorprendió a su gata Puss bebiendo la leche en la que estaba remojando el encaje. Cuando la gata se tragó el encaje, la señora Forrester le dio un emético de tártaro mezclado con jalea de grosellas, la metió en una de las botas altas del señor Hoggins para inmovilizarla, y esperó ansiosamente hasta que el encaje reapareció. Luego el encaje se remojó, se extendió sobre un arbusto de lavanda al sol, y finalmente se recuperó.

Percepciones refinadas

Lady Glenmire anuncia que se quedará durante una larga visita, habiendo abandonado sus aposentos de Edimburgo. Las damas se muestran complacidas, pues la encuentran agradable y muy alejada de la vulgaridad de la riqueza. Mientras se disponen a marcharse, la señora Jamieson pregunta si les resulta molesto caminar —ella siempre viaja en silla de manos. Las respuestas son de pura cortesía, y la señorita Matty se muestra particularmente elocuente al hablar de las estrellas. Cuando Lady Glenmire le pregunta si es aficionado a la astronomía, la señorita Matty confiesa que jamás pudo creer que la tierra se moviera sin cesar, pues eso le hacía sentirse cansada y mareada. Las damas regresan a casa sobre sus zuecos, con sus percepciones refinadas y delicadas tras haber tomado el té con la nobleza.

CAPÍTULO IX.

Poco después de que la narradora regresa a Cranford tras la enfermedad de su padre, recibe una enigmática carta de la señorita Matty en la que describe los preparativos para un entretenimiento local—concretamente, una función de magia a cargo del Signor Brunoni en los Salones de Asambleas de Cranford. La enmarañada carta de la señorita Matty también revela su deseo secreto de poseer un gorrito estilo turbante de color verde mar, y la narradora le lleva en su lugar una ofrenda más modesta. La señorita Pole cuenta haberse topado con el propio conjurador en la posada El Jorge, describe su gracioso inglés entrecortado y señala que él le impidió asomarse detrás de las pantallas donde se estaban llevando a cabo los preparativos. Cuando llega la noche de la función, las damas de Cranford asisten con gran pompa, ocupando sus asientos en las primeras filas y manteniendo un aire de reserva aristocrática. El Gran Turco que aparece en primer lugar decepciona a la señorita Pole, quien insiste en que no puede tratarse del verdadero Signor Brunoni, pues lleva barba y el mentón cubierto, en lugar de parecer un caballero respetable y bien afeitado. Los trucos desconciertan a la señora Forrester y a la señorita Matty, quienes empiezan a sentir cierta inquietud ante la duda de si asistir a semejantes entretenimientos resulta del todo apropiado para personas de su posición.

Regreso a Cranford

Después de ser convocada en casa debido a la enfermedad de su padre y pasar un tiempo en la costa, la narradora regresa a casa a fines de noviembre. Durante esta ausencia, no ha podido recibir noticias de Cranford. Al regresar, recibe una misteriosa carta de la señorita Matty.

La misteriosa carta de la señorita Matty

La carta de Miss Matty se describe como muy misteriosa, con muchas frases comenzadas pero no concluidas, que se mezclan confusamente unas con otras. La carta menciona advertencias acerca de usar abrigos largos, que los turbantes están de moda, y una muestra de alegría que rivalizaría con los leones de Wombwell. Miss Matty desea un nuevo gorro y menciona la llegada del Signor Brunoni, quien exhibirá su maravillosa magia en las Salas de Asamblea de Cranford el miércoles y el viernes de la semana siguiente.

El gorro en lugar del turbante

La narradora acepta la invitación de la señorita Matty y compra una bonita y elegante cofia de señora madura para evitar que la señorita Matty se pusiera un turbante. Al llegar, la señorita Matty examina la caja de la cofia con la esperanza de encontrar un turbante verde mar dentro. Expresa una callada decepción, señalando que la cofia se parece a lo que todas las damas de Cranford han estado usando durante un año, y habría preferido algo más nuevo, más parecido a los turbantes de la reina Adelaida. Se resigna a la cofia, pues el color lavanda es preferible al verde mar.

El encuentro de la señorita Pole con el prestidigitador

La señorita Pole, conocida por sus paseos matutinos y por su habilidad para reunir información, relata su aventura a las damas reunidas. Mientras se encontraba en la posada del George, se adentró en el pasillo que conducía al Salón de Asambleas, donde observó los preparativos para el espectáculo de magia. Conoció a un caballero que hablaba un inglés bastante defectuoso, que más tarde resultó ser el mismísimo Signor Brunoni. Ella describe haberlo encontrado dos veces en lugares a los que él no habría podido llegar por medios ordinarios, señalando su elegante reverencia y sus corteses modales extranjeros.

Preparativos para el espectáculo de magia

La conversación vespertina gira en torno a la conjuración, los juegos de manos, la magia y la brujería. Miss Pole se muestra escéptica, convencida de que existen explicaciones científicas para los fenómenos mágicos. Mrs Forrester, en cambio, cree en todo, desde fantasmas hasta el reloj de la muerte, mientras que Miss Matty oscila entre ambas posturas. Tras la merienda, la narradora saca la Enciclopedia para que Miss Pole pueda estudiar las explicaciones científicas de aquellos trucos. Esto interrumpe la partida de Preference que habían pensado jugar, aunque Miss Matty se ofrece a prestarle el volumen a Miss Pole, quien lo acepta agradecida.

La velada de la función

La narradora y Miss Matty se visten temprano, pero deben esperar una hora y media antes de que las puertas se abran a las siete en punto. En el George, se encuentran con la señora Forrester y Miss Pole, esta última aún discutiendo con vehemencia el tema de la velada y habiendo copiado «recetas» de diferentes trucos en el reverso de cartas. En el guardarropa, Miss Matty se ajusta su bonita cofia nueva frente al viejo espejo, suspirando por su juventud perdida.

La atmósfera del Salón de la Asamblea

La Sala de Reuniones, añadida a la posada unos cien años antes por familias del condado, ha perdido el antiguo esplendor de las bellezas del condado y los apuestos artistas. La pintura de color salmón se ha desvaído hasta volverse apagada, y el yeso se ha desconchado de las paredes. A pesar del olor a moho de la aristocracia, solo dos niños pequeños ocupan el espacio. Lady Glenmire y la señora Jamieson se unen a su grupo en la primera fila, mientras que los comerciantes se apiñan en los bancos de atrás. La señora Jamieson se queda dormida, y las damas permanecen sentadas con rigidez, temerosas de ser sorprendidas en alguna vulgaridad.

Los trucos del signor Brunoni

Cuando se alza el telón, revela a un magnífico caballero vestido con un traje turco. La señorita Pole declara de inmediato que este no es el signor Brunoni, ya que el verdadero prestidigitador carecía de barba. Sin embargo, el hombre se anuncia como el signor Brunoni, hablando en un inglés entrecortado antes de proceder a realizar trucos asombrosos. Incluso cuando la señorita Pole lee en voz alta las notas de su enciclopedia sobre cómo se realizan los trucos, las proezas del Gran Turco siguen siendo inexplicables. Sus ceños ante las interrupciones de la señorita Pole solo confirman ante sus ojos su identidad musulmana.

Las reacciones de las damas a la prestidigitación

Miss Pole sigue siendo profundamente escéptica y declara que cualquiera podría realizar estos trucos con solo dos horas de estudio y práctica. Miss Matty y la señora Forrester quedan completamente deslumbradas y susurran sobre si es correcto asistir a un espectáculo así. La señora Forrester está convencida de que su pañuelo estaba dentro del pan que acaban de mostrar, y ambas damas temen estar dando aliento a algo indecoroso. Miss Jamieson se limpia los anteojos repetidamente, sospechando que el equipo está defectuoso. Lady Glenmire, que ha visto cosas curiosas en Edimburgo, queda muy impresionada por la actuación.

El rector y las damas de Cranford

Miss Matty le pide a la narradora que compruebe si el rector, el señor Hayter, está presente, razonando que su asistencia significaría que la Iglesia aprueba el espectáculo. La narradora divisa al señor Hayter sentado entre los alumnos de la Escuela Nacional, rodeado por personas de su propio sexo. El rector, de rostro bondadoso, sonríe ampliamente ante la actuación, custodiado por los muchachos que se aferran a él como un enjambre alrededor de una abeja reina. El señor Hayter, un viejo soltero tan temeroso de los rumores matrimoniales como cualquier joven, ha traído a los muchachos como sus invitados. Mientras el grupo va saliendo, el señor Hayter les hace una reverencia, mientras Miss Pole finge no reparar en su presencia e insiste en que en realidad nunca llegaron a ver al Signor Brunoni.

CAPÍTULO X.

Este capítulo narra un período de pánico generalizado en la ciudad de Cranford, desencadenado por una serie de robos confirmados y rumores no corroborados de hurtos y asaltos en caminos que circulaban entre los vecinos, con los miedos avivados aún más por la reciente visita del Signor Brunoni, un prestidigitador que despertó las sospechas de varias de las damas de la localidad. Este capítulo continúa las consecuencias de haber afrontado el reto de Darkness Lane, mientras las damas se reúnen para confesar sus miedos individuales y las precauciones privadas que toman para sobrellevarlos.

CAPÍTULO X.

Este capítulo relata un período de pánico generalizado en el pueblo de Cranford, provocado por una serie de robos confirmados y rumores sin fundamento de hurtos y asaltos en caminos que circulaban entre los residentes, con los temores avivados aún más por la reciente visita del Signor Brunoni, un prestidigitador que despertó las sospechas de varias damas del pueblo.

El Pánico

La sección comienza señalando que, aunque la visita del Signor Brunoni a Cranford parecía estar relacionada con la repentina oleada de miedo en la ciudad, no existe una conexión confirmada entre el prestidigitador y los incidentes. Se detallan el pequeño número de robos verificados que desencadenaron una ansiedad generalizada, lo que llevó a los residentes a adoptar precauciones nocturnas extremas, así como la propagación de rumores sobre carros misteriosos tirados por caballos herrados con fieltro, conducidos por hombres vestidos de oscuro, que patrullaban la ciudad por la noche en busca de casas desprotegidas.

Inspecciones nocturnas de la señorita Matty

Esta sección detalla la estricta rutina nocturna de la señorita Matty, quien, armada con un atizador, inspeccionaba cada habitación, cocina y sótano de su casa, seguida de la narradora con una escobilla para la chimenea, y de Martha, quien llevaba unas tenazas para dar la alarma en caso de incendio. Se señala que las temerosas reacciones del trío ante los ruidos accidentales de las tenazas a menudo los hacían correr a encerrarse en un cuarto trasero hasta que se les pasaba el susto, y que la hora de las inspecciones se adelantaba cada vez más con el paso del tiempo, hasta que se realizaban a las seis y media, acostándose la señorita Matty poco después de las siete para «acabar con la noche cuanto antes».