Victor Frankenstein, impulsado por el deseo de trascender los límites naturales, ensambla una criatura humanoide a partir de materia muerta. Horrificado por su creación, la abandona, lo que provoca que el ser busque venganza por su aislamiento. La narrativa sigue las catastróficas consecuencias de este vínculo roto, desde el gélido Ártico hasta los serenos Alpes suizos, mientras creador y criatura se ven atrapados en una mutua búsqueda de la ruina.
Aterrorizado de que el “amigo” sea el monstruo que viene a burlarse de él, Victor grita de agonía para mantener alejado al visitante. La severa reacción del señor Kirwin se convierte en sorpresa cuando Victor se da cuenta de que el visitante es su padre, Alphonse Frankenstein. El reencuentro le trae a Victor un momento de profundo alivio y alegría, y la presencia de su padre actúa como un buen ángel, ayudando en su recuperación física. Sin embargo, a medida que su salud regresa, una negra melancolía se aposenta sobre él. La imagen de Clerval, pálido y asesinado, está siempre ante sus ojos, y siente que la vida está envenenada, viendo solo oscuridad penetrada por el brillo de los ojos del difunto Henry o los ojos acuosos del monstruo.
Llega la temporada de los tribunales, y aunque débil, Victor viaja al pueblo para el juicio. El señor Kirwin dirige la defensa, demostrando que Victor estaba en las Islas Orcadas en el momento en que se encontró el cuerpo. El gran jurado rechaza la acusación, y Victor es liberado de prisión. Mientras su padre está arrobado por esta libertad, Victor no encuentra alegría en ella; la copa de la vida está envenenada para siempre. Siente un torpor donde una prisión es tan bienvenida como un palacio, interrumpido solo por paroxismos de angustia y un deseo de violencia. Sin embargo, un sentido del deber triunfa sobre su desesperación. Se da cuenta de que debe regresar a Ginebra para vigilar a su familia y acechar al asesino, esperando poner fin a la existencia del monstruo.
A pesar de su frágil salud, Victor insta a que partan de inmediato. Navegan desde Irlanda, y Victor saluda la oscuridad que oculta la orilla. Reflexiona sobre su pasado, la muerte de su madre y su creación del enemigo horrible, llorando amargamente ante el recuerdo. Para asegurar el descanso, toma una doble dosis de láudano y cae en un sueño profundo. Sus sueños están atormentados, y es presa de una pesadilla en la que siente el agarre del demonio en su cuello. Su padre lo despierta, y por un momento, la realidad del mar y el cielo le trae una sensación de seguridad y un tranquilo olvido del desastroso futuro que le espera.
La absolución de Victor no trajo alivio al tormento que lo acechaba, y mientras él y su padre viajaban de regreso a casa pasando por París, la perspectiva de su tan esperado matrimonio lo obligó a enfrentar la escalofriante amenaza de la crieta sobre la noche de bodas.
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