CAPÍTULO XVI.
El asunto de la capellanía ardió por Middlemarch como un fuego lento, y en la mesa de cena de los Vincy, Lydgate se encontró en el centro de todo. La sombra del señor Bulstrode caía sobre todas las conversaciones: el banquero no era meramente un financiero rural que conocía los secretos de la mayoría de los comerciantes del pueblo, sino un hombre que había entretejido su influencia en la mismísima trama de la caridad y la obligación. Tomaría como aprendiz al hijo de Tegg, el zapatero, y vigilaría su asistencia a la iglesia; defendería a la señora Strype, la lavandera, de las exigencias de Stubbs; escudriñaría cualquier calumnia contra ella. Sus préstamos eran numerosos, pero también lo eran sus indagaciones. Un hombre que reúne semejante dominio en las esperanzas y los temores de sus vecinos, observó Lydgate, propaga un poder completamente desproporcionado respecto a sus medios externos. Bulstrode, por supuesto, justificaba todo como un servicio a la gloria de Dios.
La capellanía en sí era un asunto menor: ¿debía ser el nuevo capellán del hospital el señor Tyke, un joven fervoroso recomendado por Bulstrode, o el señor Farebrother, el popular vicario de St. Botolph, que había servido sin sueldo durante años? El señor Vincy, el anfitrión, dejó clara su preferencia por Farebrother —“un buen muchacho como no ha habido otro, y el mejor predicador de cualquier parte”— y propuso alegremente endosar su responsabilidad a los caballeros médicos. El doctor Sprague, el médico principal, despojó a su pesado rostro de toda expresión cuando Lydgate habló de preferir al hombre más idóneo en lugar del más agradable. Lydgate descubrió que sus comentarios sobre la reforma tenían escasa acogida. Cuando el señor Chichely, el forense, se ofendió por la sugerencia de Lydgate de que los abogados no eran mejores que las viejas en las autopsias, Lydgate tuvo que recordarse a sí mismo que el hombre era el forense de Su Majestad. En el salón después, estuvo agradecido cuando Rosamond Vincy lo involucró en una conversación cerca de la mesa de té, y le habló de la música que había escuchado en París, de las melodías que conocía de oído. “Qué estúpido es el mundo”, dijo, “al no hacer mayor uso de un placer así que está a su alcance.”
Cuando Rosamond se levantó para tocar, Lydgate quedó cautivado. Su interpretación de la música noble tenía la precisión de un eco, y un alma oculta parecía fluir de sus dedos. Se quedó sentado mirándola, profundizando su admiración, y no se levantó para lanzarle cumplidos. Los Vincy formaban la reunión familiar más agradable que había visto: Fred con la flauta, la señora Vincy como una Niobe antes de sus problemas, las mesas de cartas esperando. Incluso llegó el señor Farebrother, un hombre de amplio pecho pero por lo demás pequeño cuyo traje negro estaba raído, con todo el brillo en sus vivaces ojos grises. Lydgate lo observó jugar al whist con una habilidad magistral, y después caminó hacia la masa cuadrada de la iglesia de St. Botolph bajo la luz de las estrellas, pensando que el clérigo cuyas habilidades afligían a Bulstrode había encontrado un refugio agradable en este alegre hogar. Sería más fácil, pensó, si Bulstrode fuera generalmente justificable. «¿Qué me importa su doctrina religiosa, si lleva consigo algunas buenas ideas?»
En casa, Lydgate pasó de tales pensamientos al nuevo libro de Louis sobre la Fiebre, ese delicioso trabajo de la imaginación que combina y construye con la mirada más clara hacia las probabilidades. Quería penetrar la oscuridad de esos procesos minuciosos que preparan la miseria y la alegría humanas. Mientras estiraba las piernas hacia las brasas, los Vincy flotaban por su mente de manera bastante agradable, y sus labios se curvaron con una sonrisa incipiente. Era un hombre ardiente, pero su ardor estaba absorbido por el amor a su trabajo.
Pobre Lydgate, ¿o debería decir, pobre Rosamond? Cada uno vivía en un mundo del que el otro no sabía nada. Rosamond había registrado cada mirada y palabra, y las valoraba como los incidentes iniciales de un romance preconcebido. En su imaginación interna, el buen nacimiento de Lydgate lo distinguía de todos los admiradores de Middlemarch, y el matrimonio con él la acercaría a esa condición celestial en la que no tendría nada que ver con personas vulgares.
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