CAPÍTULO LXVIII.
El volumen se abre con la pregunta de Daniel en Musophilus, que interroga qué atuendo de gracia puede ponerse la Virtud si el Vicio lleva uno igual de bueno y actúa igual de bien, y que afirma que el camino más directo sigue triunfando en el gran volumen de las acciones del mundo. Este epígrafe presagia el ajuste de cuentas que ahora alcanza a Nicholas Bulstrode. Los cambios de planes recientes del banquero se han visto determinados por experiencias severas desde la época de la venta del señor Larcher, momento en que Raffles había reconocido a Will Ladislaw y Bulstrode había intentado en vano un acto de restitución que pudiera mover a la Providencia Divina a frenar las consecuencias dolorosas. Su certeza de que Raffles, a menos que estuviera muerto, volvería a Middlemarch en poco tiempo se había justificado. La víspera de Navidad, el hombre reapareció en The Shrubs. Bulstrode estaba en casa para recibirlo e impedir que se comunicara con el resto de la familia, pero no pudo evitar del todo que la visita lo comprometiera a él y alarmara a su esposa. Raffles resultó más incontrolable que nunca, y su inquietud crónica junto con el efecto creciente de la intemperancia habitual hicieron que se sacudiera rápidamente toda impresión de cuanto se le había dicho. Insistió en quedarse en la casa, y Bulstrode, sopesando dos conjuntos de males, consideró que esto era al menos no peor que si se fuera a la ciudad. Lo mantuvo en su propia habitación durante la velada y lo acompañó a la cama, mientras Raffles se divertía con la molestia que le causaba a este pecador decente y muy próspero, expresando su diversión como simpatía por su amigo’
El placer de Bulstrode de hospedar a un hombre que le había prestado servicios y que no había cobrado la totalidad de sus ganancias. Bajo estas bromas estridentes se escondía un cálculo astuto: una determinación fría de obtener de Bulstrode algo más sustancioso como pago por librarse de esta nueva forma de tortura. Pero su astucia no había dado en el clavo del todo. Bulstrode estaba en efecto más atormentado de lo que la basta fibra de Raffles le permitía imaginar. Le dijo a su esposa que simplemente estaba cuidando de aquella miserable criatura, víctima del vicio, que podría herirse a sí misma de no mediar su intervención, insinuando sin mentir directamente que existía un vínculo familiar que le obligaba a ocuparse de ella, y que en Raffles se apreciaban signos de alienación mental que aconsejaban la prudencia. Él mismo se encargaría de deshacerse de aquel infortunado a la mañana siguiente. Con estas insinuaciones, creía estar proporcionando a la señora Bulstrode información de carácter preventivo y justificando el que no permitiera que nadie más que él entrara en la habitación, ni siquiera para traer comida y bebida. Pero estaba preso de una angustia terrible por miedo a que Raffles fuera oído referirse sin rodeos y en voz alta a hechos del pasado—y a que la señora Bulstrode incluso se viera tentada de escuchar tras la puerta.
De esta manera Raffles había llevado la tortura demasiado lejos. Al mostrarse desesperadamente ingobernable, había hecho que Bulstrode sintiera que una fuerte resistencia era el único recurso que le quedaba. Después de llevar a Raffles a la cama, el banquero ordenó que su coche cerrado estuviera listo a las siete y media de la mañana siguiente. A las seis ya se había vestido hacía tiempo y había gastado parte de su desdicha en la oración, suplicando por sus motivos para evitar el peor mal si en algo había usado la falsedad y había dicho lo que no era verdad ante Dios. Porque Bulstrode se estremecía ante una mentira directa con una intensidad desproporcionada al número de sus fechorías más indirectas. Pero muchas de estas fechorías eran como los sutiles movimientos musculares que no se tienen en cuenta en la conciencia, aunque conduzcan al fin en que fijamos nuestra mente y deseamos. Bulstrode llevó su vela a la cabecera de Raffles, que aparentemente estaba en un sueño doloroso. Se quedó en silencio, esperando que la presencia de la luz sirviera para despertar al durmiente gradualmente. Raffles, con un largo gemido medio sofocado, se levantó de un salto y miró a su alrededor aterrorizado, temblando y jadeando. Pero no hizo más ruido, y Bulstrode, dejando la vela, aguardó su recuperación. Un cuarto de hora después Bulstrode, con una frialdad imperiosa que no había mostrado antes, dijo que había ordenado el coche para conducir a Raffles a Ilsely, donde podía tomar el ferrocarril o esperar un carruaje. Raffles estaba a punto de hablar, pero Bulstrode se le anticipó con autoridad: le suministraría dinero ahora y de vez en cuando previa solicitud por carta, pero si Raffles elegía presentarse de nuevo, volver a Middlemarch, usar su lengua de manera injuriosa, tendría que vivir de lo que su malicia pudiera procurarle, sin ayuda. Nadie le pagaría bien por destruir el nombre de Bulstrode; el banquero conocía lo peor que podía hacerse y lo enfrentaría. Abrió la puerta de golpe y le dijo a Raffles que se levantara sin ruido, o mandaría a buscar a un policía. El discurso había sido deliberado durante gran parte de la noche, y logró imponer sumisión al hombre agotado aquella mañana. Su emponzoñado sistema se acobardó ante la conducta fría y resuelta de Bulstrode, y se lo llevaron tranquilamente antes de la hora del desayuno familiar. Los sirvientes lo imaginaron un pariente pobre, sin sorprenderse de que un hombre estricto como su amo se avergonzara de tal primo. El banquero
El recorrido de diez millas con su odiado compañero fue un comienzo lúgubre del día de Navidad, pero al final Raffles había recuperado su alegría y se despidió contento, ya que Bulstrode le había dado cien libras. Varios motivos impulsaron esa generosidad sin reservas, pero Bulstrode no indagó demasiado en todos ellos.
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