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Literatura británica

Middlemarch

Middlemarch es la extensa novela victoriana de 1871-1872 de George Eliot, ambientada en la ficticia ciudad rural de Middlemarch, en la región de los Midlands, entre 1829 y 1832, que entrelaza las interconectadas vidas personales, sociales y políticas de los diversos residentes del pueblo, liderados por la idealista joven Dorothea Brooke, para explorar las limitaciones de género y clase, la tensión entre la ambición individual y la convención social, y el lento y desigual ritmo del progreso moral y político en la Inglaterra previctoriana.

Eliot, George · 1994 · 27 min

Bulstrode montó su caballo casi de inmediato y partió hacia Stone Court, ansioso por llegar antes que Lydgate. Su mente estaba repleta de imágenes y conjeturas. La profunda humillación que le había hecho encogerse al saber que Caleb conocía su pasado alternaba con la sensación de seguridad que le proporcionaba el hecho de que Garth, y nadie más, fuera el hombre al que Raffles le había hablado. La Providencia parecía pretender su rescate. Si resultara que se libraba de todo peligro de deshonra, su vida estaría más consagrada que antes. Elevó mentalmente este voto como si este pudiera impulsar el resultado que anhelaba. Sabía que debía decir «Hágase tu voluntad», y lo decía a menudo. Pero persistía el intenso deseo de que la voluntad de Dios fuera la muerte de ese hombre al que odiaba. Sin embargo, cuando llegó a Stone Court no pudo ver el cambio en Raffles sin un sobresalto. De no ser por su palidez y su debilidad, Bulstrode habría dicho que el cambio en él era completamente mental. En lugar de su estado de ánimo ruidoso y atormentador, Raffles mostraba un terror intenso y difuso, intentando apaciguar la ira de Bulstrode porque todo el dinero se había acabado: lo habían robado. Bulstrode, sin conocer la importancia de estos síntomas, interpretó esta nueva susceptibilidad nerviosa como un medio para asustar a Raffles y obligarlo a hacer confesiones verdaderas, y le acusó de mentir al afirmar que no había revelado nada, ya que acababa de contárselo al hombre que lo recogió en su coche ligero. Raffles negó esto con solemnes juramentos; el caso es que los vínculos de su conciencia estaban interrumpidos, y su relato a Caleb se había producido bajo impulsos visionarios que se habían desvanecido en la oscuridad. El corazón de Bulstrode se hundió de nuevo al ver esta señal de que no podía hacerse con el control de la mente de aquel desgraciado.

Lydgate llegó en menos de una hora. Bulstrode lo recibió y le dijo que lo había llamado para atender a un hombre desgraciado que había estado una vez a su servicio, que después se fue a América y que al volver había llevado una vida ociosa y disoluta. Lydgate, que tenía muy presente el recuerdo de su última conversación con Bulstrode, no estaba dispuesto a decir una palabra innecesaria. Cuando hubo examinado a Raffles, le ordenó que se metiera en la cama y lo mantuvo en absoluto reposo. Le dijo a Bulstrode que el caso era grave pero no desesperado; que no debía esperar que el ataque fuera mortal, aunque el sistema estaba en un estado delicado. Le prescribió un tratamiento y le advirtió especialmente que no le diera alcohol. Bulstrode dijo que se quedaría él mismo en Stone Court, alegando su propia indisposición para dormir y su ansiedad por cumplir las órdenes del médico. A Lydgate no le sorprendió una cierta peculiaridad en Bulstrode. Se alejó al caballo sin hacerse conjeturas sobre Raffles, pero repasando todo el argumento sobre la forma correcta de tratar los casos de envenenamiento por alcohol como aquel. Había actuado repetidamente conforme a su convicción, contra la práctica generalizada, con resultados favorables. Un hilo de amargura brotó de una fuente abundante cuando se acercaba a Lowick Gate, pues regresaba a casa sin la visión de ningún expediente que le dejara esperanza de conseguir dinero. Se bajó del caballo muy afligido. Al entrar descubrió que el agente de Dover ya había puesto a un hombre en la casa, y que Rosamond estaba en su dormitorio. Él se sentó junto a la cama e inclinándose hacia ella dijo casi con un grito de plegaria: “Perdóname por esta miseria, ¡pobre Rosamond mía! Amémonos solamente el uno al otro.” Ella lo miró en silencio, pero luego las lágrimas empezaron a llenar sus ojos azules y su labio tembló. El hombre fuerte había tenido ya demasiado que soportar aquel día. Dejó caer la cabeza junto a la de ella y sollozó. No le impidió que fuera a ver a su padre a primera hora de la mañana. Al cabo de media hora ella volvió y dijo que papá deseaba que fuera a quedarse con ellos mientras las cosas estuvieran en aquel estado miserable. Papá dijo que no podía hacer nada respecto a la deuda. Lydgate dijo que hiciera lo que quisiera. No había prisa.

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