El Rámáyan de Válmíki, traducido al inglés en verso cover
Mitología, Leyendas y Folclore

El Rámáyan de Válmíki, traducido al inglés en verso

El *Ramayana* de Valmiki es la epopeya sánscrita fundamental sobre el príncipe Rama, su devota esposa Sita y su leal hermano Lakshmana mientras atraviesan el exilio, el rapto y la guerra divina, encarnando la eterna lucha entre el dharma y el adharma.

Valmiki · 2008 · 15 min

Canto LXXV. El ataque nocturno

Dasharatha apareció en un carro divino rodeado de luz celestial. Le dijo a Ráma que estaba orgulloso de que hubiera cumplido con sus deberes, que la maldición de Kaikeyi había sido levantada y que Bharat esperaba en Ayodhyá gobernando como un ermitaño, usando las sandalias de madera de Ráma para su regreso. Ráma y Lakshman se inclinaron ante su padre, quien los bendijo antes de regresar al cielo.

Canto XCIII. El lamento de Rávan

Indra apareció, diciéndole a Ráma que los dioses estaban complacidos y que podía pedir cualquier don. Ráma pidió que todos los Vanars y osos que murieron en la batalla fueran revividos. Indra estuvo de acuerdo, y los Vanars muertos se levantaron instantáneamente, vitoreando. Los dioses le indicaron a Ráma que regresara a Ayodhyá, gobernara con Sítā, realizara un sacrificio de caballo y luego ascendiera al cielo cuando su tiempo terrenal concluyera.

Canto XC. Rávan en el campo

Vibhishana le dio a Ráma el vimana Pushpak, el carro volador divino robado de Rávaṇ, de oro sólido con alas en forma de cisne. Ráma, Sítā, Lakshman, Sugriva, Vibhishana, Hanuman y todos los jefes Vanars subieron a bordo, y el carro voló hacia Ayodhyá. Ráma señaló los lugares emblemáticos: el Himalaya, donde buscó hierbas; Kishkindha, donde conoció a Sugriva y mató a Báli; la colina Chitrakuta de su exilio; el Godávarí cerca de la ermita de Agastya; Janasthána, donde murió Jaṭáyus; y el Ganges y el Yamuna, hasta que aparecieron las agujas de Ayodhyá.

Canto C. Rávan en el campo

Aterrizaron a las afueras de Ayodhyá, donde Bharat los recibió con ropas de ermitaño de corteza, con las sandalias de madera de Ráma en su cabeza, seguido por la regocijada población de la ciudad. Bharat colocó las sandalias a los pies de Ráma, diciendo que había gobernado como regente durante todo el período. Ráma abrazó a su hermano lloroso, y entraron en la ciudad entre vítores, pétalos de flores y música. Ráma fue coronado rey de Ayodhyá, gobernando con Sítā a su lado en paz y prosperidad durante muchos años, siendo su nombre y su historia famosos en todo el mundo.

Canto CXXVIII. La historia de Hanumán

En un tranquilo bosquecillo más allá de los muros de Nandigráma, donde el príncipe Bharat había vivido catorce años como un ermitaño—despojado de la pompa real, el cabello enmarañado, el cuerpo pálido por la incesante vigilia sobre los zapatos de madera que garantizaban el derecho a gobernar de su hermano ausente—, la hueste Vánar por fin lo encontró.

Episodios Anteriores: La Misión Vánar a Lanká

Antes de este alegre encuentro, en los largos meses de búsqueda que siguieron a la construcción del puente sobre el mar, el ejército Vánar había recorrido las tierras del sur en una búsqueda infructuosa. Los capitanes de Sugríva, encabezados por el hijo del Dios del Viento, atravesaron cada valle y cada cresta, regresando al final con esperanzas rotas. El ejército se volvió entonces hacia la orilla del mar salado. Allí, en la costa resonante, la desesperación se apoderó de los capitanes reunidos, pues ¿quién entre ellos se atrevería a cruzar las leguas acuosas hasta Lanká? Largo tiempo debatieron, hasta que Jámbaván, el rey de los osos, recordó el mérito de uno entre ellos que aún no había desplegado su poder. Sampáti, hijo de Śyeni, que había perdido sus plumas en una época anterior al proteger a su hermano Jaṭáyus del fiero dardo del sol, sobrevoló sobre el ejército y confirmó con noticias del reino espiritual el lugar de residencia de Sítá en la ciudad dorada de Ravana. Jámbaván entonces convocó a Hanúmán, hijo de Vayu, instándole a recordar su nacimiento del dios del viento, la destreza que de niño había asombrado al sol, los lazos que nadie podía retener, y la cola ardiente que debía incendiar los tejados de Lanka. Hanúmán, con el pecho henchido por el peso del deber, se comprometió ante el ejército a cruzar el mar, encontrar a Sítá, o perecer en el intento.

El ejército se retiró a la montaña Mahendra; desde su cima Hanúmán emprendió el vuelo. La montaña tembló, las criaturas salvajes huyeron aterrorizadas, y los Vánars levantaron las manos en bendición mientras él surcaba el aire. Voló más de cien leguas a través del océano infinito, donde Maináka le dio un breve descanso, Surasá puso a prueba su velocidad, y la demonia Sinhiká cayó ante su dardo flamígero, hasta que al fin, agotado pero triunfante, cayó sobre la costa de Lanká.

En la oscura noche, reducido a su forma adecuada, entró en la capital dorada de Rávana. Atravesó palacios, calles, jardines y patios interiores, observando a los guerreros con forma de león, las reinas de ojos oscuros, los caballos, los elefantes y los carros de guerra. Su espíritu fluctuó entre la esperanza y el miedo, por la vergüenza si fracasaba, por la pesada carga de la confianza de Ráma. Por fin, en el bosquecillo de Asoka dentro de los recintos del palacio, contempló a una mujer de belleza sobrenatural, noble como la reina de la luz, vestida con ropas humildes, el rostro inclinado hacia la tierra, una marea de cabello oscuro cayendo suelto. Allí se sentaba Sítá, lejos de todo consuelo, sus pálidas mejillas húmedas por el llanto incesante, sus labios murmurando los nombres de Ráma y Lakshmaṇ, sus ojos mirando el lejano norte. Hanúmán, oculto en el espeso follaje, contempló su dolor y su constancia, ardiendo su alma en reverencia, pesar, piedad y la alegría de una búsqueda lograda. Observó cómo, día tras día, Rávana acudía a ella, mostrando un semblante más amable, ensayando palabras suaves y falaces, ofreciéndole la mano de la reina sobre sus dominios y el celestial carro Púshpak, y amenazándola con la muerte y el tormento si se negaba. Sítá, con su espíritu intacto, se apartó de él con feroz desdén, reprochó su culpable robo y su cobarde ultraje, situó a su señor Ráma por encima de todos los reyes, y declaró que antes la luna olvidaría su brillo que ella olvidar a su héroe. Rávana, al ver su cortejo convertido en ira, la amenazó con la muerte, con la esclavitud en su cocina, con las cabezas de Ráma y su hermano, y ordenó a sus repugnantes ministros —horribles brujas de ojos hundidos y garras crueles— que la acosaran con golpes y escarnios hasta llevarla a las lágrimas y al temblor. Sítá, sola en aquel bosquecillo de dolor, enfrentó sus amenazas sin inmutarse, con su corazón fijado en su señor ausente. Hanúmán guardó en su fiel memoria las señas que debía llevar de vuelta a Ráma, y luego se volvió una vez más hacia las olas del oeste para llevar a Bharat y a los jefes Vánar la noticia del fiel dolor y la voluntad inquebrantable de Sítá.

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