CAPÍTULO IV.
El Conejo envía una factura
Pronto el Conejo Blanco volvió trotando, murmurando sobre la Duquesa y buscando sus guantes y abanico perdidos. Confundiendo a Alicia con su criada Mary Ann, le ordenó que fuera a buscarlos de inmediato. Demasiado asustada para explicarse, Alicia corrió obedientemente a una casita ordenada que lucía una placa de latón con la inscripción “W. RABBIT” (C. CONEJO). Dentro, encontró una habitación impecable con los guantes y el abanico sobre la mesa, y junto a ellos una pequeña botella sin etiqueta. Sabiendo que siempre ocurrían cosas interesantes cuando comía o bebía, Alicia bebió—y creció. Su cabeza presionó el techo, luego tuvo que arrodillarse, después tumbarse con un codo contra la puerta y el otro brazo enrollado alrededor de su cabeza. Un brazo salió por la ventana, un pie subió por la chimenea, y aun así seguía llenando la habitación.
El Conejo vino a buscar a su Mary Ann, pero la puerta no se abría contra su codo. Probó por la ventana, y Alicia intentó agarrarlo, haciéndolo caer dentro de un marco para pepinos. Llamó a Pat, quien apareció alegremente cavando en busca de manzanas. Por la chimenea bajó Bill, enviado por orden del Conejo, y Alicia lo recibió con una fuerte patada que envió al pobre lagarto disparado hacia arriba como un cohete. La multitud de fuera debatió incendiar la casa, y Alicia amenazó con lanzarles a Dinah, produciendo un silencio horrorizado al instante. Llegaron a un acuerdo con una carretilla llena de guijarros, que Alicia descubrió que se convertían en pastelitos al tocar el suelo. Al tragarse uno, se encogió hasta un tamaño manejable y salió corriendo por la puerta.
Un gran cachorro de ojos enormes la encontró en un bosquecillo y quiso jugar, saltando hacia el palo que Alicia le ofrecía. Ella se escondió detrás de un cardo mientras la criatura saltaba y ladraba hasta cansarse. Por fin corrió libre, apoyándose contra una ranúnculo para recuperar el aliento, preocupándose de nuevo sobre cómo volver a su tamaño adecuado.
La respuesta, cuando miró hacia arriba de puntillas, fue un gran hongo de su misma altura. Y allí, encima, sentado, había una gran oruga azul, con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa de agua, sin prestar la más mínima atención a ella ni a nada más.
CAPÍTULO VIII.
Un gran rosal se encontraba cerca de la entrada del jardín, pero las rosas que crecían en él eran blancas. Esto planteó un problema para tres jardineros—el Dos, el Cinco y el Siete—que estaban ocupados pintándolas de rojo. Sus discusiones se vieron interrumpidas por el grito de pánico del Cinco: “¡La Reina! ¡La Reina!”. Los tres hombres se lanzaron de bruces al suelo justo cuando se acercaba una gran procesión: diez soldados portando mazos, diez cortesanos adornados con diamantes, diez niños de la realeza adornados con corazones, el Conejo Blanco, el Paje de Corazones portando la corona del Rey, y finalmente el Rey y la Reina de Corazones en persona.
Alicia se mantuvo firme cuando la Reina exigió saber quién era. “Me llamo Alicia, si a su Majestad le place”, dijo educadamente, aunque recordó para sí misma que solo eran una baraja de cartas. Cuando la Reina gritó “¡Que le corten la cabeza!”, Alicia respondió “¡Tonterías!” con tanta fuerza que la Reina se quedó muda. El Rey, tan tímido como siempre, sugirió a la Reina que considerara que Alicia era solo una niña.
Los tres jardineros, sin embargo, no tuvieron tanta suerte. La Reina descubrió sus rosas blancas y ordenó su ejecución. Tres soldados se quedaron atrás para llevar a cabo la sentencia, pero Alicia escondió a los jardineros en una gran maceta. Cuando la Reina gritó para saber si sus cabezas habían sido cortadas, los soldados informaron de que ya no estaban. Satisfecha, la Reina preguntó si Alicia sabía jugar al croquet.
Alicia se unió a la procesión, caminando junto al Conejo Blanco, quien le susurró que la Duquesa había sido condenada a muerte por tirarle de las orejas a la Reina. El campo de croquet era algo extraño: surcos y montículos por todas partes, las bolas eran erizos vivos, los mazos eran flamencos vivos, y los soldados se doblaban para servir de arcos. Alicia luchaba por controlar a su flamenco, poco colaborador, que no paraba de retorcer el cuello para mirarla, y su erizo no paraba de desenrollarse y arrastrarse alejándose. Todos los jugadores se movían a la vez, peleando y discutiendo por los erizos. En cuestión de minutos, la Reina estaba pisoteando el suelo en un ataque de furia, gritando “¡Que le corten la cabeza!” o “¡Que le corten la cabeza!” aproximadamente una vez por minuto.
Buscando un aliado, Alicia notó una curiosa sonrisa flotando en el aire: era el Gato de Cheshire, apareciendo pieza por pieza. Alicia se quejó de la injusticia del juego y, cuando la Reina le preguntó qué le parecía, Alicia añadió apresuradamente que la Reina “probablemente ganaría”. El Rey, sin embargo, exigió la retirada del Gato, y la Reina ordenó de inmediato su ejecución. Estalló una disputa entre el verdugo, el Rey y la Reina: no se podía cortar una cabeza sin un cuerpo, protestó el verdugo. Alicia sugirió que le preguntaran a la Duquesa, que estaba en prisión, pero para cuando el verdugo regresó con ella, el Gato se había desvanecido por completo.
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