Victor Frankenstein, impulsado por el deseo de trascender los límites naturales, ensambla una criatura humanoide a partir de materia muerta. Horrificado por su creación, la abandona, lo que provoca que el ser busque venganza por su aislamiento. La narrativa sigue las catastróficas consecuencias de este vínculo roto, desde el gélido Ártico hasta los serenos Alpes suizos, mientras creador y criatura se ven atrapados en una mutua búsqueda de la ruina.
A medida que la criatura dominaba el arte del habla, Félix instruía a Safie leyendo en voz alta las Ruinas de los imperios de Volney. A través de estas lecciones, la criatura adquirió un conocimiento superficial de la historia, aprendiendo sobre los griegos, los romanos, el descubrimiento de América y el destino infortunado de los pueblos indígenas. Lloró junto con Safie ante los relatos de masacre y luchó por reconciliar las virtudes divinas del hombre con sus actos viciosos y bajos. Cuando la conversación giró hacia la estructura de la sociedad humana, aprendió sobre la división de la propiedad, la inmensa riqueza, el rango y la sangre noble. Estas palabras lo indujeron a volverse hacia sí mismo con una amarga realización. Comprendió que la alta posición y las riquezas eran las posesiones más estimadas, pero él no poseía dinero, amigos ni propiedades. Además, era horriblemente deforme y repugnante, a diferencia de cualquier otro ser en la tierra.
La agonía de estas reflexiones fue intensa, pues descubrió que la tristeza solo aumentaba con el conocimiento. Admiraba las virtudes y los modales gentiles de los habitantes de la cabaña, pero se dio cuenta de que estaba excluido de todo trato con ellos. Las palabras gentiles de Agatha, las sonrisas de Safie y la conversación de Felix no eran para él. Las lecciones adicionales sobre los vínculos humanos de la familia—los mimos del padre al infante y el cuidado de la madre—profundizaron su desesperación. Se dio cuenta de que ningún padre había velado sus días de infancia, ni ninguna madre lo había bendecido con sonrisas. No tenía pasado, ni parientes, ni ser alguno que se le pareciera. La pregunta recurrente sobre su identidad—¿qué era él?—solo podía responderse con gemidos, dejándolo en un vacío ciego de aislamiento.
El recién adquirido conocimiento de la criatura lo había despertado a su miserable aislamiento, pero permanecía ignorante de las circunstancias que habían llevado a tales almas gentiles a su humilde morada. Su educación pronto se expandiría más allá del lenguaje y la historia, mientras la historia de la caída de la familia De Lacey de la prosperidad se desarrollaba ante él.
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