Victor Frankenstein, impulsado por el deseo de trascender los límites naturales, ensambla una criatura humanoide a partir de materia muerta. Horrificado por su creación, la abandona, lo que provoca que el ser busque venganza por su aislamiento. La narrativa sigue las catastróficas consecuencias de este vínculo roto, desde el gélido Ártico hasta los serenos Alpes suizos, mientras creador y criatura se ven atrapados en una mutua búsqueda de la ruina.
A pesar de la elocuencia de Victor, prevaleció el miedo de los hombres. Walton consintió en regresar si el hielo se rompía, una decisión que arruinó sus esperanzas de utilidad y gloria. El 9 de septiembre, el hielo comenzó a moverse, y se oyeron rugidos como de truenos mientras las islas se partían. El hielo se agrietó tras ellos y fue empujado hacia el norte, mientras una brisa surgía del oeste, abriendo el paso hacia el sur. Los marineros gritaron con júbilo tumultuoso ante la perspectiva de regresar a Inglaterra. Victor, que dormitaba, despertó y preguntó la causa del tumulto. Cuando Walton explicó que estaban regresando, Victor declaró que, si bien Walton podía abandonar su propósito, el suyo le había sido asignado por el Cielo y no se atrevía a abandonarlo. Intentó incorporarse de un salto de su cama, pero cayó hacia atrás y se desmayó.
Tardó mucho en recuperarse, y el cirujano informó a Walton que a su amigo le quedaban pocas horas de vida. La sentencia de Victor fue pronunciada. Se sentó junto a su cama, observando cómo los ojos de Victor se cerraban. Poco después, Victor lo llamó con voz débil, expresando que sus fuerzas se habían agotado y sentía que pronto moriría. Declaró que en sus últimos momentos no sentía el ardiente odio de antes, pero se sentía justificado al desear la muerte de su adversario. Examinó su conducta pasada, no encontrándola censurable; se había negado a crear una compañera para la Criatura para proteger a su propia especie, un deber que consideraba primordial. Creía que la Criatura debía morir, y aunque había fracasado en la tarea, renovó su solicitud de que Walton destruyera al demonio si se presentaba la oportunidad. Aconsejó a Walton buscar la felicidad en la tranquilidad y evitar la ambición. Su voz se volvió más débil, y finalmente, cayó en silencio, apretando débilmente la mano de Walton antes de que sus ojos se cerraran para siempre.
Walton quedó para llorar la extinción prematura de ese espíritu glorioso. Más tarde esa noche, fue interrumpido por un sonido ronco proveniente del camarote donde descansaban los restos de Victor. Al entrar, contempló una forma gigantesca sobre el ataúd. El rostro del ser estaba oculto por cabello enmarañado, con una mano inmensa extendida. Al sonido de la aproximación de Walton, la Criatura saltó hacia la ventana, revelando un rostro de una fealdad tan repugnante como aterradora que Walton cerró los ojos involuntariamente. Llamó al ser para que se detuviera.
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