CAPÍTULO XXXVII.
El capítulo se abre con una estrofa spenseriana que celebra a la mujer tan segura de sí misma que ni el auge ni la caída de la fortuna pueden conmoverla: una criatura de tal firmeza que no necesita temer la malicia de enemigos resentidos ni buscar el favor de los amigos. Es el ideal al que, a su manera, varias mujeres de esta historia aún aspiran.
En Middlemarch, la muerte de Jorge IV, la disolución del Parlamento y la general decadencia de los ministerios de Wellington y Peel han creado un extraño desasosiego político. Los habitantes del campo, acostumbrados a lealtades fijas, se encuentran leyendo periódicos que se contradicen entre sí, y el chiste sombrío del señor Vincy —si lo que se avecina es simplemente una elección general o el fin del mundo— captura el estado de ánimo dominante. Los suscriptores del Pioneer lo habían abandonado en su día por tomar partido por Peel en la Cuestión Católica, y aun así seguían insatisfechos con los débiles estallidos del rival Trumpet.
En medio de esta confusión aparece el señor Brooke de Tipton, que ha comprado en secreto el Pioneer y ahora, bajo el seudónimo de un estadista reflexivo, ha publicado un artículo de fondo que urges la reforma. El señor Hackbutt, cuya lengua corre libremente como siempre, deja escapar en el despacho del señor Hawley que el artículo emanaba de Brooke. Hawley, un abogado rural que se mueve por los hechos y detesta las abstracciones, se regodea ante la perspectiva de la caída de Brooke. «Que Brooke reforme su libro de rentas», gruñe, llamándolo «un maldito viejo avaro» cuyas edificaciones se están viniendo abajo. Cuando Hackbutt defiende alguna abstracción sobre los derechos de representación, Hawley lo corta en seco: «¡Al diablo las grandes ciudades!».
El descubrimiento de que Brooke se ha erigido en fuerza política, con un joven y brillante editor —Will Ladislaw, un pariente extranjero de Casaubon— a su lado, envía oleadas de alarma entre la gentuza local. El propio señor Brooke, sin embargo, está transportado de gozo. Encuentra en Will a un joven dispuesto a captar los puntos clave de la situación política con un espíritu amplio y una memoria excelente, y llega a decirle a Casaubon que Will es «una especie de Shelley» —añadiendo de prisa que no quiere decir nada irreligioso, solo el entusiasmo por la libertad, que con la guía adecuada puede convertirse en algo útil.
Casaubon, por su parte, recibe esta información con un silencio hermético. En una ocasión había ayudado a Will con dinero y ya empezaba a disgustarle; ahora que Will ha rechazado más ayuda y ha elegido quedarse en el vecindario, el disgusto se convierte en algo amargo y extraño. No es meramente los celos de un marido consumido por el invierno—aunque la presencia de Dorothea, con su aguda facultad crítica, los agudiza. Casaubon siente que Will debe despreciarlo en secreto, que el primo que sorbía miel tiene su propio desprecio callado, y la pérdida de la superioridad que solía disfrutar al firmar cheques se ha vuelto insoportable.
Will, por su parte, lucha contra su propia ingratitud. Sabe que Casaubon lo ha mantenido a él y a su madre tras la muerte de su padre, pero no puede evitar sentir que casarse con Dorothea fue un agravio hecho contra ella. “Es el más horrible de los sacrificios de vírgenes”, se dice a sí mismo, e imagina sus dolores internos como si escribiera un lamento coral. Sin embargo, debajo de todo esto está la simple verdad: nada en el mundo lo invita tan fuertemente como la presencia de Dorothea.
Una mañana lluviosa Will logra estar en Lowick con el pretexto de dibujar. El mal tiempo lo empuja al interior. Pratt, el mayordomo, lo anuncia a Dorothea en la biblioteca, donde el señor Casaubon está afortunadamente ausente. Dorothea lo saluda con su dulce sonrisa sin reservas, y por un momento ambos sienten como si dos flores se hubieran abierto allí mismo.
“He pensado a menudo que me gustaría hablar contigo de nuevo”, dice ella. “Me parece extraño cuántas cosas te dije.”
“Las recuerdo todas”, responde Will, su alma llena de la satisfacción de estar en presencia de una criatura digna de ser perfectamente amada.
Ella confiesa que, desde Roma, ha intentado aprender latín y un poco de griego, para poder ayudar mejor a su marido. Pero es difícil—la gente parece agotada en el camino hacia los grandes pensamientos, y nunca puede disfrutarlos porque está demasiado cansada. Will, incapaz de contenerse, sugiere que Casaubon debería contratar a un secretario, de modo que Dorothea pueda ayudarlo solo en asuntos más ligeros. Ella lo reprende de inmediato. “Por favor, no vuelvas a mencionar eso”, dice. “No tendría felicidad si no lo ayudara en su trabajo.”
Will deja entonces caer que Casaubon le había ofrecido en una ocasión la secretaría y que él no había estado a la altura. Va más allá, explicando que Casaubon le disgusta porque discrepa de él —un comentario que Dorothea recibe con extraño silencio, pues ha comenzado a ajustarse a la percepción más clara del fracaso de su marido. Lo defiende con dulzura: «El señor Casaubon debe de haber superado su antipacía hacia usted en lo que a sus acciones se refiere: y eso es admirable».
Luego Will le habla de su abuela, Julia, que fue desheredada por su familia por casarse con un pobre refugiado polaco que daba clases de idiomas para ganarse el pan. Su madre, también, fue repudiada y se fue al teatro, donde murió por un accidente hace cuatro años. «Ve que llevo sangre rebelde por ambas partes», dice, sonriendo.
La compasión de Dorothea se enciende. Aquella misma tarde, en su boudoir azul verdoso, rumia la injusticia cometida contra Julia. La miniatura de la pared parece pedir justicia. ¿Por qué la herencia habría de castigar al amor? Resuelve que el testamento de Casaubon, que le deja a ella la mayor parte de sus bienes, debería modificarse, de modo que Will Ladislaw pudiera asegurarse una renta justa. Debe hablar con su marido.
En las horas de insomnio de la noche, saca el tema con él. Su súplica recibe una helada reprimenda. El señor Casaubon, herido y orgulloso, le dice que ella no está capacitada para discernir sobre tales cuestiones y que no aceptará imposiciones suyas. «No te corresponde a ti entrometerte entre el señor Ladislaw y yo», dice. Las palabras caen como un cuchillo.
A la mañana siguiente, Casaubon despacha una carta gélidamente formal a Will, dirigiéndose a él por primera vez como «Estimado señor Ladislaw» en lugar de «Will», informándole de que su aceptación de la propuesta de Brooke le resultaría altamente ofensiva y de que cualquier desenlace contrario debe excluirle de toda ulterior recepción en Lowick.
La respuesta de Will es firme. Reconoce la generosidad pasada pero insiste en que una obligación de esta clase no puede atar su libertad de movimientos. Piensa mantenerse por sí mismo de forma independiente.
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