Llamadme Ismael. Hace años, encontrándome pobre y sin rumbo en tierra, decidí navegar y ver el mundo acuático. Este es mi método para curar la melancolía y regular mi sangre. Siempre que mi boca se torna sombría, o mi alma se siente como un húmedo y lloviznoso noviembre, sé que es hora de partir. El impulso se vuelve innegable cuando me detengo ante almacenes de ataúdes, sigo cortejos fúnebres, o siento un impulso maníaco de derribar sombreros en la calle. Ir al mar es mi alternativa al suicidio. Mientras Catón murió sobre su espada con un gesto teatral, yo embarco silenciosamente en un barco. Este impulso no es único; casi todos los hombres sienten una atracción magnética hacia el océano.
El carpintero se inclinó sobre su banco de tornillo bajo linternas gemelas, limando una viga de marfil hasta darle forma. El polvo de hueso se elevaba en nubes; estornudó y maldijo el material obstinado. Madera muerta, murmuró—sin vida en ella, a diferencia de la madera verde que sangra savia. Refunfuñó sobre tibias y trabajos de acabado mientras el rojo resplandor de la fragua brillaba adelante, donde el herrero trabajaba el hierro.
Ahab emergió de la oscuridad con un saludo sardónico, llamando al artesano su creador. El carpintero se movió para medir el muñón, pero la atención de Ahab se fijó en el tornillo mismo. Agarró sus mandíbulas, saboreando el pellizco—aquí por fin había algo firme en un mundo traicionero. Su mirada vagó hacia la fragua. El herrero le recordó a Prometeo, aquel antiguo dios del fuego que moldeó hombres de arcilla y los animó con llama. Lo que el fuego crea, el fuego reclama; así el infierno se vuelve probable. El hollín volador marcaba el residuo de aquella primera creación.
La imaginación de Ahab se oscureció hacia la fantasía. Comenzó a ordenar un gigante manufacturado—cincuenta pies de alto, pecho vasto como un túnel, sin corazón, frente de latón, cerebro como un campo, un tragaluz abriéndose hacia el interior sobre el alma. El carpintero permaneció desconcertado, sin saber si quedarse.
Entonces Ahab reveló la herida que no sanaría. Cuando montara esta nueva pierna, la antigua aún lo atormentaría—carne y sangre, presente a la sensación aunque ausente a la vista. Una pierna visible, dos sentidas. Se acercó más: si su miembro disuelto aún lo punzaba, ¿no podría alguna presencia pensante estar de pie invisiblemente donde el carpintero estaba? ¿Podría un hombre sufrir los fuegos del infierno eternamente, sin un cuerpo? El carpintero se retiró hacia la aritmética, incapaz de seguir.
Ahab se volvió. Se mantenía orgulloso como cualquier deidad, pero le debía a este artesano embotado un hueso por mantenerse en pie. Maldecía las enmarañadas deudas que ataban a todos los mortales, deseando poder fundirse hasta una sola vértebra y escapar del cálculo.
Solo de nuevo, el carpintero sacudió la cabeza. El juicio de Stubb resonaba—aquella única palabra, raro, repetida como un amuleto. Un hombre que mantenía una mandíbula de ballena por compañera de cama, que agotaba piernas hasta la muerte y desgastaba marfil por cordeladas. El carpintero se maravilló, luego se inclinó de nuevo sobre su cincel y lima, terminando la pierna antes de que la mañana de resurrección viniera a cobrar.
El bombeo rutinario reveló aceite en el agua—los barriles habían tenido fugas. Starbuck descendió al camarote, encontrando a Ahab inclinado sobre cartas japonesas, pierna de marfil apoyada, trazando viejos rumbos.
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