El Rámáyan de Válmíki, traducido al inglés en verso cover
Mitología, Leyendas y Folclore

El Rámáyan de Válmíki, traducido al inglés en verso

El *Ramayana* de Valmiki es la epopeya sánscrita fundamental sobre el príncipe Rama, su devota esposa Sita y su leal hermano Lakshmana mientras atraviesan el exilio, el rapto y la guerra divina, encarnando la eterna lucha entre el dharma y el adharma.

Valmiki · 2008 · 15 min

Al amanecer, Bharat ordenó a Guha que preparara quinientos botes. Con estandartes, signos místicos y grandes campanas, el ejército cruzó la crecida, algunos en barcazas, otros en balsas, algunos flotando con tinajas, otros nadando junto a elefantes como montañas aladas, y se reunió en el famoso bosque de Prayága. Bharat, con el sacerdote y el diácono, se apresuró a ir a la morada del gran santo Bharadvája, quien lo recibió, sabiendo que era el hermano de Ráma y digno de todo honor, y lo dirigió a las alturas de Chitrakúṭa, a cuatro leguas al sur, donde fluía el arroyo Mandákiní y se erguía la frondosa cabaña de los hermanos reales. El ermitaño, al meditar en Viśvakarmá, convocó un festín celestial: brisas celestiales, flores inmortales, la música de los bardos, apsaras, los jardines de Nandan, ríos que fluían con leche y cuajada, lechos suaves, túnicas blancas y agua de sándalo para cada guerrero. Todo el ejército se regocijó esa noche con una alegría desmedida, declarando que era el cielo mismo.

Al amanecer, Bharat se despidió del santo, quien le aconsejó que no le echara la culpa de toda la tristeza a su madre, pues muchas bendiciones surgirían aún del deambular de Ráma. El poderoso ejército avanzó por claros del bosque y arroyuelos, y pronto se vio una columna de humo. —Aquí habita Ráma —exclamó Bharat—, el océano de nuestra fatiga ha pasado. Entonces Bharat, a pie, acompañado por las consortes viudas y Sumantra, se acercó a la cabaña donde Ráma, Sítá y Lakshmaṇ habían habitado durante tanto tiempo.

Nota: El material de origen proporcionado (Partes 7–10 del Libro II) cubre los eventos que comienzan con el cruce en balsa en Kálindí y terminan con el acercamiento de Bharat a la morada de Ráma en Chitrakúṭa. Los episodios enumerados como faltantes —la partida de Ráma del palacio, sus despedidas de Kauśalyá, la resistencia de Lakshmaṇa, las ceremonias religiosas, las bendiciones de Kauśalyá, el cruce de la ciudad por parte de Ráma para informar a Sítá, el rechazo de Sítá y la persuasión escritural, la petición de Lakshmaṇa, la distribución de riqueza de Ráma y las invocaciones de Kauśalyá— ocurren antes en el Libro II y no están contenidos en el texto de origen proporcionado. Según la instrucción de utilizar solo el material de origen proporcionado, no se ha añadido ningún contenido fabricado.

LIBRO II. (Parte 11 de 12)

Siguiendo las marcas de Bharadvája de flores, leños hendidos, hierba y corteza, Ráma y Lakshmaṇ avanzaron. Con alegría, Ráma se dirigió a Śatrughna y a los demás: “Este es el lugar que Bharadvája señaló. Cerca fluye el Mandákiní; los elefantes deambulan por la montaña con el orgullo de sus colmillos. Esas coronas de humo marcan las llamas que los ermitaños se esfuerzan por mantener vivas. Mi tarea ha terminado; contemplaré al hijo de Raghu, como algún gran santo que ama a sus mayores.”

Así Bharat llegó a aquel arroyo del bosque y deambuló por la colina de Chitrakúṭa; la piedad despertó: “¡Ay de mi vida! El príncipe de los hombres, señor de la tierra, ha buscado el bosque solitario. Por mí estos pesares caen sobre el espléndido señor de todo. Ahora yo, aborrecido por el mundo, caeré a los pies de mi señor y también a los de la bella Sítá, para ganar su perdón.”

Afligido, Bharat divisó un sagrado enramado con arcos que brillaban como los de Indra en el aire lluvioso, flechas tan brillantes como los rayos del Dios del Día, espadas con brocado de oro, escudos con umbos dorados, y el fuego del altar vuelto hacia el norte y el este. Dentro se sentaba Ráma vestido con piel de ciervo y el cabello enredado—con hombros de león, ojos de loto y brazos largos. Bharat corrió hacia Ráma y entre sollozos comenzó: “Aquel que debería ocupar un trono real—mi hermano mayor—míralo aquí junto a criaturas silvestres. El héroe de gran alma, acostumbrado a vestir las túnicas más costosas, ahora desterrado sigue el camino de la rectitud vestido con piel de ciervo.” Cayó antes de poder tocar los pies de su hermano. Śatrughna lloró en voz alta mientras se inclinaba. Ráma, con las lágrimas cayendo rápidamente, lanzó sus brazos alrededor de sus hermanos.

Apenas Ráma reconoció a Bharat, tan demacrado y cambiado. Lo levantó, besó su cabeza, lo abrazó: “¿Dónde estaba tu padre para que hayas venido a buscarme aquí?” Bharat respondió: “El monarca de grandes brazos se ha atrevido a hacer algo aborrecible, nos ha dejado y, afligido por su hijo, ha ganado un hogar entre los Dioses. La reina Kaikeyí dio la orden; a su mandato él cometió el pecado que mancha su fama. Perdóname todo; sé clemente con tu siervo: acepta hoy el poder real.”

Ráma respondió: “¿Cómo puede un hombre de valía cometer un pecado para ganar el señorío de la tierra? No veo en ti la menor falta. Nunca deberías culpar a la reina, tu madre. Nuestro real padre habló, y yo obedezco. Hasta que transcurran dos veces siete años, vagaré por este bosque”. Bharat lo instó a regresar: “Si nunca fallo en mis deberes reales, ¿de qué aprovechará mi vida regia? Nuestro padre murió, tan constante en cada rito sagrado. Por ti anhelaba; privado de ti, partió”. Cuando Ráma escuchó sobre la muerte de su padre, sus sentidos huyeron; se desmayó como un leñador derribado. Sítá y los hermanos lloraron y rociaron agua. Al recuperarse, exclamó: “¿Qué me llama a casa, cuando él ha ido por el camino que todos deben recorrer?”

Sumantra calmó el dolor de Ráma y los guió a la orilla sagrada del río, donde derramaron las gotas fúnebres. Llorando, Ráma extendió su brazo: “¡Esta agua sagrada, una ofrenda que perdurará, te doy, oh señor de los reyes; acéptala donde habitan los espíritus!”. Con frutos de azufaifa mezcló la semilla de Ingudís, los colocó sobre hierba sagrada y, llorando, dijo: “¡Disfruta, gran Rey, el pan que tus hijos te ofrecen!”

El ejército de Bharat, dejando el carro y el carruaje, corrió veloz hacia los príncipes que lloraban. Cargando de maldiciones a la jorobada y a la reina, la multitud, cuyas mejillas estaban húmedas de tierno afecto, corrió hacia él.

Vaśishṭha colocó a las viudas reales en fila. Kauśalyá, de mejillas marchitas y ojos llorosos, comenzó: “Mira en el bosque la pendiente de la orilla que frecuentan los dos jóvenes huérfanos, cuyos nobles espíritus nunca decaen”. Cuando divisó el humilde regalo de Ráma, exclamó: “¡El regalo de la mano de Ráma, su tributo al rey de gran alma! No es así la comida fúnebre de los reyes de poder divino”. Ráma estrechó los pies de las damas; Sítá se inclinó ante las viudas, con los ojos desbordantes de lágrimas.

Bharat, mirando a su hermano, habló: “Aquí mi madre fue complacida; a mí se me confió el gobierno. Esto ahora, mi señor, te lo cedo: disfrútalo, libre de problemas. ¡Que se cumpla el anhelo de todo jefe de ver a su señor restaurado!”

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