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Bildungsromans

Middlemarch

Eliot, George · 1994 · 27 min

CAPÍTULO X.

«Habría cogido un gran resfriado, si no hubiera tenido otro vestido que ponerse que la piel de un oso aún no muerto», reza el epígrafe de Fuller. El joven Ladislaw no pagó aquella visita a la que el señor Brooke lo había invitado, y sólo seis días después el señor Casaubon mencionó que su joven pariente había partido hacia el Continente, pareciendo con esta fría vaguedad eludir toda averiguación. Will había rehusado fijar un destino más preciso que la entera extensión de Europa. El genio, sostenía, es por necesidad intolerante con las trabas. Había probado varias actitudes de receptividad: vino en exceso, ayuno, opio. Nada particularmente original había resultado.

Pero por el momento esta cautela contra un juicio demasiado apresurado me interesa más en relación con el señor Casaubon que con su joven primo. Protesto contra toda conclusión absoluta, todo prejuicio derivado del desprecio de la señora Cadwallader o de la pobre opinión que Sir James Chettam tiene de las piernas de su rival. El señor Casaubon, también, era el centro de su propio mundo. Ciertamente este asunto de su boda con la señorita Brooke lo afectaba más de cerca de lo que afectaba a cualquiera de las personas que hasta ahora han mostrado su desaprobación. A medida que el día fijado para su matrimonio se acercaba, el señor Casaubon no veía crecer sus ánimos; ni la contemplación de aquella escena matrimonial del jardín resultaba persistentemente más encantadora para él que las bóvedas habituales donde caminaba con una vela en la mano. El pobre señor Casaubon había imaginado que su larga soltería estudiosa le había acumulado un interés compuesto de goce. Y ahora corría el peligro de entristecerse por la propia convicción de que sus circunstancias eran inusualmente felices.

Pues para Dorotea, tras aquella historia del mundo en forma de caja de juguetes, adaptada a las señoritas, que había constituido la parte principal de su educación, las conversaciones del señor Casaubon sobre su gran libro estaban llenas de nuevos horizontes; y esta sensación de revelación mantenía en suspenso por el momento su habitual anhelo de una teoría que lo abarcara todo. Esperaba con ilusión una iniciación más elevada en las ideas, del mismo modo que esperaba con ilusión el matrimonio, fundiendo sus tenues concepciones de ambas cosas.

La estación era lo bastante benigna para alentar el proyecto de extender el viaje de bodas hasta Roma, y el señor Casaubon lo deseaba con ahínco porque quería inspeccionar ciertos manuscritos en el Vaticano. —Sigo lamentando que su hermana no nos acompañe —dijo una mañana—. Tendrá usted muchas horas solitarias, Dorothea. Las palabras «me sentiría más libre» le irritaron a Dorothea. Por primera vez al hablar con el señor Casaubon, se sonrojó de disgusto. —Debe de haberme entendido usted muy mal, si cree que yo no apreciaré el valor de su tiempo. Recobró su ecuanimidad, y fue una imagen agradable de serena dignidad cuando entró aquella noche en el salón para la cena, la última de las celebradas en la Grange como preliminares adecuados a la boda.

En el comedor estaban presentes el recién elegido alcalde de Middlemarch, el filantrópico banquero señor Bulstrode, y varios profesionales. El señor Standish, el viejo abogado, declaró que la señorita Brooke era «¡por Dios, una mujer extraordinariamente hermosa!». El señor Chichely, un solterón de mediana edad, dijo que no era su tipo de mujer; a él le gustaba una mujer que se esmera un poco más por agradarnos. El señor Lydgate, el nuevo médico que había estudiado en París y conocía a Broussais, fue presentado a Lady Chettam. Ella lo puso a prueba sobre sus opiniones acerca de la constitución y se formó la más cordial opinión de su talento. Dorothea habló con él de cottages y hospitales; su lozanía juvenil y su interés por cuestiones socialmente útiles le daban el picante de una combinación insólita. El señor Lydgate la consideró una buena criatura, pero algo demasiado seria, molesta para hablar con tales mujeres, siempre queriendo razones. Poco después de aquella cena, se había convertido en la señora Casaubon, y estaba en camino a Roma.

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