Llamadme Ismael. Hace años, encontrándome pobre y sin rumbo en tierra, decidí navegar y ver el mundo acuático. Este es mi método para curar la melancolía y regular mi sangre. Siempre que mi boca se torna sombría, o mi alma se siente como un húmedo y lloviznoso noviembre, sé que es hora de partir. El impulso se vuelve innegable cuando me detengo ante almacenes de ataúdes, sigo cortejos fúnebres, o siento un impulso maníaco de derribar sombreros en la calle. Ir al mar es mi alternativa al suicidio. Mientras Catón murió sobre su espada con un gesto teatral, yo embarco silenciosamente en un barco. Este impulso no es único; casi todos los hombres sienten una atracción magnética hacia el océano.
Sin embargo, la atalaya misma ofrece escasa comodidad. El marinero se para en dos palos delgados llamados crucetas, zarandeado por el mar, tan expuesto como un hombre equilibrado sobre los cuernos de un toro. Un guardapolvo no proporciona verdadero refugio—se aferra como una piel adicional pero no puede albergar el cuerpo de un hombre más de lo que la carne puede albergar un alma errante. Ishmael envidia a los balleneros de Groenlandia sus nidos de cuervo, esos púlpitos protegidos equipados con armarios y bastidores e incluso un rifle para que el Capitán Sleet abata narvales que pasen. El pescador del sur disfruta de mejor clima pero debe soportar su elevación con nada más que sus propias dos piernas como apoyo.
Ishmael confiesa que mantuvo una pobre vigía. Con el problema del universo girando dentro de él a esa altura generadora de pensamientos, ¿cómo podía atender las órdenes permanentes? Advierte a los armadores de Nantucket contra contratar jóvenes platónicos de ojos hundidos que se embarcan con filosofía en lugar de navegación en sus cabezas. Esos jóvenes melancólicos, huyendo de las preocupaciones de la tierra hacia la pesquería, remolcarán un buque alrededor del globo sin llenar un solo barril. No ven ballenas porque han dejado de mirar.
El peligro va más profundo que los viajes fallidos. En ese trance como de opio inducido por el ritmo y el ensueño, la identidad del joven filósofo se disuelve. Su espíritu se mezcla con el océano infinito hasta que, como las cenizas dispersas de Cranmer, forma parte de cada orilla del mundo. Solo existe a través del movimiento prestado del barco—hasta que algún resbalón o sobresalto lo devuelve bruscamente a la realidad. Entonces la identidad regresa con horror, y con demasiada frecuencia el soñador se precipita a través del aire transparente hacia el mar de verano, perdido para siempre. Prestad atención, advierte Ishmael—hay muerte en ese sueño panteísta.
Ahab emerge de su cabina después del desayuno, recorriendo la cubierta de popa con su firme zancada de marfil. Las tablas conservan el registro abollado de sus incesantes rondas, y su frente muestra huellas aún más extrañas—las huellas de un pensamiento insomne, siempre en movimiento. La tripulación siente que algo se acumula. Stubb susurra a Flask que el polluelo dentro de Ahab está picando el cascarón; pronto saldrá. Al acercarse la tarde, Ahab se detiene junto a las bordas, inserta su pierna de hueso en el agujero del taladro y ordena a Starbuck que envíe a todos a popa. El oficial mira fijamente esta orden extraordinaria, pero Ahab insiste: hasta los vigías del mastelero y todos los demás.
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