Moby Dick; Or, The Whale cover
Narrative Pressure

Moby Dick; Or, The Whale

Hace años, encontrándome pobre y sin rumbo en tierra, decidí navegar y ver el mundo acuático.

Melville, Herman 2001 204 min

Llamadme Ismael. Hace años, encontrándome pobre y sin rumbo en tierra, decidí navegar y ver el mundo acuático. Este es mi método para curar la melancolía y regular mi sangre. Siempre que mi boca se torna sombría, o mi alma se siente como un húmedo y lloviznoso noviembre, sé que es hora de partir. El impulso se vuelve innegable cuando me detengo ante almacenes de ataúdes, sigo cortejos fúnebres, o siento un impulso maníaco de derribar sombreros en la calle. Ir al mar es mi alternativa al suicidio. Mientras Catón murió sobre su espada con un gesto teatral, yo embarco silenciosamente en un barco. Este impulso no es único; casi todos los hombres sienten una atracción magnética hacia el océano.

El verdadero tormento llega en el sueño. Sueños vívidos se apoderan de su obsesión despierta y la hacen girar a través de su cerebro ardiente hasta que su latido se convierte en angustia. Siente un abismo abriéndose dentro de él, llamas y demonios llamándolo desde las profundidades. Un grito rasga el barco; Ahab estalla de su cabina como si la misma hamaca fueran llamas. Pero esto no es una simple pesadilla. En el sueño, su alma—separada de la mente que ha entregado cada pensamiento a un solo propósito—se retrae de lo que ese propósito se ha convertido. Su venganza se ha convertido en una existencia separada, una criatura autónoma que arde con vida mientras su espíritu vital huye horrorizado. Lo que mira desde sus ojos en estos momentos de medianoche es un cascarón vacío, una vitalidad en blanco desvinculada de cualquier cosa humana. Sus propios pensamientos han engendrado un demonio dentro de él, y como el titán encadenado a su roca, Ahab se alimenta eternamente de lo que ha creado—un depredador que devora a su creador.

Ishmael abre este capítulo como testigo ante un tribunal de escépticos. No argumentará metódicamente sino que depositará evidencia, punto por punto, hasta que el peso acumulado fuerce la creencia. El asunto en cuestión es si una ballena puede poseer identidad individual, memoria y malicia deliberada—y si tal criatura podría destruir un barco con premeditación.

Su primer testimonio concierne al reconocimiento. Ishmael ha conocido personalmente tres casos en los que una ballena escapó después de ser arponeada, solo para ser golpeada de nuevo años más tarde por el mismo hombre. En el caso más sorprendente, pasaron tres años—quizás más—durante los cuales el arponero viajó por el interior de África, sobreviviendo a serpientes, tribus hostiles y enfermedades tropicales. Mientras tanto, la ballena herida recorría los océanos. Cuando hombre y bestia finalmente se encontraron de nuevo, la victoria fue para el cazador. Se recuperaron dos arpones de hierro con marcas de fabricante idénticas del cadáver. Ishmael mismo ocupó el bote ballenero en ambas ocasiones y reconoció un crecimiento distintivo debajo del ojo de la criatura, la misma marca que había notado años antes. Tal evidencia demuestra que las ballenas no son mercancías intercambiables sino individuos distintos con historias reconocibles.

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