Llamadme Ismael. Hace años, encontrándome pobre y sin rumbo en tierra, decidí navegar y ver el mundo acuático. Este es mi método para curar la melancolía y regular mi sangre. Siempre que mi boca se torna sombría, o mi alma se siente como un húmedo y lloviznoso noviembre, sé que es hora de partir. El impulso se vuelve innegable cuando me detengo ante almacenes de ataúdes, sigo cortejos fúnebres, o siento un impulso maníaco de derribar sombreros en la calle. Ir al mar es mi alternativa al suicidio. Mientras Catón murió sobre su espada con un gesto teatral, yo embarco silenciosamente en un barco. Este impulso no es único; casi todos los hombres sienten una atracción magnética hacia el océano.
Ishmael examina la historia y la filosofía del consumo de carne de ballena, señalando que hace tres siglos la lengua de la ballena franca era un manjar en Francia, y las marsopas eran muy apreciadas en la corte de Enrique VIII. Mientras que los esquimales y los balleneros sin prejuicios como Stubb participan de la criatura, los hombres civilizados a menudo sienten repugnancia debido a la enorme escala y la riqueza excesiva de la carne. El espermaceti, aunque demasiado rico para reemplazar la mantequilla, es utilizado a menudo por los marineros para freír sus galletas de barco. Los sesos de un pequeño cachalote se consideran un plato exquisito que se asemeja a la cabeza de ternera—e Ishmael señala con oscura ironía que los jóvenes galanes entre los epicúreos cenan sesos de ternera con la esperanza de adquirir algo de inteligencia propia, aunque la cabeza del ternero parece mirarlos con una expresión de reproche. Ishmael argumenta que la aborrecencia que sienten los terrícolas proviene de la idea de comer a una criatura a su propia luz, pero expone la hipocresía de los gastrónomos civilizados que se deleitan con hígados de ganso hinchados mientras condenan a los caníbales. Señala que estos comensales ilustrados usan los huesos del buey que comen para trinchar su carne y las plumas del ganso para limpiarse los dientes, demostrando su propia complicidad en la economía brutal de la naturaleza.
Después de que la tripulación asegura la ballena, Stubb establece la guardia de ancla, asignando a Queequeg y a un marinero para defender el cadáver de un enjambre voraz de tiburones. Iluminando el agua turbia con linternas, los dos marineros entablan una batalla desesperada, clavando largas palas balleneras profundamente en los cráneos de los tiburones. Las criaturas muestran una ferocidad sobrenatural, mordiendo sus propias entrañas en un frenesí espumoso y caníbal. Ni siquiera la muerte ofrece seguridad; cuando un tiburón muerto es izado a cubierta por su piel, casi le secciona la mano a Queequeg con un golpe de sus mandíbulas. Curando su herida, Queequeg reflexiona sobre la vitalidad malévola que acecha en las articulaciones de la criatura, concluyendo que cualquier dios que haya creado un ser tan demoníaco debe ser un “maldito indio.”
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