Moby Dick; Or, The Whale cover
Narrative Pressure

Moby Dick; Or, The Whale

Hace años, encontrándome pobre y sin rumbo en tierra, decidí navegar y ver el mundo acuático.

Melville, Herman 2001 204 min

Llamadme Ismael. Hace años, encontrándome pobre y sin rumbo en tierra, decidí navegar y ver el mundo acuático. Este es mi método para curar la melancolía y regular mi sangre. Siempre que mi boca se torna sombría, o mi alma se siente como un húmedo y lloviznoso noviembre, sé que es hora de partir. El impulso se vuelve innegable cuando me detengo ante almacenes de ataúdes, sigo cortejos fúnebres, o siento un impulso maníaco de derribar sombreros en la calle. Ir al mar es mi alternativa al suicidio. Mientras Catón murió sobre su espada con un gesto teatral, yo embarco silenciosamente en un barco. Este impulso no es único; casi todos los hombres sienten una atracción magnética hacia el océano.

Sin embargo, en lo alto, tres hombres hacen guardia en las cofas. Apenas los mortales han extraído el pequeño pero valioso esperma de la inmensa masa del mundo, o se han purificado para habitar tabernáculos limpios del alma, cuando estalla el grito: ¡Allí sale! El fantasma emerge, y navegan para luchar en otro mundo, repitiendo la vieja rutina de la vida joven. ¡Oh, la metempsicosis! Ishmael recuerda navegar con Pitágoras a lo largo de la costa peruana, donde el narrador necio enseñó al sabio filósofo antiguo cómo empalmar una cuerda.

Ahab paseaba por su cubierta de popa en vueltas medidas entre la bitácora y el palo mayor, y cuando los estados de ánimo más oscuros se apoderaban de él, se detenía en cada estación para fijar su mirada en cualquier objeto que tuviera delante. En el palo mayor, sus ojos se clavaban en el doblón de oro clavado allí, un ancla para su salvaje anhelo entre la firmeza clavada de su resolución.

La moneda brillaba con la pureza del oro virgen extraído de las alturas andinas. Aunque rodeada de pernos oxidados y cobre desgastado, conservaba su brillo a través de cada noche oscura y manejo despiadado. La tripulación había llegado a tratarla como sagrada, talismán de la ballena blanca que cazaban. Estampada a lo largo de su borde estaban las palabras de Ecuador, y en su cara: tres picos montañosos, uno arrojando llamas, otro con una torre, el tercero coronado por un gallo cantor. Sobre ellos se arqueaba el zodíaco, con el sol situado en el umbral equinoccial de Libra.

Ahab se paró ante ella y leyó su propia naturaleza en cada símbolo. Los orgullosos picos le recordaban a Lucifer. La torre era Ahab. El volcán era Ahab. El gallo victorioso era Ahab. La moneda redonda se convirtió en el cristal de un mago, reflejando el misterioso ser de cada hombre. El sol entrando en el signo de las tormentas confirmaba lo que ya sabía: la vida se mueve de tempestad en tempestad, y el hombre debe sufrir hasta su fin.

Starbuck observó al capitán partir, luego se acercó a la moneda él mismo. Donde Ahab veía orgullo, el primer oficial vislumbraba la Trinidad en esos tres picos, un valle oscuro de la Muerte donde la presencia de Dios los rodeaba. El sol de la Justicia ofrecía esperanza, pero Starbuck temblaba al pensar que tal luz podría no ser siempre alcanzable. Se alejó antes de que la verdad pudiera sacudirlo falsamente.

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