CAPÍTULO IV
El capítulo se abre con un epígrafe de Julio César que alude a terribles visiones vistas por los guardias nocturnos, y retoma la historia con Emily encontrando a madame Montoni ligeramente recuperada pero aún muy débil a la mañana siguiente. Montoni visita su habitación no para consolar a su esposa moribunda, sino para exigirle que le transfiera sus bienes de Languedoc. Madame Montoni se niega, y la discusión es tan violenta que se desmaya. Emily le ruega a Montoni que deje de atormentar a su tía, y él se marcha enfurecido. Cuando madame Montoni vuelve en sí, le dice a Emily dónde escondió los papeles que demuestran su derecho a las propiedades, y le ruega que nunca permita que Montoni se haga con ellos. Esa noche, una terrible tormenta se desata sobre las montañas, con truenos que hacen temblar el castillo. Emily se queda con su tía hasta poco después de la medianoche, cuando madame Montoni le dice que vaya a descansar. Emily va a su habitación pero no puede dormir, así que se asoma a su ventana para contemplar la tormenta. Vuelve a ver la figura misteriosa en la terraza, acompañada de una llama flotante de brillo suave. Un centinela llamado Anthonio se acerca a su ventana, le explica que la llama está en su lanza, un augurio que sus compañeros temen, y le dice que nunca ha visto la figura que ella describe, así que no puede ser él.
Emily se siente aliviada al saber que la figura no es una amenaza, pero sigue confundida por sus movimientos silenciosos. De repente, Annette entra gritando que madame Montoni se está muriendo. Emily corre hacia ella, pero es demasiado tarde: la tormenta la ha matado. Emily, con el corazón roto, decide no decírselo a Montoni hasta la mañana, por miedo a que sea cruel. Ella y Annette preparan el cuerpo para el entierro, lo envuelven en lienzos funerarios y una sábana de mortaja, luego hacen vigilia sobre él durante la tormentosa noche, rezando por el alma de su tía.
CAPÍTULO V
El capítulo se abre con un sombrío epígrafe del poema de Mason sobre la campana de muerte a medianoche, y continúa con Montoni furioso porque su esposa murió sin cederle sus propiedades. Él evita la cámara de ella como si la muerte fuera contagiosa, y no da órdenes para el funeral, lo que lleva a Emily a temer que la enterrará en una tumba sin nombre y sin ritos. En la tarde del segundo día, Annette le dice que el entierro tendrá lugar esa noche a medianoche en las bóvedas de la capilla del castillo. Emily, aterrorizada por los oscuros pasadizos y los hombres rudos, decide asistir: no puede soportar que su tía sea enterrada sola.
A medianoche, ella y Annette siguen a los condottieri y a un fraile local hacia la capilla, a través de la ruinosa ala este, mientras los pájaros nocturnos ululan desde las almenas cubiertas de hiedra. Los hombres llevan el ataúd a las bóvedas, donde un sacerdote espera para oficiar el servicio. Emily observa, desconsolada, cómo bajan el ataúd a una tumba abierta, mientras la luz de las antorchas parpadea sobre los mercenarios y el fraile. El frail nota su dolor, le da su bendición y la mira con tal piedad que ella queda profundamente conmovida.
Durante los días siguientes, Emily permanece en su cámara, afligida y aterrorizada por su futuro. Montoni la manda llamar, y ella acude esperando que le permita salir de Udolpho. En cambio, intenta engañarla para que firme un documento que transfiere las propiedades de su tía a él, fingiendo que es un trámite. Ella se da cuenta de su plan, se niega a firmar, y Montoni la amenaza: si admite que las propiedades son suyas, la dejará ir a Francia; si insiste en que son de ella, permanecerá prisionera suya para siempre. Emily se mantiene firme, diciéndole que la ley le otorga las propiedades, y que jamás traicionará su derecho sobre ellas. Montoni se marcha furioso, jurando que hará que se arrepienta de su desafío.
Emily regresa a su habitación, encuentra los papeles ocultos de la herencia que su tía le mencionó y los vuelve a esconder, decidida a mantenerlos lejos de Montoni, tanto por su propio bien como por el de Valancourt, el joven oficial gascón al que ama. Esa noche, escucha risas estridentes y música provenientes de los aposentos de Montoni, y se siente asqueada de que esté de fiesta apenas unos días después de la muerte de su esposa. Sabe que está atrapada en una guarida de vicios. Intenta pasear por la galería para tomar aire, pero es acosada por uno de los oficiales de Montoni, quien intenta obligarla a asistir a la fiesta, llamándola una hermosa tonta que debería dejar de estar triste. Ella huye de vuelta a su habitación, barricando la puerta, aterrorizada de que Montoni haya dado permiso a sus hombres para agredirla. Permanece sentada en la oscuridad durante horas esperando a Annette, que no regresa. Justo cuando pierde la esperanza, escucha las notas suaves y familiares de una canción popular gascona que flotan desde el patio, la misma canción que solía cantar su padre, la misma que escuchó en la casa de pesca en Gascuña donde conoció por primera vez a Valancourt. Su corazón salta: ¿podría estar allí Valancourt? Se asoma por la ventana, no ve a nadie, llama, pero no obtiene respuesta. Se debate entre la esperanza desenfrenada de que su amante haya venido a rescatarla y el terror de que haya sido capturado por los hombres de Montoni y sea prisionero en el castillo. Pasa el resto de la noche caminando de un lado a otro en su habitación, esperando a Annette, con la mente llena de miedo, esperanza y pavor.
(Recuento de palabras: 2221)
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