CAPÍTULO XVII
Unos días después de la muerte de Signora Laurentini, se abrió su testamento en el monasterio, revelando que un tercio de sus bienes fue legado a Emily St. Aubert, la pariente sobreviviente más cercana de la difunta Marquesa de Villeroi. La abadesa reveló la verdad: la Marquesa era la tía de Emily, querida hermana de St. Aubert, quien había ocultado la conexión para ahorrarle dolor a su hija.
La historia de Laurentini explica los misterios de la novela. La heredera de Udolpho, fue arruinada por padres que consintieron sus pasiones. Huérfana, su brillante ingenio la llevó a la ruina. El Marqués de Villeroi propuso matrimonio, pero en Udolpho su conducta reveló su verdadero carácter, y se convirtió en su amante. Cuando él partió hacia Francia y no regresó, su pasión la volvió casi loca; un informe de que se había casado la envió secretamente a Languedoc.
Al ver al Marqués de nuevo, su venganza cedió ante el amor, y ella recuperó su influencia. Aprovechando el creciente enfriamiento de él hacia su esposa, la Marquesa, Laurentini envenenó su mente con sospechas celosas. Se administró un veneno lento, y la inocente Marquesa pereció. Pero el triunfo sólo trajo remordimiento; el Marqués recibió la solemne garantía de inocencia de su esposa en su hora final. Él maldijo a Laurentini y le ordenó penitencia.
Ella se retiró al monasterio de St. Claire, paseando por los bosques de noche con su música, alimentando rumores de que el château estaba encantado. Con el intelecto destrozado, dividió su patrimonio entre la esposa de Mons. Bonnac y Emily.
La figura de cera en la cámara occidental, que tanto había horrorizado a Emily, era una imagen de cera de la mortalidad, una penitencia impuesta a un miembro de la familia Udolpho por la iglesia y preservada en su testamento. Laurentini era inocente del asesinato del castillo que Emily había temido; su frenética afirmación de que Emily era la hija de la Marquesa surgió de una imaginación atormentada por la culpa. Liberada de dudas, Emily lloró a su tía y reflexionó sobre el poder ruinoso de la pasión.
CAPÍTULO XVIII
Tras estas revelaciones, Emily fue tratada en Château-le-Blanc con la calidez debida a una pariente de los Villeroi, aunque la conciencia del Conde aún le remordía por Valancourt. La próxima boda de Blanche mantenía la casa en animados preparativos, pero Emily no podía compartir el regocijo, pues su mente estaba agobiada por los descubrimientos y ansiosa por el destino de Valancourt.
Una tarde, llevó su laúd a su torre de vigía. Mientras el sol se ponía sobre los Pirineos, cantó sus propios versos, “A la Melancolía”, una pensativa invocación al espíritu de la pena que guía al poeta por senderos encantados. Sus lágrimas caían mientras cantaba, y habría permanecido largo tiempo en su ensoñación, si un paso en la escalera no la hubiera sobresaltado. La puerta se abrió, y Valancourt se presentó ante ella en el crepúsculo.
Emily, abrumada, casi se desmayó. Valancourt, a sus pies, deploró su imprudencia. Cuando ella recobró el sentido, sus primeras palabras llevaban una reserva digna, pero su grito angustiado la traspasó, y él reveló la verdad: el Conde había descubierto las calumnias, lo había invitado a justificarse y había escrito a Emily explicándolo todo. Ella, que nunca había recibido la carta, había sufrido innecesariamente.
El silencio del crepúsculo confirmó su revelación, y la alegría disipó toda duda. El Conde los recibió en el vestíbulo con la alegría de la pura benevolencia, y Mons. Bonnac se unió a ellos. Una larga conversación en la biblioteca, en la que Valancourt confesó sus locuras y justificó su conducta, confirmó la buena opinión del Conde, y este le confió la futura felicidad de Emily. Por fin llegó Mons. St. Foix, completamente recuperado, para acrecentar la alegría de todos.
CAPÍTULO XIX
Los matrimonios de Lady Blanche y Emily St. Aubert se celebraron juntos en Château-le-Blanc. La gran sala estaba adornada con nuevos tapices que representaban a Carlomagno y sus doce pares; los estandartes de Villeroi fueron desplegados; la música resonó por todas las galerías. La anciana Dorothée suspiró al ver el castillo como en su juventud, y Annette declaró que la escena era digna de un festín de hadas.
Tras algunos días, Valancourt y Emily regresaron a La Vallée, donde la fiel Theresa les dio la bienvenida con alegría. Bajo el plátano de la terraza —el lugar donde Valancourt había declarado por primera vez su amor— juraron merecer su felicidad imitando la benevolencia de St. Aubert y viviendo con gratitud hacia Dios.
El hermano de Valancourt le cedió una parte de su rico dominio. Emily vendió las propiedades de Thoulouse y compró el antiguo dominio de su difunto padre, estableciendo a Annette como ama de llaves y a Ludovico como administrador. La pareja eligió permanecer en La Vallée, pasando solo unos meses al año en el lugar de nacimiento de St. Aubert. Emily cedió la herencia de la Signora Laurentini a Mons. Bonnac, y el castillo de Udolpho pasó a su esposa. El espíritu de Bonnac, restablecido a la paz por una repentina opulencia, procuró a su familia un bienestar duradero.
La novela cierra con una visión de inocencia restaurada: los bosquecillos de La Vallée vuelven a ser el refugio de la bondad, la sabiduría y la dicha doméstica. La moraleja es explícita: aunque los malvados puedan afligir a los buenos, su poder es transitorio y su castigo, seguro, y la inocencia, sostenida por la paciencia, triunfará finalmente sobre la adversidad.
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