Se detiene, se da la vuelta y dice que la signora sigue viva, de momento. Montoni la tiene encerrada en la estancia situada encima de la puerta principal del castillo, y él, Barnardine, es el encargado de vigilarla. Dice que iba a decirle a Emily que podía venir a ver a su tía, pero que ahora ya no está tan seguro. Emily está tan abrumada por el alivio que apenas puede hablar, derramando agradecimientos, suplicándole que le permita visitar a madame Montoni, prometiéndole que lo recompensará generosamente, encomendándole a su tía a su misericordia, diciendo que estará en la puerta trasera al anochecer del día siguiente, cuando Montoni esté dormido, tal como él le pidió. Mientras él asiente y se da la vuelta para marcharse, Emily siente una duda fría y repentina: recuerda la mirada maliciosa y triunfante que tenía en los ojos cuando le dijo que le permitiría ver a su tía, observa su rostro tosco y cruel, y se pregunta si le está mintiendo, si esto es una trampa para atraerla a algún lugar apartado y matarla a ella también, para que Montoni pueda quedarse con las propiedades en disputa sin ninguna oposición. Durante un momento horrible cree que es cierto, pero luego aparta ese pensamiento: un crimen tan enorme y sin provocación parece demasiado improbable, y se reprende a sí misma por sus miedos débiles y sin fundamento. Aun así, no puede librarse por completo de la inquietud mientras regresa a su estancia.
Esa noche se queda despierta esperando para ver si la música misteriosa volverá a sonar, escuchando los ruidos lejanos del banquete de Montoni y sus invitados: sus gritos estridentes, las risas estrepitosas, los cantos desafinados que rebotan por los pasillos, hasta que las pesadas puertas del castillo se cierran de golpe al anochecer, y los únicos sonidos que quedan son los pasos silenciosos de los criados que se dirigen a sus habitaciones apartadas, el murmullo lejano del viento nocturno. Se sienta junto a su ventana, observando el cielo, esperando a que el mismo planeta brillante que vio la noche anterior a la llegada de la música se eleve por encima de las torres orientales. Cuando finalmente aparece, nítido y brillante, ella contiene la respiración y escucha, pero la noche permanece en silencio, salvo por los pasos lentos del centinela por las almenas y el leve crujido de los bosques. Tras horas de espera, cuando la primera luz gris del amanecer empieza a teñir las cumbres de las montañas, se rinde, se va a la cama de mala gana, con la mente llena de preguntas sobre la música, el destino de su tía y el extraño y amenazador mundo de Udolpho que la rodea. Sigue despierta en la cama mucho después del amanecer, con el corazón cargado tanto de una esperanza frágil como de un miedo roedor por lo que le deparará el futuro.
(Conteo de palabras: 2243)
CAPÍTULO I
El capítulo se abre con un sombrío epígrafe de Macbeth, que promete una trama urdida en la oscuridad de la noche, y continúa con Emily D’Urberville tambaleándose por el terror del día anterior, cuando Annette le revela que el sirviente del castillo Barnardine ha concertado una reunión a medianoche con ella en la terraza, para llevarla a la habitación donde su tía, Madame Montoni, está prisionera. La mente de Emily se acelera de pavor. No puede quitarse de la cabeza la sospecha de que Barnardine está mintiendo, de que Madame Montoni ya está muerta, y de que el sirviente actúa siguiendo las órdenes de Montoni para atraer a Emily a su propio asesinato, de modo que Montoni pueda reclamar las propiedades francesas que pasarían a Emily si su tía fallece sin habérselas transferido a él. Recuerda la extraña y triunfal mirada de Barnardine la noche anterior, y está convencida de que Montoni es capaz de matar a su esposa y a su sobrina por lucro. Pasa el día atormentada, dividida entre la lástima por su tía y el terror por sí misma. Cuando el reloj del castillo da las doce, el amor que siente por su tía se impone. Le dice a Annette que espere en la puerta exterior de la galería abovedada con una lámpara, luego se desliza sola hacia la oscuridad. Le entrega la lámpara a Annette para no ser vista por los centinelas, y sale a la terraza, donde la espera Barnardine. Él le recrimina que llegue tarde, luego la conduce por una puerta lateral a un pasaje húmedo que huele a podredumbre, con su antorcha chisporroteando en el vapor denso. A mitad del camino, Barnardine se detiene para recortar la mecha de la antorcha, y Emily ve un montón de tierra que rodea una tumba abierta. El presentimiento la invade: ahí es donde enterrarán a su tía, o donde la dejarán pudrirse. Se queda paralizada, demasiado aterrorizada para huir, demasiado atrapada para luchar. Obligándose a reprimir su miedo, lo sigue por un tramo de escaleras hasta el primer patio del castillo, luego por una estrecha escalera de caracol en una torre occidental. En un rellano, Barnardine abre con una llave una pesada puerta de roble, le dice a Emily que espere dentro mientras va a avisar a Madame Montoni de que viene, y cierra la puerta detrás de ella.
La sangre de Emily se hiela cuando se da cuenta de que está bajando las escaleras, no subiéndolas. Escucha si hay pasos en la habitación de arriba, pero solo oye el viento aullando por las grietas de la torre. Cuando oye la voz de Barnardine en el patio de abajo, sabe que la han traicionado. Se precipita hacia la puerta, pero está cerrada con llave. El pánico se apodera de ella: mira alrededor de la habitación desnuda con paneles de roble, y ve una silla de hierro clavada al suelo, con anillas de hierro en sus brazos y sus patas, y una anilla de hierro colgando de una cadena sobre ella: instrumentos de tortura. Su mirada se posa en una cortina pesada en uno de los lados de la habitación, y una horrible certeza se apodera de ella: el cuerpo de su tía está detrás. Con un sollozo de desesperación, tira de la cortina a un lado, y encuentra un cadáver empapado de sangre, su rostro amoratado por las heridas. La visión es demasiado: la lámpara se le escapa de la mano, y se desploma sin sentido a los pies del sofá.
Cuando vuelve en sí, los hombres de Barnardine la están levantando, la llevan bajando las escaleras y la sacan por la puerta del castillo, donde unos jinetes esperan en la oscuridad. Se da cuenta de que la están secuestrando, y pide ayuda. En ese momento, las antorchas se encienden de repente en el patio del castillo: Montoni, Cavigni y hombres armados han llegado, respondiendo a la advertencia de Annette. Se produce una breve pelea: los hombres de Montoni superan en número a los secuestradores, que salen galopando, mientras Barnardine se desvanece en la oscuridad. Montoni ordena a Emily que espere en el salón de cedro, luego la interroga con rudeza. Su terror evidente le convence de que era un peón involuntario, y la envía de vuelta a su habitación.
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