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Castles

The Mysteries of Udolpho

Radcliffe, Ann Ward · 2002 · 19 min

Cuando Ludovico se ha repuesto, Emily le ruega que explique su extraña desaparición y el papel que desempeñó en el rescate del Conde. Él le sonríe a Annette, que ya está abriendo la boca para exigir detalles, y comienza su relato. La noche en que se quedó sentado en la cámara del norte, había leído hasta que le entró sueño, y entonces oyó un ruido cerca de la cama. Levantó la mirada y vio el rostro de un hombre asomándose por el tapiz, y detrás de él, otro. Antes de que pudiera tomar su espada, cuatro hombres se abalanzaron sobre él, lo desarmaron y lo arrastraron por una puerta oculta cortada en la pared, bajando por una serie de pasajes estrechos y escaleras hasta las bóvedas del castillo, y luego por una puerta de piedra hasta los acantilados sobre el mar, donde los esperaba una barca. Lo llevaron a un barco pirata anclado frente a la costa, y luego navegaron hasta Rousillon, donde lo entregaron a una banda de contrabandistas y bandidos españoles que operaban desde una fortaleza en ruinas en los Pirineos. Los piratas, supo, habían estado ocultando mercancía robada en las bóvedas del château durante años, difundiendo rumores de apariciones para mantener alejada a la población local, y lo habían secuestrado para impedir que descubriera su secreto. Estuvo preso en la fortaleza, vigilado día y noche, hasta que llegó la partida del Conde. Cuando oyó por casualidad a los bandidos planear asesinar al Conde y a su familia, se escabulló para advertir a los sirvientes del Conde, y luchó junto a ellos cuando el Conde y St. Foix irrumpieron en la cámara donde los rufianes habían encerrado a Blanche, ayudando a someter a los forajidos y rescatar a la partida.

Emily escucha, horrorizada, y pregunta por la música misteriosa y sobrenatural que se había escuchado a medianoche cerca de Château-le-Blanc durante meses. Ludovico sacude la cabeza: los piratas no tenían nada que ver con eso, se reían de ello, diciendo que el mismísimo diablo debía estar involucrado en los apartamentos del norte. Emily se estremece, recordando el terror que sintió cuando escuchó esa música, la figura velada que vio en la cámara del oeste, pero no dice nada. Poco después, Theresa llega, cojeando, y le presenta a Emily el anillo de Valancourt, suplicándole que lo acepte, describiendo la angustia en el rostro de Valancourt cuando se lo dio, su súplica de que Emily lo guardara como recordatorio de su amor. El corazón de Emily duele, pero se niega firmemente: sería impropio que ella lo aceptara, le dice a Theresa que lo devuelva a Valancourt si lo ve, y le prohíbe transmitir más mensajes o súplicas de él. Theresa se va llorando, lamentando que las jóvenes desechen su felicidad por orgullo, y Emily dirige sus pensamientos al viaje que tiene por delante, decidida a sacar a Valancourt de su mente lo mejor que pueda.

CAPÍTULO XV

Dulce es el aliento de la lluvia vernal, / los tesoros reunidos de las abejas, dulce, / dulce el融化 de la música, pero más dulce aún / La quieta, pequeña voz de la gratitud. Los versos de Gray parecen hacerse eco de la calidez de la bienvenida que recibe Emily y su grupo cuando llegan al Château-le-Blanc la semana siguiente: la Condesa la abraza como a una hija perdida hace mucho tiempo, Henri le palmotea la espalda con afecto bullicioso, y M. Du Pont se inclina sobre su mano, sus ojos suaves con un sentimiento no expresado. St. Foix aún está pálido por sus heridas, pero su felicidad al estar reunido con Blanche lo hace más animado que nunca, y la propiedad zumba con la emoción de la próxima boda. Emily permanece en su habitación la primera noche, evitando la silenciosa devoción de Du Pont, pero el Conde la encuentra al día siguiente mientras camina con Blanche por los jardines, y la aparta a un lado para hablarle de un asunto que considera de gran importancia. Habla con suavidad, pero su significado es claro: cree que Emily ha superado su afecto mal puesto por Valancourt, que ahora es libre de aceptar el cortejo de su amigo Du Pont, un hombre de carácter intachable, fortuna estable y profundo amor por ella. Emily escucha en silencio, con el corazón apesadumbrado, y cuando él termina, le dice con franqueza que su amor por Valancourt no se ha extinguido, que jamás podría entregar su mano a otro. El Conde se queda sorprendido, pero es demasiado amable para presionar el asunto más; solo dice que seguirá esperando que cambie de opinión y la deja con sus pensamientos. Emily está herida y molesta por su insistencia, y se interna sola en el bosque que oculta el monasterio de St. Clair, sus pies llevándola hacia el convento sin pensamiento consciente.

Es el crepúsculo cuando ella llega, el cielo suave con la última luz del día, y se detiene a observar a los monjes meditando en los claustros, sus figuras enmarcadas por el antiguo castaño que da sombra al césped, cuyas ramas se extienden ampliamente para ocultar el destello del océano más allá. A través de las hojas, puede ver velas pasando en el horizonte, y la vasta extensión de agua le recuerda los peligros e incertidumbres de la vida, la paz que podría haber encontrado si hubiera tomado los hábitos después de la muerte de su padre. La campana de vísperas suena, profunda y lenta, y los monjes se levantan para desfilar hacia la capilla, sus hábitos susurrando contra los muros de piedra. Emily cruza el césped hacia el gran salón, esperando encontrar a las monjas en la sala, pero está vacío, pues la campana de la tarde las ha llamado a misa. Se sienta un momento para descansar, la quietud del convento envolviéndola como un bálsamo, cuando una monja entra corriendo, preguntando por la abadesa, y se detiene cuando ve a Emily.

Le dice que la Hermana Agnes se está muriendo, que se está diciendo una misa por su alma, y que Agnes ha estado en un estado de profunda postración durante semanas, atormentada por horrores que ninguna oración ni confesor puede aliviar. El corazón de Emily duele por la monja, recordando el comportamiento frenético de Agnes en Udolpho, la terrible historia que la Hermana Frances le había contado sobre el pasado de Agnes. Es demasiado tarde para unirse a la misa, y la penumbra de la noche le da urgencia por regresar al château, así que deja recuerdos amables para sus viejas amigas entre las monjas, y parte hacia casa. El viento es fuerte mientras camina, rugiendo sobre las olas que se estrellan contra los acantilados de abajo, y se detiene en un afloramiento rocoso para observar cómo se desvanece el último crepúsculo sobre el océano. La grandeza de la escena, la fiereza del viento, el recuerdo de la muerte de su padre, despierta algo en ella, y compone en su mente una breve invocación a los vientos:

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