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Bildungsromans

Middlemarch

Eliot, George · 1994 · 27 min

CAPÍTULO VI.

La lengua de mi señora es como las hojas del prado, comienza el capítulo, que os cortan cuando las acariciáis con mano ociosa. Cuando el carruaje del señor Casaubon salía por la verja, detuvo la entrada de un faetón de pony conducido por una señora con un sirviente sentado detrás. Era la señora Cadwallader, aquella dama de inconmensurable alcurnia, descendiente de condes desconocidos, que alegaba pobreza, rebajaba precios y hacía chistes de la manera más amigable. Bromeó con la señora Fitchett sobre sus gallinas que se comían los huevos, ofreció media corona, los cambió por palomas volteadoras. “¡No es para que tú y Fitchett os jactéis demasiado, eso es todo!”

El faetón siguió hacia la biblioteca donde el señor Brooke estaba sentado a solas. “Veo que habéis tenido aquí a nuestro Cicerón de Lowick,” dijo. “Voy a denunciaros. Le diré a todo el mundo que vais a presentaros por Middlemarch por el lado de los whigs.” El señor Brooke, sonriendo y frotándose los quevedos, se sonrojó ante la acusación. La señora Cadwallader continuó el ataque: “Un hombre siempre hace el ridículo cuando da discursos. Haréis una empanada del sábado con las opiniones de todos los partidos.” Luego cambió de táctica: “Las personas de posición deberían consumir sus tonterías independientes en casa, no pregonarlas por ahí. ¡Y vos! que vais a casar a vuestra sobrina, que es como una hija, con uno de nuestros mejores hombres. Sir James se sentiría cruelmente disgustado.”

El señor Brooke hizo una mueca interior y dijo que su sobrina había elegido otro pretendiente. “Pues, ¿a quién decís que vais a dejarla casar?” Pero entró Celia, y el señor Brooke se escabulló de la habitación. “Está comprometida con el señor Casaubon,” dijo Celia. “Esto es espantoso. ¿Cuánto tiempo lleva esto?” “Se casarán dentro de seis semanas.” La señora Cadwallader se puso su chal y se levantó con prisa. “Debo ir directamente a ver a Sir James y darle la noticia.” Celia convino en que no lo querría como cuñado.

En menos de una hora, la señora Cadwallader le ganó la partida a la señora Carter con la pastelería y condujo hasta Freshitt Hall. Sir James Chettam había regresado de un breve viaje y tenía intención de montar a caballo hasta Tipton Grange. La señora Cadwallader pidió que la llevaran al invernadero. “Tengo una gran sorpresa para usted; espero que no esté tan enamorado como fingía estarlo.” El semblante de Sir James cambió un poco. “Muy bien. Está prometida. Prometida con Casaubon.” Sir James dejó caer el látigo y se agachó a recogerlo. “¿Casaubon?” “Dice que es un gran alma. ¡Una gran vejiga para que suenen dentro los guisantes secos!” “¡Dios mío! ¡Es horrible! ¡No es mejor que una momia!”

El cerebro de casamentera de la señora Cadwallader, activo como el fósforo, se volvió ahora hacia Celia. Le insinuó a Sir James que había causado impresión en el corazón de Celia, y que la pequeña Celia valía por dos de su hermana, y que, después de todo, seguramente sería la mejor pareja. Sir James, con esa vanidad amable que nos une a quienes nos quieren, encontró que la idea hilaba pequeños hilos de ternura desde su corazón hacia el de ella. Determinó pasarse por la Grange como si no hubiera pasado nada.

CAPÍTULO VII.

Piacer e popone vuol la sua stagione, dice el proverbio italiano: placer y melón requieren su estación. El señor Casaubon, como era de esperar, pasaba mucho tiempo en la Grange durante esas semanas, y el obstáculo que el cortejo suponía para el progreso de su gran obra —la Clave de todas las Mitologías— le hacía aguardar con mayor anhelo el feliz desenlace del cortejo. Había decidido abandonarse a la corriente del sentimiento, y tal vez se sorprendió al descubrir cuán arroyuelo tan superficial resultaba ser. Concluyó que los poetas habían exagerado mucho la fuerza de la pasión masculina. Sin embargo, observó con agrado que la señorita Brooke mostraba un afecto ardiente y sumiso.

—¿No podría estar preparándome ahora para serle más útil? —le dijo Dorotea una mañana—. ¿No podría aprender a leer latín y griego en voz alta para usted, como las hijas de Milton hacían con su padre, sin entender lo que leían? —Temo que eso resultaría agotador para usted —dijo el señor Casaubon, sonriendo—. Espero de usted todo lo que una joven exquisita puede ser en cada relación posible de la vida. Dorotea acogió esto como un permiso precioso. Aquellas provincias del conocimiento masculino le parecían un terreno firme desde el cual toda verdad podía verse con mayor claridad.

El señor Brooke entró en la biblioteca mientras la lectura avanzaba. —Bueno, pero mire, Casaubon, esos estudios tan profundos, las clásicas, las matemáticas —esas cosas—, son demasiado agotadores para una mujer —demasiado agotadores, sabe usted. El señor Casaubon eludió la pregunta diciendo que Dorotea estaba aprendiendo simplemente a leer los caracteres, para descansar sus ojos. El señor Brooke, sin querer herir a su sobrina, pero pensando en verdad que quizá era mejor para ella casarse pronto con un hombre tan sobrio como Casaubon, ya que no quería ni oír hablar de Chettam, salió arrastrando los pies. —Es asombroso, sin embargo —se dijo a sí mismo—; es asombroso que le haya gustado. No obstante, la boda es buena. Es casi seguro que será obispo, Casaubon.

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